Leer es un acto sublime y conmovedor, al menos para mí. Pienso que aquella historia que no me atrapa desde las primeras frases, está condenada a quedarse en la nada, en el olvido, en ser sólo una retahíla de palabras intrascendentes y bucólicas.

Cuando leo, busco que esas palabras me ayuden a comprender el mundo en que vivo, o mejor, en el que quisiera vivir. La escritura que nos entrega Almudena Grandes en Estaciones de paso (Tusquets, 2005) es poderosa y entraña la maravilla de conmoverme, sublimarme, dejarme sin aliento al paso de las imágenes logradas, de los personajes, todos ellos muy jóvenes, que nos hablan de sí, de su vida, de sus tormentos, de sus sueños.

De los cinco relatos que componen este libro, todos poderosos narrativamente, uno en particular me obliga a escribir: “Demostración de la existencia de Dios”. ¿Por qué éste y no cualquiera de los otros relatos? Porque me lleva a subirme al tren de la literatura, a viajar al pasado, a pensar en mí y mis reflexiones adolescentes, y en mi batalla interna contra esas creencias que me enseñaron de niño y que luego, en la adolescencia, fui desmadejando inexorable y críticamente. Y también porque me encontré con el pesar de la muerte, la azarosa, la que me tomó por sorpresa.

Pienso que cuando conoces la muerte a edades tempranas sueles no reconocer qué pasa; es un trago amargo que te destroza de a poquito (o de golpe y por completo), pero hay una rabia, un desconcierto, una tristeza que te taladra de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro. Hay una violencia contra el orden de la naturaleza, porque eso no debía pasarte. Porque está esa historia del cáncer, esa cosa extraña que desorganiza la biología del cuerpo y genera un proceso de descomposición que, muchas veces, no se ve, no se percibe, no duele, pero crece y, muchas veces, mata. 

Y es entonces cuando aparece el cuestionamiento hacia esos órdenes: el natural y el religioso, y cuando se es adolescente todavía no tienes claro cuál de los dos va primero, pero lo cierto es que se cuestiona el orden natural: uno nace, vive, aprende, se desarrolla, ama, se reproduce y debe morir a los ¿80, a los 90 años? Sin embargo, cuando no es así y la muerte llega de manera temprana, y desaparece a quien no debería morir porque apenas empezó su proceso de vida, la rabia no se hace esperar y nos tira, nos desborda.

Y también cuestionas el orden religioso. ¿Quién es dios, preguntamos, por qué es tan malo que se lleva a personas buenas? ¿Y dónde quedaron el todo amor y el todo bondad? ¿Y qué es la justicia divina que deja vivos a los delincuentes y mata a un ser inocente que apenas empieza a vivir? Las respuestas te las vas dando tú.

Así es como en este relato surge el posible diálogo con dios, en una encarnizada discusión en medio de un partido de futbol y un niño que se duele por la muerte del hermano en medio del desconsuelo de los padres y la hermana, es de un doloroso palpitante, porque todos hemos perdido a algún ser querido en circunstancias parecidas, por un cáncer o un accidente, en una muerte tan repentina que nos nubla por su violenta contundencia.

Eso es lo que me dejó latente la lectura de Estaciones de paso, con “Demostración de la existencia de Dios”, y los demás relatos que también ponen en el centro a personajes adolescentes en diferentes circunstancias y sepa, el lector de esta recomendación, que ninguno desmerece, porque en cada uno, Almudena Grandes desarrolla con una pluma poderosa las vicisitudes de vida que les marcarán en su paso hacia la vida a adulta: “Tabaco y negro”, “El capitán de la fila india”, “Receta de verano” y “Mozart, y Brahms, y Corelli”.

Como dato curioso, debo confesar que conocí a esta escritora portentosa a través de la pantalla grande, cuando los cines eran enormes y no había coronavirus (o sí), por allá por la década de 1990, al estrenarse Las edades de Lulú, dirigida por Bigas Luna, en la que nos brinda la historia de una adolescente entregada a su deseo sexual por un hombre mayor que ella, Pablo. Más adelante me congratulé con Malena es un nombre de tango, dirigida por Gerardo Herrero en 1995 y donde el personaje también es de corta edad y se confronta con algunos secretos de familia. Por esto y más, Almudena Grandes es una de las mejores escritoras de los últimos tiempos.

Si te gustó, ¡compártelo!