Del lenguaje

Razones para leer 1/2

Durante siglos México fue una nación de analfabetos. ¿Cómo podía educarse y progresar, si su gente no sabía leer y escribir? Su economía dependía del trabajo de hombres y mujeres que vivían como esclavos. ¿A quién podía interesarle que escribieran y leyeran? 

Hacia 1920, cuando ese huracán de sangre y fuego que fue la Revolución empezó a aquietarse, el país estaba en ruinas; sin cultivos ni fábricas ni minas ni comercio… Lo más lamentable, porque si falta eso falta todo lo demás, sin escuelas ni profesores. Sobre todo profesores, pues ahí donde hay un buen maestro hay una escuela. Para reconstruir el país, en 1921 el presidente Obregón creó la Secretaría de Educación Pública y la puso en manos de José Vasconcelos. 

La prioridad era que los mexicanos escribieran y leyeran –sin esa segunda forma de la lengua ningún aprendizaje puede avanzar–; faltaban libros; Vasconcelos los compró a editores privados por decenas de miles, y encargó a colaboradores cercanos los que no había y él juzgaba indispensables. Su prodigiosa labor dejó en claro dónde se equivocó: para formar lectores no basta con producir y regalar libros. Es indispensable que alguien nos acerque a ellos y nos acostumbre a su trato. Los padres y los abuelos; sobre todo, en primerísimo lugar, los maestros. 


Veinte años después de que Vasconcelos hubo dejado la tutela esotérica de Montenegro en su enorme despacho en la SEP, llegó a arroparse en ella Jaime Torres Bodet, quien fue dos veces (1943-1946 y 1958-1964) secretario de Educación, y quien puso el acento donde hacía falta: más y mejores maestros, más aulas y, para leer y estudiar, los libros de texto gratuitos.

Entonces sí, el analfabetismo empezó a retroceder. En 1943, cuando Torres Bodet llegó por primera vez a Educación Pública, era de 48 por ciento; en 1964, cuando terminó su segunda gestión, se había reducido a poco menos de 30 por ciento.


En 1970 México tenía 48 millones de habitantes, casi 26 por ciento de analfabetos y tres años y medio de escolaridad promedio. Para 2010 el analfabetismo se había reducido a 7 por ciento, y la escolaridad había aumentado a ocho años y medio. Una hazaña; mayor si se considera que en esos cuarenta años los mexicanos pasamos de 48 a 112 millones.

Quedó claro que la alfabetización no es suficiente. Es indispensable, pero si no va más allá de una lectura y una escritura elementales, no alcanza a formar lectores capaces de escribir y, en consecuencia, no logra detonar los procesos de desarrollo que el país necesita. Porque, finalmente, de eso se trata; de que la educación y la cultura, la escritura y la lectura, los libros y las nuevas tecnologías nos lleven a ser más prósperos, a reducir las desigualdades, a suprimir la ignorancia, la enfermedad y la violencia. Para decirlo en corto, a vivir mejor. 


El arte de escribir

La pureza original

Germán Dehesa –dos años más joven que yo– estudió en mi secundaria y mi prepa, el Instituto, y el Centro Universitario, México los dos, los dos de maristas. Nos conocimos adolescentes, cuando Germán comenzó a noviar con Conchita Christlieb, amiga muy cercana de María de los Ángeles, una de mis hermanas, y más tarde su primera mujer, madre de Juana Inés, Ángel y Mariana Dehesa Christlieb. Tanto Germán como yo enseñamos allí, en aquella prepa, literatura mexicana, y asistimos a la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, y comenzamos más o menos al mismo tiempo a escribir en revistas y diarios, a publicar libros, y nos hicimos, uno y otro, maestros en la UNAM, y fuimos miembros del consejo directivo de IBBY-México, todo esto casi al mismo tiempo, como si jugáramos a estar en los mismos lugares, con los mismos intereses pero nunca juntos, sino relevándonos. 

Nos ayudamos siempre que pudimos, y eso fue muchas veces. Mientras estuve en el Fondo de Cultura Económica, en Literatura del INBA, en Rincones de Lectura, de la SEP, le conseguí libros para bibliotecas y grupos de lectura que le pedían auxilio. Cada vez que le hice llegar alguno de los que yo fui escribiendo, o que le pedí ayuda para apoyar algún proyecto, Germán lo comentó, por escrito, o me entrevistó en la radio o en la televisión.

Entre todo eso que hicimos, nunca juntos pero siempre casi al mismo tiempo, hay algo que quiero destacar porque tiene mucho sentido hacerlo aquí, en Chócalas. Uno y otro, Germán y yo, nos esforzamos por hacer lectores a nuestros alumnos. Innumerables veces, Germán y yo hablamos y escribimos sobre la urgencia de formar lectores. Dice Germán –entresaco sus palabras de una entrevista de Círculo de Lectores:

El problema básico son los lectores. ¿Para qué más autores, más libros, más esfuerzos por reunir bibliotecas si no hay quien lea, quien se acerque a los libros?

Lo nuestro tiene que ser la formación de lectores y la única manera de formar al lector es mostrándole que leer es la segunda forma de recreo que tiene el ser humano. La primera se cumple entre hombre y mujer y no voy a dar detalles. La otra es la lectura.

Tú olvídate, tú métete a un libro como quien se mete a una fiesta. Si en la página 70 no te interesa, no sabes ni de qué se trata, tienes todo el derecho de largarte; no todos nacimos para los mismos libros.

El buen lector siempre terminará leyendo poesía. Los poetas son las cumbres. En México, donde la palabra es tan violentamente prostituida por los medios de comunicación y, sobre todo, por los políticos, es necesario generar anticuerpos. Y esos anticuerpos son los poetas. Son los que devuelven a las palabras su pureza original; las alivian y las vuelven otra vez mágicas. Por eso hay que leerlos, disfrutarlos.

Somos lo que leemos.


Atisbos

Final

Entrarás empujado por otros, con el ansia de no quedarse en el andén, y buscarás de dónde asirte, proyectado hacia atrás por la sacudida y sólo después, cuando los vagones tomen el paso regular, bajo tierra, podrás mirar a los lados. Verás, como todas las noches, los cuerpos doblados, las bocas que roncan, las barbillas clavadas en los pechos. Apoyadas en la puerta, dos muchachas irán abrazadas; de vez en cuando se besarán. Una de ellas te retará con la mirada. Solamente después, mucho tiempo después, te darás cuenta de que nadie habla. Un hombre joven y fuerte, un obrero que llevará una mochila con herramienta, moverá en silencio la boca, como si comiera o como si rezara. Sólo después, mucho tiempo después, cuando habrán pasado dos o tres paradas que no habrás visto nunca, te darás cuenta de que no volverás a salir.


Líneas sueltas

Cinco palíndromos de Gilberto Prado Galán:

En enero llore, nene.

Otro banal plan abortó.

¿Yo soy ése? Ése yo soy.

Roma es enero; lloren ese amor…

Y el azar traza ley.

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