¿Comerla o enmarcarla?, tan bella es que resulta un sacrilegio meterle cuchillo. Se trata de la exquisita cocina de vanguardia, esa que necesita legitimar su arte para justificar el precio —digo—. Serán peras o manzanas, pero que a un champurrado lo llamen: sublimado de maíz al cacao con canela y leche; a unos tacos de canasta de papa y longaniza: crepas de maíz con patatas y embutido de lechón a la paprika y chile guajillo; a las salsas: espejos; a los fideos: capelli d’angelo; a las palanquetas: crocantes y al cacahuate: maní, eso sí ya son ganas de molestar.

¿Será que la verdadera cocina mexicana se está reservando a los lugares de lujo? Esa tendencia a gourmetizar el huitlacoche, los chiles, las verduras, las semillas, los granos, los insectos nos va arrinconando sin remedio. Será que la comida que queda al alcance de todos es la que encontramos a la vuelta de la esquina; esas fritangas que están macdonalizando nuestras vidas, o se trata sólo de un discurso moderno para justificar nuestro cambio de prioridades. Tiempo y economía, dos fronteras que se encuentran impidiendo continuar con la gran tradición culinaria, esa que nos enriquecía al descubrir los secretos y sabores que hay en torno a las cálidas hornillas.

¿Será que la llamada alta-gastronomía-cuisine-gourmet sólo está convirtiendo la cocina en una mercancía de lujo? Me temo que alguien pretende segregar nuestro gusto para macdonalizar nuestra apresurada vida.  

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