“Aproveche el puente y disfrute como usted se merece”. El mundo no se acaba por la quiebra de Sears; viene la revancha de la moda sin etiquetas. Se nos fueron Charlie Watts y el Príncipe Felipe, pero nos llegan vacunas de todo tipo para amortiguar la pandemia. Tenemos el cierre de vialidades una vez al mes para pasear con las mascotas —mi vecino se arrepentirá; acaba de abandonar a la suya en la perrera— 

¿Quién puede deprimirse en tremenda época del año? Se acerca el buen fin, el pozole, la catrina, el patriótico noviembre…, hay que ser un completo ermitaño para no celebrar tanta alegría que se ancía por las calles. Un completo apático para encerrarte en tu casa y negarte al riquísimo mezcal, al platazo de pozole, las calaveritas, el pan de muerto; todo sin olvidar la selfie para enviársela a los cuates y atestiguar que también te diviertes. No te limites a los TikToks. No olvides, ya están los cubrebocas con bordados de Tenango.

Viéndola bien, creo que necesito un whatsapp-plus-ultra con más emoticones, efectos y localizadores para mostrarles todo a mi paso. La tía Juana se quedará con ganas de saber de mí; ella se quedó en la fase —que no face— fotos de papel. La pobre todavía no entiende qué es eso del internet y ya le vienen las redes 5G. No se traga eso de que los nietos muestren sus fotos —las de ella, claro— a todo el mundo. Le encrispa saber que cualquiera la está viendo y felicitando en el face por su cumpleaños, cuando saben que ella no tiene. Todos le dicen cuánto la quieren, pero nadie va y le da un abrazo; le explican sobre la pandemia y tampoco entiende.

Nos llega el otoño y ya me perdí entre tanto festejo. Otro aniversario de la Revolución y yo sigo con tremendas necedades. Me mantengo en el ejercicio de resistencia —excentricidad, dicen otros— Deseo saber hasta dónde margina no contar con ciertos adelantos. Me invitaron a un programa de televisión Bloomberg y apenas confesé que no tenía cuenta de Twiter me vieron como apestada. Sí, estuve al aire, pero se olvidaron de mí; no pude ni rescatar el segmento de la entrevista.  

Apenas pasé el incidente, consternada le llamé a un colega que está al grito de la tecnología. Por más que me resista, creo que tendré que ponerme al día. Pero, ¡oh, sorpresa!, esto fue lo que me dijo: “Las redes sociales funcionan mejor cuando son de carne y hueso. ¿Recuerdas que te comenté que pedí apoyo en Twiter para conseguir donadores de sangre para mi hermano? Resulta que en el mismo día la solicitud de apoyo logró casi 300 retwits, es decir, según Twitter Analytics, más de 66 mil personas vieron mi mensaje. Paradoja, no recibí una sola llamada, no conseguí un solo donador”. Tiempos de relaciones complejas, mencionó mi amigo, también tendré que aprender a relacionarme con los que coincido en el ciberespacio. 

Con la caída de las hojas, mi amigo se quedó como la tía Juana, esperando que alguien le lleve un pastel de cumpleaños. Y yo, como ellos, me quedé viendo lo dependientes y aislados que estamos cuando el control nos cabe en la palma de la mano; quizá con la realidad aumentada pronto consiga un fiel acompañante.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

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