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Desde ahí pueden también verse los corredores amplios hasta donde ha entrado la naturaleza exuberante para aprisionarse en jaulas o en macetas; plantas de sombra que muestran sus hojas amplias y velludas y al moverse tienen secas resonancias; helechos que despliegan el verde de sus plumas en gracioso mohín de gentileza; espárragos que suben con la suavidad de la espuma hasta formar un doble marco a la entrada importante. Después, con las corolas abiertas, habrá geranios, frágiles tuberosas y en otoño e invierno, cinerarias.

En los patios, rosales y heliotropos perfumarán las tardes. Los pájaros aturdirán con sus trinos el barrio y el reguero de notas se perderá en los oídos para cesar después, y como en presencia de un prodigio, a escuchar el milagro de un verso desgranado en el pico de un jilguero:

Es tu boca la flor del granado,
son tus labios sus hojas abiertas,
son tus ojos del cielo las puertas
y del cielo es bajado tu amor.

Y como si tuviera conciencia, el pajarito que habla se detiene, revolotea dentro de su jaula y enmudece, para hacer más patente la impresión de lo increíble.

No hay nada comparable a la frescura del aire, que templado por el calor de abril, trae perfumes de azucenas con nieve de limón y vagas reminiscencias de barrancas florecidas con el rosa del durazno y el blanco del ciruelo y el manzano.

Parece que la naturaleza hubiera preparado un rincón entre flores, agua y montañas para guardar tradiciones muy hondas y muy limpias. Fervor de siglos arraigó en la sencillez un poco altiva de nuestros antepasados y lucha con todas sus fuerzas por conservarse intacto: ahí están la amplitud del cielo y la altura de las montañas para recordar siempre lo Infinito.

María del Carmen Millán (1914-1982)
Rueca, Verano, 1942, México
Año 1, número 3, p. 41

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Selección de Felipe Garrido.

Miguel Ángel Porrúa, editor; Academia Mexicana de la Lengua; Creadores Eméritos FONCA.

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