Blanco o negro, ¿así sin matices es la vida o la muerte? No importa cómo, ¿lo importante es estar vivo? No sólo es vivir, hay que saber vivir. Todo tiene solución menos la muerte. Frases mágicas que al leerlas la vida se resume simple y sencilla. Pero ¿y la muerte?, no hay nada qué decir, pues ya todo acabó. Una muerte segura, sin ambigüedad, es un momento final al que bien podríamos aspirar en nuestros días.

¿Existe dolor más grande que sepultar a un ser amado? En tiempos actuales, velar a los seres queridos es una bendición que todos querríamos recibir. No lejos, no desaparecido, no sin identificar, no sin tocar, no sin abrazar. Un cuerpo sin vida, tendido y completo ante nuestros ojos, que reciba un último adiós. Una despedida que permita asimilar la pérdida y que su sola presencia, aun sin vida, dé consuelo a quienes lloran la ausencia.

Difícil dar un lugar a la muerte. Dónde poner la vida y los momentos compartidos de quien nos ha dejado. Cómo explicarle al subconsciente que tu hijo ya no está y ni siquiera te dijo que ya no volvería. No importa, ahora lo tienes contigo, cerquita de tu cuerpo, sin prisa para abrazarlo y ver su rostro, aunque su corazón esté quieto. Una muerte en paz, instantánea, repentina y sin sufrimiento, es el consuelo que queda para acallar el dolor. ¿Y qué de aquellos que simplemente son arrebatados?, desaparecen y ya no regresan. ¿Dónde están?, ¿qué les hacen?, ¿siguen vivos?, ¿están sufriendo? Sí, hay una muerte que no encuentra consuelo y enloquece la razón de aquellos que esperan en casa a que el desaparecido regrese. Un intruso desquiciado y perverso ha decidido que todo acabe; qué le importa la edad, los sueños, las alegrías y las tristezas. Un demente que no sabe lo que es la vida, menos lo que es el amor. Un pobre ser solitario y vacío que deja angustia y zozobra. ¿Por qué alberga tanto odio?, ¿por qué tal indiferencia? 

Todas las muertes juntas, sin importar en manos de quién, esa es la soledad de la muerte de la que nos habla Norbert Elias en La soledad de los moribundos, (FCE, 1987). Un apasionante análisis que pretende mostrar las formas de entender el proceso natural de la muerte. En su soledad, Elias hace un recorrido desde su propia experiencia, sin mencionar que toca un hecho autobiográfico cuando perdió a toda su familia en la Alemania nazi. Un estudioso que cumplió con la regla que se impuso: ser sociólogo sin dejar de ser un hombre entre los demás; ser sujeto y a la vez objeto de estudio científico de los entramados sociales.

Un pasaje que documenta hechos y distintas épocas. Qué ha significado la muerte a través del tiempo en las distintas culturas. Distantes comportamientos que nos muestran cómo hoy los médicos y las autoridades civiles entregan el cadáver a los técnicos de las agencias funerarias cuando en el Renacimiento, las viudas y las madres recibían en sus brazos el cuerpo de sus esposos o hijos, tal como lo reproduce Miguel Ángel en sus esculturas. 

“Antes se moría con menos asepsia pero con más calor humano”, dice Elias, “Los viejos adquieren protección estatal pero pierden calidez en la convivencia”. Ver la muerte violenta en manos ajenas es un crimen que, citando a Elias, ha vivido la humanidad a través de los tiempos, “aunque es algo de lo que solemos ser conscientes sólo a medias”. ¿Por qué se evita que los niños estén presentes cuando alguien muere?, ¿qué ha sucedido para que ahora los cadáveres humanos lleguen a su última morada sin ningún olor y sí con toda la perfección técnica? La representación mental de la muerte sólo puede caber en la conciencia de los vivos, “para los muertos no hay miedo ni alegría”, justifica el sociólogo judío-alemán.

Conocer una visión de las formas y los procesos por los que atravesamos los vivos cuando acompañamos a nuestros muertos suele ser una opción para encontrar un porqué al caminar con alguien a su tumba. 

Comentarios: majuliahl@gmail.com

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