Con Cien alas, y en pleno confinamiento, celebramos las casi 600 historias que ha escrito María Julia Hidalgo en “Las alas de Titika” durante más de 12 años. En esta edición de aniversario encontrarás relatos, reseñas, personajes, crónicas y pequeños ensayos literarios. Una publicación de editorial Intidrinero que contiene una selección de las 100 alas más comentadas por los lectores del periódico Noroeste, de Sinaloa: “el diario que me dio la oportunidad y la confianza de contarme entre sus colaboradores”, dice Titika.

“¿El Divo de Juárez es gusto de nacos?, no si lo cita Monsiváis. ¿Se puede estar encarcelado durante 27 años y vivir con una eterna sonrisa?, lo sabrá Mandela. La leyenda de los precios bajos llegó con el abarrotero del norte, el Chino Ley, mientras en el centro de México Mario beat escribía su historia poética en el barrio de Coyoacán. ¿Se acaba la vida cuando se llega a viejo o justo se empieza otra historia siendo guía de turistas en Oaxaca? No lo sé, puede que sólo se llega cuando regresas a Veracruz y tomas el esperado café. Dehesa dice que no nos hagamos “firulais” y que cuidemos la patria mientras él…”, personajes. 

Un personaje contador de historias, eso es Titika. 

“Titikuka, ven”. Otra vez la niña que vivía en el departamento de abajo le pedía que acudiera en su auxilio, pues sus papás no la querían y no jugaban con ella y entonces sufría y lloraba, y Titikuka era la única que la consolaba, le hablaba y le contaba historias desde su ventana. No está por demás decir que la vecinita en cuestión era una consentida y manipuladora de primera, pero eso, Titi, lo sabía y se dejaba llevar. Aplazaba su salida y entablaban largas e incomprensibles conversaciones. Titikuka adivinaba lo que la otra balbuceaba —apenas tres añitos— y le contaba que un dragón rojo acababa de pasar por la ventana. Que no era un dragón cualquiera, era uno de esos que usaban zapatos de colores y tenían los dientes muy blancos. La niña le respondía cosas incomprensibles y Titikuka le decía que sí, que era delgado porque comía manzanas y batido de fresa. La vecinita se quedaba callada y pronto le lanzaba una pregunta indescifrable; Titikuka le respondía que sí, que ella también tenía dos alas grandes, muy grandes, como las de una mariposa gigante y que todas las mañanas salía a recorrer las calles por entre los árboles. ¿Tú conoces los baobabs?, la niña le decía que sí. Los padres, quienes seguramente seguían el dislocado diálogo, se acercaban a la ventana y le daban las gracias a Titikuka por la conversación, pero había llegado la hora y ‘alguien’ se tenía que bañar. En eso se escuchaba de nuevo el llanto y Titikuka —quien se quedó con la apócope de Titika— se alejaba sonriendo.

Una compilación festiva, un airado vuelo tornasol que pretende quedarse entre tus manos, en un acogedor lugar dentro de tus coloridas historias. Eso y más es Cien alas; no te quedes sin leer las 100 historias.

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