De nuevo a J.F.C.

Te hablo.
¿Recuerdas la casa? Ya no existe.

¿La calle?
No me duelo por ninguna de estas cosas,
y no sé qué hacer
con este disimulo, con este absurdo.

Te digo: tú y yo somos culpables.
Tú y yo somos víctimas.

La oscuridad huele a geranio machacado,
y mi latido torpe no puede sostener todo el peso
de los vocablos en los que estoy sumergido,
junto a tu muerte
que vuelve a sobresalir cuando me torturan.

La ciudad está a punto de derrumbarse,
y me regocijo
y siento miedo.
Va a caer sobre mí
y va a hundirse hasta los cimientos;
va a llegar hasta tu calavera.
La ciudad que odio.
La ciudad por donde caminaste.
La que nos encegueció y ensoberbeció.
Mi cerebro,
como perro hambriento,
ha comenzado a buscarte en la lejanía,
en la zanja de los papeles
escarbada por la escritura,
ladrándote,
largamente crispado.

Cuando camino en la madrugada,
voces que no reconozco
se asoman por las azoteas,
con el cuello torcido.
Las mismas voces que bajan a la calle
cuando comienzan los rayos
a podar el jardín de la casa,
y las palomas se buscan en la entorchada paja somnolienta
para revolcarse hasta el exterminio.

El jardín rabia de jardín.

Parecen las orquídeas más bien cerdos morados.
Levanto de la oreja a una gardenia
que se deshace en llanto por el suelo.

Zoohombre, el día muge.

¿Escuchas? No escuchas.
No sabes nada. ¿No ves nada?

¿No sientes nada?
Una arquería me rompe la crisma.
Un edificio se desploma en mi baladro.

¿Escuchas?

Yo hablo por tu muerte.

Óscar Oliva (1937)
Estado de sitio, y otros poemas.
SEP, México, 1986.

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Selección de Felipe Garrido.

Miguel Ángel Porrúa, editor; Academia Mexicana de la Lengua; Creadores Eméritos FONCA.

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