La boca atascada de confeti es mi único recuerdo de infancia sobre el carnaval de Mazatlán. Un fanático turista andaba como desquiciado bailando y aventando las minucias de colores sin ton ni son. Yo sólo quería salir corriendo, pero no hubo manera; nunca me habría zafado de la mano de mi madre. Además, los gigantescos ojos vigilantes no paraban de mirarme; eran decenas de pares que me seguían sin parpadear. Había de todos colores y estaban por todos lados. La vista se me nubló y creí que azotaría. Hice un esfuerzo y vi que arriba de ellos, sobre sus cabezas, se posaba una minúscula princesa de sonrisa congelada. Había en ella algo delicado. Pese a que la doncella era una ornamenta más entre los seres inanimados, el saludo de su frágil brazo fue lo único con vida verdadera. 

Mi sabor de infancia cambió después de escuchar una historia. Se trata de un personaje que hace muchos años llegó en una embarcación que venía de muy lejos. Él viajaba  como grumete y tenía prohibido abandonar la embarcación. Sin embargo, la abandonó y empezó a recorrer las calles de Mazatlán. El mar lo cautivó. Saboreó la comida del puerto, alabó la belleza de sus mujeres y luego se marchó; nadie imaginaba que esa visita quedaría plasmada en un clásico de la literatura universal. Ahora sólo queda el misterio sobre las líneas de unos de los capítulos de Moby Dick, donde dice:  “…me encanta navegar en los mares prohibidos, y aterrizar en costas bárbaras…”.  Nos resta confiar que en su recorrido por el puerto, en el año de 1844, Herman Melville contempló toda su belleza. Aunque quizá se trata de una fantasía más de los habitantes de ese puerto, y la verdad sea que el joven de 24 años nunca bajó de la embarcación; yo prefiero pensar que sí.

Una necesaria fantasía que nos haga olvidar la inacabada violencia en nuestra tierra. En este momento prefiero seguir en el alucine infantil y continuar con el cuento de la enorme ballena blanca y la travesía de un barco ballenero que recorrió la profundidad de los mares. A mi nuevo capítulo se suma ahora un diálogo ficticio entre un joven y un viejo. La inocencia e imaginación de la infancia regresan a este puerto y se dejan llevar entre ese diálogo de desdoblamiento que surge entre el autor de Moby Dick. “Un joven con la voluntad juvenil de devorar el mundo a través de la escritura, y un viejo convencido de lo estéril de ese inútil combate”, dice Vicente Quirarte, autor de Melville en Mazatlán.

Herman joven: ¿Y de qué puedo escribir, según usted? Herman viejo: De lo que verdaderamente duele. Si algo le duele a usted desde lo más hondo, le va a doler a todo el mundo. Una emoción colectiva, animada por uno solo, que da en el corazón de las cosas, es para siempre y es de todos… Aspire a que lo que escriba sea como el mar: complejo, profundo, interminable. Aunque tarde años en hacerlo.

La historia que nos regala Quirarte inicia en Nueva York, lugar donde nace y muere Herman Melville, pero en realidad comienza en las calles de Mazatlán. Nace de la imaginación de la gente, de aquellos que van pasando la voz y van contando los sucesos. Nace del deseo de marcar la huella de todo aquello que nos da felicidad.

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