Uno de los autores literarios que descubrí a finales de la década de 1980, junto con Jean Genet, Marguerite Yourcenar, Witold Gombrowickz, Marguerite Duras y Christopher Isherwood, entre otros muchos, fue Yukio Mishima, cuando un guía literario excepcional puso en mis manos Confesiones de una máscara, y otros títulos que recuerdo, pero de los que no retengo mayores detalles, como El pabellón de oro.

Confesiones de una máscara se publicó en 1949 y fue un éxito inmediato, se tradujo a varios idiomas y colocó a su autor en una palestra que lo convirtió en un escritor de culto, no sólo entre la población homosexual sino en los círculos literarios del orbe; habría que preguntarse, ¿qué reflejos de sí encontraron entre esas páginas tantos y tantos personajes bucólicos y abyectos del siglo XX?

Iniciada la segunda década del siglo XXI, en uno de mis habituales viajes a la librería a la caza de nuevos títulos, me encontré con la sorpresa de que Alianza Editorial había puesto en los anaqueles varios títulos de Mishima, como La corrupción de un ángel (que tengo pendiente de leer), Nieve de primavera, Después del banquete, El templo del Alba y El color prohibido.

Ávido de leer nuevas historias de un autor del que no había encontrado publicaciones en años, salvo los mismos títulos una y otra vez, me dispuse a leer, primero, El color prohibido. Aunque la cuarta de forros es escueta, sintetiza los vericuetos que hemos de encontrar a lo largo de esta intrincada historia, pero es cierto, no dimensiona la portentosa experiencia que uno ha de vivir al ir descubriendo las honduras de los personajes principales que este autor retrata de manera excepcional a lo largo de 33 capítulos. 

Desde el primer capítulo, titulado “El comienzo”, el narrador nos ofrece una clara descripción de los espacios exteriores en relación con el ser interno de los personajes, con sus diametrales diferencias y con su egoísta forma de ser, su indolencia, su fealdad, su crueldad. El narrador no tiene reparo en llevarnos hasta el precipicio de las emociones ofreciéndonos la visión de un nacimiento de Venus estilo oriental, pero con un hombre joven –Yuichi, personaje central– que representa la belleza en toda su dimensión, ante el asombro del escritor Shunsuké, que simboliza la fealdad en varios sentidos y no puede evitar su turbación al verlo.

De ese encuentro casual surgirá una violenta relación que transitará por diferentes momentos y espacios, de capítulo en capítulo, con variados personajes representativos de una sociedad de doble moral, donde las bajas pasiones, como el deseo insano, la venganza y el egoísmo se posicionarán por encima de los demás e irán cobrando diferentes matices, entre los que la indolencia encontrará tierra fértil para hacer sucumbir a los otros, quizá los más débiles o los más amorosos, a los traces del dinero y del poder.

Conviene recordar que Misihima fue un hombre extremoso en su pensamiento y sus acciones, y no cabe duda que mucho de lo que relata puede estar relacionado con su vida. Algunos especialistas no dudan en atribuir rasgos autobiográficos a su personaje Koo-Chan, el narrador de Confesiones de una máscara, y quizá en ésta y otras novelas haya fragmentos de la propia imposición social enfrentada desde esa disyuntiva que no permitía la libertad total a los hombres homosexuales en el siglo XX y todos los anteriores, que debían vivir sus deseos desde el placer anónimo, característico de las grandes y turbulentas ciudades en apresurado crecimiento.

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