La ciudad que se tiñe

Hay tintes que nos remiten a un cielo despejado, un atardecer o un monte nevado. Hay tonalidades que expresan precaución o peligro, y otras tantas que relacionamos con las emociones, como una persona ruborizada ante un halago. Pero pocos colores tienen la facilidad de transmitirnos la emoción de iniciar un ciclo nuevo como parte de una tetralogía anual evidenciada por las cambiantes túnicas de la vegetación, y qué mejor representante para tal empresa que la jacaranda mimosifolia, comúnmente conocida como jarandá, jacaranda o tarco.

Para muchos habitantes de Latinoamérica es un enorme gozo, al llegar la primavera, presenciar el regreso de aquellas diminutas flores violetas de figura alargada y textura sedosa. En la Ciudad de México, como caso curioso, la presencia de la jacaranda tiene una historia un tanto incierta, basada en un menjurje hecho de registros y anécdotas, de entre los cuales se rescatan tres de las versiones más ampliamente difundidas.

Cuenta uno de los relatos que la iniciativa surgió por parte de un hábil jardinero japonés de nombre Tatsurgoro Matsumoto, quien propuso la siembra de dicha especie bajo premisas paisajísticas, más que sólo botánicas. Había sido tal su éxito en Perú que el gobierno mexicano no tardó en solicitar sus talentos para embellecer algunos de los sitios más icónicos de la entonces periferia de la Ciudad de México, siendo el Castillo de Chapultepec y “El Palacio de Cristal”, ahora Museo Universitario del Chopo, de los primeros recintos en engalanarse con los pigmentos del tan bien recibido ejemplar.

En otra narración, se dice que la introducción de las jacarandas en tierras mexicanas fue inspirada por los llamativos cerezos japoneses que adornan las calles de Washington D. C. A pesar de que el proyecto original contemplaba copiar la vegetación de la capital estadounidense al pie de la letra, las diferencias de las condiciones climáticas y del suelo mexicano volvieron inviable el proyecto, por lo que la idea de traer dicha flora exótica a la Ciudad de México viró hacia la jacaranda, una especie proveniente de Brasil, apreciada por su gran altura y sus flores de matiz azul purpúreo. 

Por último, cuentan las crónicas locales que el encargado de incluir nueva flora en la capital mexicana fue Miguel Ángel de Quevedo, un personaje conocido coloquialmente como “El apóstol del árbol” y autor de grandes iniciativas de reverdecimiento urbano a principios del siglo XX, quien veía en la jacaranda una especie de buena madera, resistente a los vientos y, además, aunque un tanto irrelevante para Quevedo, sumamente atractiva a la vista. 

Más allá de cuál sea la narración verídica, lo cierto es que, cien años y miles de árboles después, las calles se visten de colores que nos transportan inmediatamente a la primavera, invitando a decenas de polinizadores a servirse del manjar que es su flor, así como del resguardo que ofrecen sus ramas a una enorme variedad de pájaros e insectos. Para el ser humano, si bien la jacaranda no representa una fuente de alimento o una guarida excepcional, siempre es un deleite poder contemplar un panorama pintado de lila o tomar una siesta a la sombra de su follaje.

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