Siempre era así:
la tempestad venía;
y al cárdeno fulgor de los relámpagos,
“Jesús mil veces”
luego decía.

La chiquillería se acogía
a las faldas femeninas;
se cerraban las ventanas;
se encendían cirios pascuales;
y en el temor clausurado,
sobre el altar de la cuita,
era especial protectora
contra centella traidora,
Santa Bárbara bendita.

Ya ha cambiado todo
–hasta mis locuras–.
La casa está sola,
la pieza está a oscuras;
hoy por los rincones
cuchichean tristuras.

Se alza un ajetreo nuncio de tormenta;
llega el aguacero;
la violencia aumenta.

Como a guarecerse,
renqueando y lejanos
llegan los recuerdos…
Me tienden las manos:
son tan pequeñitos
como Pulgarcito
con sus siete hermanos.

¡Cuántas cosas idas!
¡Cuántas cosas yertas!
Frescuras de lluvia y azufres de ozono;
cárdenos relámpagos
que airados brillan
a pesar que estaban
cerradas las puertas.

Meteorología
donde yo aprendía
penas y quebrantos…
¡Ah la vida mía,
cuando Dios quería!
Las velas benditas y la letanía
de todos los santos.

Francisco González León (1862-1945)
Poemas.
Compilador, Ernesto Flores.
FCE, México, 1990.

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Selección de Felipe Garrido.

Miguel Ángel Porrúa, editor; Academia Mexicana de la Lengua; Creadores Eméritos FONCA.

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