“¡Que se me acabe la vida frente a una copa de vino!”, eso dijo. Sí, eso dijo el famoso cantautor mexicano José Alfredo Jiménez cuando el doctor le anunció que debería dejar el alcohol si quería seguir viviendo; abandonó el consultorio y escribió tremenda frase. El dictamen galeno no lo hizo retroceder ni tantito. Era su elección y con eso no se puede. El cantante estaba en edad de merecer, en plenas y propias, aunque mermadas, quizá, facultades mentales. Así que con tremendos ahíncos nadie se mete. Eso se dijo, ella, en plena encerrona, cuando escuchó al hombre de la Central de Abasto decir: “Estaremos laborando hasta que nos mate el coronavirus”. Nada que alegar. Así de determinante, así de fuertes y poderosas son las decisiones que van marcando la vida. Aplaudo tan heroico carácter de ambos hombres, pero yo, tan cobarde y asustadiza, me sigo aferrando a la vida, tal y y como le aprendí a la tía Juana: usted no sea ingrata, la vida se valora y se agradece hasta el último día.

Encuarentenada. Privilegiada, sí. Ante el pronóstico sanitario me han vuelto varias manías. La peor de todas, esa que pensaba tener bien resuelta, me ha vuelto. He recaído. En plena encerrona vuelvo a ser la vil maniaco-compulsiva de siempre. Todo a mi paso ha quedado como el más pulcro quirófano. Entre trapazo y trapazo reviso mis mensajes; sólo me detengo a leer el de mi amigo Rojo: “El deceso de mi abuelita Celia, decía, partió a sus 90 años”. Dejé mis tontos afanes y leí su nota. 

Qué despedida más amorosa escribió para ella. Cuánto dolor siente mi amigo al saber que partió para encontrarse con otros astros. Nos compartió sus desvaríos y cómo, cuando él llegaba, a veces no sabía quién era, le decía: Señor, qué bueno que ya se casó con esa linda muchachita. Otras la encontraba más cercana y la escuchaba decir: Mi nieto está saliendo en la tele, lo están entrevistando, es un hombre famoso. Yo leía e imaginaba su tristeza. Decía lo que la admiraba cuando la llevaba al Zócalo y se inclinaba a juntar la basura para que ese espacio tan hermoso estuviera limpio y bonito para todos. Se encargaba de alimentar al gato, y quererlo siempre a él, como sabe que nadie más lo hará. La velaron en un lugar desolado; no hubo ninguna alma que los acompañara. Todos en cuarentena. “Quédate en casa”. Mi amigo se encuentra ahora con la cajita de cenizas en las manos, palpa su tibieza y la lleva con él; la coloca en el buró, a un lado de su cama. Pone música y le canta bajito, la acompaña en su viaje, la encamina a su morada… La abuelita Celia se ha quedado en casa. Yo dejo mis inútiles tareas. Me sirvo una cerveza, me siento en el sanitizado piso. Siento que nos faltan los abrazos.

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