El amarillo es un diminutivo sin serlo, una mentira sostenida en la i y la elle de su nombre. Nadie le cree a su grito de soprano que hace temblar la superficie de las formas. Si alguien lo toma en serio se vuelve ocre, cálido, toma prestada del rojo la intensidad, se hace profundo, pero deja de ser aquél que presumía y él, agudo seductor, no puede permitir ese atentado al narcisismo. Un fruto es amarillo sólo en sus partes verdes, vaya contradicción que se resuelve cuando el verde no es verde, sino amarillo. La inmadurez es dura, no ha hecho carne, no ha producido miel ni derramado el jugo que la lleva a ser naranja, a abandonar el amarillo como quien deja atrás la juventud insípida para adentrarse en el color amalgamado de la sazón del tiempo. Por eso el amarillo no sabe de sí mismo, se encuentra deslumbrado con su hermosura efímera y lo que exhibe es sólo superficie. Si el sol es amarillo es un sol frío. Sus rayos caen en línea recta, añorando la curvatura de los otros colores. Atrás de su chillido está su angustia, pero ésta se percibe sólo junto al azul, que es todo calma.

Carmen Villoro (1958)
Espiga antes del viento.
Selección y prólogo de Jorge Orendáin.
La Zonámbula, Guadalajara, 2020.

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria. Selección de Felipe Garrido.

Miguel Ángel Porrúa, editor; Academia Mexicana de la Lengua; Creadores Eméritos FONCA.

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