Si nuestras sociedades van cambiando vertiginosamente, como anotaba Milan Kundera de manera ficcional en La lentitud, a finales del siglo XX, ¿cómo será echar una mirada a lo que ha sucedido en la realidad de las primeras dos décadas del siglo XXI? ¿Qué será para quienes consideraron a la Revolución Sexual a finales de la década de 1960 y las siguientes como la batalla que nos hizo dueños de nuestro cuerpo y nuestra posibilidad de decidir sobre nuestra sexualidad, observar que en los últimos años por lo que se pugna es por regresar al individualismo hermético, la sobrecogedora soledad del celular que abre caminos para transitar por múltiples ciberuniversos, pero nos aparta del mundo real y de sus múltiples horizontes?

Quizá en estos días decir la palabra “seducción” será una mala palabra, ya que según quien la mencione y sus intenciones, y quien la reciba y sus personales consideraciones, podrían chocar estrepitosamente y generar un caos personal y social, lleno de frustración por un lado y de respuestas adversas por el otro.

¿Ya no existen los románticos empedernidos, de ésos que mandan ramos de flores, dedican serenatas cargadas de canciones melosas y elaboran mensajes edulcorados cargados de frases superficiales sacadas de tarjetas? Seguro que sí, pero estarán manteniéndose a resguardo, o no, ¡vaya usted a saber!

La novela que menciono, La lentitud, publicada en 1995, fue un descubrimiento personal, luego de una búsqueda que, como profesor, realicé con el fin de llevar al salón de clases novelas que permitieran a los adolescentes entrar en contacto con historias novedosas. ¿Por qué esta novela y no otras? Primero, porque al leerla mi mente se volcó en múltiples sensaciones y emociones, y porque la sorpresa de inmiscuirme en temas que me apasionan y me llenan, me mantuvo expectante de principio a fin.

Saber que uno de los temas principales que toca esta novela es el arte de la seducción, me hizo recordar momentos de mi vida, desde mis primeros intentos de ligue hasta mis primeros amores, y de las ganas inauditas de seducir a alguien o de ser seducido para empatizar, convivir, compartir, amar, sexualizar, así como lo pintan en las películas y las novelas románticas.

Asimismo, encontrarme con una intertextualidad poderosa, desde mi punto de vista cinéfilo y lector, me volcó todavía más en deseos de meterme de lleno entre esas sustanciosas y prometedoras páginas, porque la alusión a la novela epistolar Les Liaisons dangereuses (Las relaciones peligrosas), de Pierre Ambroisse Choderlos de Laclos (publicada en 1782), que no había leído, pero que había podido disfrutar en la gran pantalla del cine en la década de 1990, con el mismo título, dirigida por Stephen Frears (1998) y con un reparto espectacular que contaba entre sus principales actores y actrices a Glenn Close, John Malkovich, Michelle Pfeiffer, Uma Thurman y Keanu Reeves, me había maravillado por su crudeza.

La novela también hace alusión a otros franceses, como el Marqués de Sade, con su Filosofía en el tocador, publicada en 1795, obra considerada de absoluto libertinaje; y un poema que Apollinaire escribiera desde su trinchera a dos de sus amantes, con distintos nombres y en distintos momentos, pero con la misma carga de deseo y que hacen alusión a las nueve puertas del cuerpo, una de ellas, la novena, que en La lentitud se le declara como “el ojo del culo”, una alusión escandalosa y nada encantadora, pero que poéticamente Apollinaire versifica así:

Y tú novena puerta aún más misteriosa
Que te abres entre dos montañas de perlas
Tú más misteriosa todavía que las otras
Puertas de los sortilegios de los cuales no se osa hablar
Tú también me perteneces
Suprema puerta

La novela puede parecer algo extremosa para las moralidades estrechas, pero para los lectores avezados resultará muy atractiva, porque la narración se desarrolla entre disertaciones filosóficas, literarias e históricas sobre el hedonismo, los placeres, lo moral, las truculencias de la modernidad, y la confrontación entre la vulgaridad que representa el ansia de fornicar versus la contemplación y el disfrute donde la seducción era un arte.

Todo sucede en un París del presente (siglo XX), en el campo, en un castillo convertido en hotel y, casi estoy seguro, en el mismo lugar, pero en el siglo XVIII mediante el desarrollo de una historia pícara que se da entre los moradores y un invitado, un amante. La voz narrativa nos permite visualizar los distintos escenarios en que se desenvuelven los personajes en su vertiginosa y grotesca prisa, y su casi nula posibilidad de disfrute del paisaje, del mundo, así como por su pérdida de la capacidad de seducción. Mientras que las escenas del siglo XVIII nos ofrecen a los amantes meciéndose en la voluptuosa lentitud con que suceden los acontecimientos, haciendo gala del arte de la seducción y su deliciosa paciencia para conseguir que la mirada llegue y penetre a ese otro ser que mueve sus íntimos deseos.

La lentitud, novela corta, presenta variados personajes, cada uno con sus particulares deseos, pensamientos y acciones, unos más lentos en la seducción de la vida y otros más aprisa en su loca faena de acabársela; deseos más oscuros o más románticos, más satisfechos o más reprimidos, pero al fin humanos sin importar la época a la que pertenecen, porque siempre se encontrarán deseando ser parte del juego de la vida, del sexo, de la seducción, del amor.

Por último, permítaseme confesar, no sin cierta pesadumbre, que la novela no funcionó con los alumnos, no porque careciera de belleza ni resultara novedosa e interesante sino porque a muchos jóvenes del siglo XXI no les mueve leer, ya que su vida abúlica, cifrada en los recovecos de las redes sociales, les impide saber que pueden inmiscuirse en los asuntos más íntimos de personajes tan ficcionales como los que pueden encontrar en sus redes sociales.

¿Y dónde quedó el arte de la seducción?

Es un dulce recuerdo.

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