Los imaginaba lentos. Con el rostro embozado
por una luz más débil que la oscuridad.
Sin voluntad para avanzar, sin fuerzas para detenerse.
Sin fuerzas para conversar
sobre los usos y costumbres de los muertos.
Pero venían a mí,
con su obsequio de miedo entre las manos.
Tardaron en llegar, pero llegaron
o yo me fui acercando a ellos, como en el juego
del gallo y la gallina
cada quien daba un pasito hacia el encuentro.
Aprendí como pude
el complicado castañear de dientes.
Memoricé los cuatrocientos nombres de la oscuridad.
Aprendí que después
de también muerta cada cosa
quiere seguir viviendo. Y esa es la fuerza –única y frágil–
que hace existir al mundo:
los muertos vuelven a la vida
sin voluntad para avanzar, sin fuerzas para detenerse;
pero todos los muertos vuelven a la vida.
Nos miran con respeto. Nos miran con envidia.
Tratan de no hacer ruido.
Vienen y van por el planeta: su neblina en el sexo y en los ojos.
Yo los imaginaba viajando a pie desde el pasado.
Ahora sé que vienen del futuro. A pie también, pero de espaldas.
Los imagino maquillándose los párpados y el pubis
con leche de polvo,
humedeciéndose los labios con lágrimas de huérfanos.
Los imagino limándose las uñas con tierra
de maceta.
Qué difícil es imaginar el pensamiento de los muertos.
Cuando esté muerto no voy a pensar nada.
El pensamiento enciende en mí los músculos del miedo.
No quiero adivinar los pensamientos de Dios,
no quiero adivinar los pensamientos de las palomas, no quiero adivinar
los pensamientos de las escobas, no quiero adivinar los pensamientos
del diablo y de la ameba, no quiero adivinar los pensamientos del viento;
pero no esta en mis manos elegirlo.
Yo adivino los sueños de los muertos,
es mi única virtud,
quién sino yo: el gran cabeza hueca,
el adivinador del miedo,
el torturado telépata del todo.

Javier Acosta (1967)
Bonobos Editores, Universidad Autónoma de
Zacatecas “Francisco García Salinas”,
Fonca, Toluca, 2019

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Selección de Felipe Garrido.

Miguel Ángel Porrúa, editor; Academia Mexicana de la Lengua; Creadores Eméritos FONCA.

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