Del lenguaje

Lo que no existe   

No existe lo que no ha sido imaginado y puesto en palabras, trazos, sonidos, gestos capaces de ser comunicados y repetidos.

En la segunda versión del Génesis, Adán da nombre a los seres creados por Dios, quien acababa de culminar su obra con la creación del propio Adán:

19Ahora bien, Jehová Dios había estado formando del suelo a todos los animales salvajes del campo y los animales voladores de los cielos. Y se los fue llevando al hombre para ver cómo llamaba a cada uno, y cada ser vivo se llamó como el hombre dijo. 20Así que el hombre les puso nombre a los animales domésticos, a los animales voladores de los cielos y a los animales salvajes del campo. Pero él no tenía ninguna ayudante que lo complementara.

Tampoco la había tenido Dios, pero, bueno, pues Dios es Dios. En cambio, Adán era apenas una de sus criaturas. La suya fue una segunda creación; una forma de establecer una manera de ponerla a su alcance siendo capaz de nombrarla. 

Existe sólo aquello que podemos representar. 


El arte de escribir

Realidad / ficción

En el Nuevo Mundo los mitos de Europa tuvieron la oportunidad de hacerse realidad: las amazonas –mujeres guerreras que no admitían que hubiera hombres viviendo con ellas–, las sirenas, otros monstruos… Los textos que siguen son de historiadores, convencidos de que describen la realidad. 

Le dijeron los indios que en aquella dirección hallaría la isla de Matinino, que dizque era poblada de mujeres sin hombres, lo cual el Almirante mucho quisiera, por llevar dizque a los reyes cinco o seis de ellas. Pero dudaba que los indios supiesen bien la derrota [el curso para llegar] y él no se podía detener, por el peligro del agua que cogían las carabelas, mas dizque era cierto que las había, y que en cierto tiempo del año venían los hombres a ellas de la dicha isla de Carib, que dizque estaba de ellas a diez o doce leguas [1 legua = 5.5 km]. Y si parían un niño, lo enviaban a la isla de los hombres, y si era una niña, la dejaban con ellas. [Fernández de Oviedo, p. 122.]

Ya dije cómo yo había andado 107 leguas por la costa de la mar, por la isla Juana [Cuba], según lo cual puedo decir que esta isla es mayor que Inglaterra y Escocia juntas, porque más allá de estas 107 leguas me quedan de la parte de poniente dos provincias que yo no he andado, la una de las cuales llaman Cibau, adonde nace la gente con cola. En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos [monstruosos], como muchos pensaban; mas antes [por el contrario] es toda la gente de muy lindo acatamiento [de buen trato], ni son negros como en Guinea. Así que de monstruos no he hallado ni noticia, salvo de una isla que está aquí, en la entrada de las Indias, poblada por una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne viva. [Colón, en una carta a Luis de Santángel. Fernández de Navarrete, vol. 1, pp. 151-152.]

El día pasado, cuando el Almirante iba al río del Oro, dijo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar. Pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo también que otras veces vio algunas en Guinea [África], en la costa de Manegueta. [Colón, citado por Durand, p. 27]

Fernández de Navarrete, Martín, Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV: con varios documentos inéditos concernientes á la historia de la marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias, 4 vols., Madrid: Imprenta Real: v.1 (1825), v.2 (1825), v.3 (1829), v.4, (1837).

Fernández de Oviedo, Gonzalo, Sumario de la natural historia de las Indias. Edición, introducción y notas de José Miranda. Fondo de Cultura Económica, México, 1950.

Durand, José, Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes. Fondo de Cultura Económica, México, 1983 (2ª ed.).


Atisbos

El cuarto Rey Mago

Para Emmanuel Carballo Villaseñor

–Me lo trajeron los Reyes Magos –dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.

–¿En mayo? –se escandalizó la tía Celia.

Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.

–-Fue hace dos años, o cuatro –explicó Fermín–, pero antes no me quedaba –y alzó el brazo para que lo viéramos.

–¿Vas a apagar tu cigarro? –preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.

La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.

–Voy a escribirles otra vez –dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.

–¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.

–Y ¿qué más si es mayo? –exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.

–¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.

–En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana –siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio–. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.

La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.

–El cuarto Rey Mago –dijo la tía con su vocecita de clavo– era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.

Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.

–No se dio por vencido –siguió Martucha–. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.

–Es una historia muy triste –suspiró Celia.

–Hasta que lo alcanzó –prosiguió Martucha con las manitas crispadas–. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.

Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.

–Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.

–Quiero más sopa –pidió Fermín.

–Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.

–¿Me sirves, tía? –insistió Fermín.

–Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta –terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.

–Yo les pedí otra cosa –protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.

–Ya te dijeron que es distraído, niño –refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.


Líneas sueltas

La esperanza es incurable.

No basta una vida de esfuerzo para compensar una mala educación.

Toda biblioteca es un proyecto de lectura.

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