El agua como herramienta de higiene

Las pandemias actuales y anteriores, devastadoras para distintas poblaciones del planeta, han propiciado la reflexión sobre asuntos de prevención y atención de estas. En ese sentido, el acceso de la población a fuentes de agua potable, tanto como medida de higiene como para el consumo personal, ha resultado determinante en el desarrollo de dichos acontecimientos. Pero, sobre todo, dichas epidemias han generado que se refuercen la idea y el concepto de mejorar la forma en que planeamos, construimos y vivimos las urbes.

Desde la fundación de las primeras ciudades tras concluir la última gran glaciación alrededor del año 10,000 a.e.c el trabajo cotidiano de las personas se basaba en disponer de máquinas simples y del apoyo de animales. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII que se dio paso a la llamada Revolución Industrial, cuando la popularización de la máquina de vapor catalizó la proliferación de embarcaciones, locomotoras y demás mecanismos manufactureros complejos. Conforme avanzaba esta última era, su alcance se extendía a otras latitudes y acercaba las promesas de la modernidad a una plétora de ciudades con potencial industrial a partir de sus idóneas características hidrográficas, dada la cercanía a ríos, deltas y lagos. Con ello se llegaría a un punto de inflexión sin retorno, de ser una sociedad que convivía con el agua a una civilización que hacía uso del líquido como herramienta de trabajo. De este modo, la aceleración de los ritmos de producción resultó en el aumento de flujos de transporte, en la construcción masiva de viviendas, así como en la eventual densificación de las zonas urbanas, afectando al agua a disposición junto con la salud de quienes la consumían.

Tales circunstancias dieron paso a diversos paradigmas científicos y gubernamentales que demandaban remendar los daños colaterales de la ciudad industrial, siendo el higienismo —desarrollada durante la primera mitad del siglo XIX— la principal corriente derivada de esta necesidad de cambio. Dicho enfoque colocaba a la salud del individuo como prioridad, entendiendo a la calidad del aire y del agua como recursos básicos del cuidado sanitario. De este modo, ciudades como Alicante y Alcoy, al sureste de España, comenzaron a instalar baños públicos, lavabos y cloacas para el uso de la población. Inclusive, esta tendencia higienista permeó en las esferas de la planificación urbana, a partir de las cuales se optó por distanciar las áreas residenciales de aquellas actividades ganaderas (incluidos rastros), de producción industrial y de cementerios, separando con ello las fuentes de agua para consumo humano de las de usos productivos.

Si bien estos nuevos esquemas de edificación sugerían un porvenir esperanzador, previo a los llamados ensanches derivados de la necesidad de generar nuevos espacios habitables dignos e higiénicos, proyectados para urbanizar más allá de los límites de las murallas medievales de la traza original, Alcoy fue escenario de precarias condiciones de vivienda donde el exiguo acceso a fuentes de agua para consumo e higiene junto con las inexistentes regulaciones en materia de construcción propiciaron el surgimiento de desarrollos inmobiliarios insalubres, como lo evidencian las crónicas de aquel entonces:

«En una calle que apenas mide cuatro metros y sobre un número muy limitado de palmos cuadrados, veíamos alzarse un edificio que, impulsado según parece por el orgullo o quién sabe si por la codifica de su amo, pretende llegar a los cielos como otra Babel, con olvido punible de todas las prescripciones higiénicas; (…) este edificio de atlética altitud y raquítica latitud presenta en su fachada un escaso número de aberturas (…). Si entramos allí, un hedor indefinible es lo que se percibe (…). Un visible número de puertas demuestran sin esfuerzo que sus habitantes no son pocos (…); horroriza pensar cómo en una habitación donde apenas cabe poco más de una cama, de techo bajo y sin más abertura que la puerta de entrada, se entregan en brazos de Morfeo, cuatro seres (…)»

A pesar del esfuerzo de edificar ciudades bajo condiciones más salubres, tan solo durante el siglo XX gran parte de la población mundial fue sacudida por eventos tales como la gripe española, surgida durante los últimos días de la Primera Guerra Mundial, así como por la gripe asiática, presente en la península de Yunnan, China. Y aunque el origen de estas enfermedades no esté ligado directamente con el crecimiento urbano, su dispersión y transmisión sí fueron en cierta medida facilitadas por las insanas situaciones de hacinamiento y, por supuesto, la falta de accesibilidad a fuentes de agua limpia, convirtiendo su consumo directo y las labores de aseo personal y del hogar en actividades potencialmente letales. 

Tras décadas de haber vencido a estos enemigos virales, la llegada en la actualidad de un nuevo reto en materia de salubridad supone una enorme oportunidad de mirar atrás en la historia, buscando retomar soluciones en las prácticas de aquellos quienes en su momento enfrentaron tales calamidades. Si bien las ciudades modernas fueron inicialmente motivo de malestar, los enfoques adecuados de revalorización del agua como herramienta básica de higiene, apoyados de proyectos urbanísticos que dignifiquen los entornos habitables, podrán ser una vez más la respuesta en tiempos de adversidades sanitarias.

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