Del lenguaje

Lectura en la selva

En la jungla donde sus padres murieron; en la choza donde nació, un día, cuando tenía doce o trece años, Tarzán halló los libros que Lord y Lady Greystoke llevaban para que lo acompañaran a crecer. Había libros infantiles, muy ilustrados; antes de que cumpliera un año –ellos fallecieron entonces– los habían compartido muchas veces. A partir de que Tarzán los descubrió, nada le gustaba más que hojearlos. En sus páginas aparecían habitantes de la selva: el elefante, la leona, la serpiente… Había además unos bichitos “con bocas y con patas”, decía él, que se colaban por todas partes. Eran las letras.

Piel Blanca –Tarzán en el idioma de los antropoides que lo adoptaron– descubrió, tras muchos días de ver los libros, que al pie de los dibujos aquellos bichitos tenían un mismo orden. Concluyó que, puestos de ese modo querían decir lo mismo que el dibujo que estaba sobre ellos. Formaban el nombre de esos seres: descubrió las palabras.

Después de cinco o seis años, solo, fue construyendo su aprendizaje y comenzó a leer. Primero esos mismos libros que tenían no mucho texto, y después los que sus padres llevaban para ellos. Poco a poco, con sus lecturas, Tarzán se fue completando como ser humano; se fue apropiando de un idioma –aunque no supiera pronunciarlo–, de una cultura y de conocimientos que lo fueron convirtiendo en el rey de la selva. No porque fuera más rápido, ni más fuerte, ni más resistente que sus vecinos, sino porque sabía más, podía relacionar unos conocimientos con otros, era capaz de inferir y de imaginar.

Ningún otro personaje, ficticio ni real, ha sido capaz de semejante proeza. Por supuesto esto es una novela. Para aprender a leer y a escribir, todo niño necesita que alguien lo acerque al lenguaje escrito; pero ciertamente la lectura nos permite aprender de todo por nuestra cuenta. Cada quien sabe hasta donde cada quien lee.

La emocionante historia de cómo Tarzán aprendió por él mismo a leer y a escribir –encontró también unos lápices– la cuenta Edgar Rice Burroughs (1875-1950) en Tarzán, el hombre mono, novela publicada en 1912 en la All-Story Magazine, y dos años después, como libro, editado por A.C. McClurg, en Chicago, con un tiraje de diez mil ejemplares. En 1924, cuando la novela llegó a su décima edición, ya eran 346,000.


El arte de escribir

De la poesía

Cuando, en Ginebra o Zurich, la fortuna
Quiso que yo también fuera poeta,
Me impuse, como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.

Pensaba que el poeta es aquel hombre
Que, como el rojo Adán del Paraíso,
Impone a cada cosa su preciso
Y verdadero y no sabido nombre.

Jorge Luis Borges

Yo soy un poeta fallido. Tal vez todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, que es el género más exigente después de la poesía. Y, al fracasar también en el cuento, y sólo entonces, se pone a escribir novelas.

William Faulkner


Atisbos

Al caer la tarde

–Párate, que ahí va.

–¿Cuál es?

–Ése.

–¿Cuál de todos?

–Ese de allá, con las dos viejas. El de la chamarrita azul.

–¿Seguro?

El automóvil se acercó a la acera, junto al semáforo. El hombre que iba de ese lado habló desde dentro:

–¡Hey, tú, mira!

El muchacho volteó hacia el automóvil, pero una de las mujeres lo tomó de un brazo y le dio un tirón:

–¡Es el Perro, Chalo!

Y mientras ellas comenzaban a gritar, por la ventanilla asomó la escuadra y el muchacho cayó de espaldas. El auto arrancó sin prisa, las mujeres seguían gritando, un grupo de curiosos rodeó al caído al tiempo que los faroles se encendían y llenaban de sombras su rostro donde no había miedo sino sólo la sorpresa de saber que era el final.


Líneas sueltas

Procura preparar lo que improvisas.

Muchos días caben en un minuto.

Su mirada, peligrosa como un puñal.

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