Del lenguaje

Un libro nuevo

Gonzalo Celorio

¡Qué bonito se siente tener un libro nuevo, hojearlo por primera vez, ver sus ilustraciones, tocar sus pastas brillantes, lisas… hasta huelen bonito! ¡Dan ganas de cuidarlo mucho, de lavarse las manos antes de abrirlo!

¡Qué de cosas tendrá adentro! ¡Cuántas historias que no conozco, de otras partes del mundo y de otros tiempos! ¡Cuántos poemas voy a leer, a releer y volver a leer hasta que sean realmente míos! Porque las palabras se meten dentro de uno y  entonces se ven las cosas de otra manera, se camina distinto, se respira diferente, de veras, como que huelen más las flores, como que cantan más los pájaros, como que dan más ganas de subirse a los árboles, de meterse en los charcos, de ser gigantes o bomberos, astronautas o piratas, de tener una rana, de hacer una fogata, de que llueva o sople el viento.

Así como es bonito tener un libro nuevo, también lo es guardar muy cuidadosamente los libros de los años anteriores, tenerlos ahí, en la repisa, saber que están siempre dispuestos a acompañarnos, porque aunque tengan las mismas palabras que han tenido siempre, cada vez que los  leemos nos dicen algo nuevo, nos revelan más secretos. Claro, nos tienen más confianza. 

Español / Cuarto grado, Lecturas. SEP, México, 1994.


El arte de escribir

Para aprender a pensar 

Parte 1/3 

Imaginemos que me encontrara yo hablando ante todos ustedes que me leen. Yo estaría aquí, en este espléndido auditorio, esta luminosa mañana de invierno y a la vez en algunos otros lugares, momentos y ocupaciones. Cada uno de nosotros lleva todo el tiempo, en su interior, voces e imágenes que tumultuosamente reclaman su atención: recuerdos y proyectos; expectativas, esperanzas y temores; motivos de gozo o tristeza… 

Cuesta trabajo acallar esos murmullos, velar esas memorias, esas fantasías, y poner nuestra atención en lo que sucede fuera de nosotros. Concentrarse es difícil. Cuesta trabajo elegir, entre todos esos estímulos que nos reclaman, a cuáles prestar atención. Mientras estoy hablando, intento recordar dónde dejé una libreta que siempre me acompaña pero que no pude hallar esta mañana; estoy pasando lista a lo que debo hacer en un viaje, la semana próxima; me pregunto qué será ese ruido que le escuché al automóvil mientras venía hacia acá; recuerdo a un amigo muerto hace ya algún tiempo, Rafael Ramírez Heredia, autor de espléndidos cuentos sobre boxeadores y toreros. Y sé que, ahora mismo, cada uno de ustedes se halla sumergido en situaciones semejantes. Voy a procurar hacer eso a un lado para concentrarme en esta charla. Espero que también ustedes puedan atender a lo que aquí sucede, dejando en suspenso otros pensamientos. 


En cuanto nacemos, o antes, desde el vientre materno, vamos acumulando experiencias y conocimientos. Muy pronto este bagaje, siempre en aumento, va formando lo que llamamos nuestra idea del mundo. Aunque no nos lo propongamos, vivimos cotejando a cada paso nuestro modelo del universo con lo que sucede fuera, para decidir qué debemos hacer: eso es pensar. Al mismo tiempo, y eso también es pensar, vivimos asediados por nuestros fantasmas interiores, que a menudo nos asaltan sin que los hayamos convocado.

Lo que nos sucede, lo que acontece en derredor nuestro, lo que aprendemos, sentimos e imaginamos va enriqueciendo nuestra percepción del universo y de la vida. En la medida en que vamos aprendiendo –gracias a la experiencia y a la educación– a interpretar los datos acumulados, tenemos una idea del mundo más amplia, profunda, precisa. Mientras más exactamente reproduzca el mundo exterior, nuestro mapa interior será más útil. Organizar nuestra idea del mundo, ponerla en orden, es una forma superior de pensamiento en la que también tiene un papel determinante la educación. 


Vivimos en un mundo propio, interior, y en otro ajeno, exterior, que existía milenios antes de que naciéramos. El objeto de nuestra vida es explorar, conocer, comprender y, hasta donde cada quien pueda, mejorar esos dos mundos.

El primer instrumento para intentarlo son los lenguajes; sistemas de signos que nos permiten expresarnos y comunicarnos. Las matemáticas, la música, los códigos de señales, la clave Morse son lenguajes. Hay un lenguaje de los colores y uno gráfico. Sobre todo, porque es el más amplio y preciso, existe el lenguaje por el cual llamamos lenguajes a todos los demás: el lenguaje de las palabras, que se dicen y se escriben.

Hay también un lenguaje del cuerpo. Somos mundo interior, imaginaciones, recuerdos, proyectos… pensamientos, y también somos el cuerpo en que cada quien vive, como dice José Gorostiza, “Preso de mí, sitiado en mi epidermis por un Dios invisible que me ahoga…” En un sentido físico, vivimos encerrados en nuestra piel. El pensamiento nos permite trascender esa frontera. 

Cuando decimos pensar, nos referimos al esfuerzo que hacemos para prever, combinando voces, símbolos e imágenes de los lenguajes que tenemos –dentro y fuera de nosotros–, cuáles serán las consecuencias de nuestros actos. Un pensamiento es un proyecto de acción. Para actuar bien tenemos que pensar bien. Y para pensar bien necesitamos que nuestra idea del mundo corresponda con la mayor exactitud posible al mundo real. Mientras más amplio y preciso sea nuestro mapa interior, mejor podrá guiarnos por el mundo exterior.

Por eso es importante educarse. Esto es, ampliar las vivencias y hacerse de conocimientos sólidos. Por eso el arte es tan vital como las ciencias y la tecnología. Cuando leemos una obra literaria, vemos una película, escuchamos música, asistimos a una función de danza, nos acercamos a las artes plásticas, viajamos, conversamos estamos desdoblando nuestra capacidad de vivir; estamos viviendo otras vidas y asistiendo a otras maneras de ver y entender el mundo. Más todavía cuando dejamos de ser únicamente espectadores: no basta leer, hay que escribir; no basta ver lo que otros pintan o bailan, hay que pintar, tallar madera, dejarse llevar por la música, tocar un instrumento… No basta siempre escuchar, hay que estar dispuestos a tomar la palabra.

Por eso es importante saber; encontrar placer en extender y profundizar los conocimientos. Estudiar no para meramente pasar exámenes, sino para no olvidar, para explorar, conocer y entender mejor el mundo.

Las tecnologías, las ciencias y las artes no se excluyen unas a otras. Es muy probable que cada uno de ustedes acabe por especializarse, debido a razones profesionales. Pero ser un buen especialista no está reñido con tener otras curiosidades, otros campos de interés, otras aficiones. Ser ingeniero no impide saber de ópera y poesía. Ser novelista no es obstáculo para interesarse en la robótica y la botánica. Hay abogados que son expertos en teatro y química, y agricultores que entiendan de arqueología.

Sin desdeñar el ejercicio ni los deportes pues, ya dije, somos intelecto, sensibilidad e imaginación, pero también somos cuerpo, y también el cuerpo necesita ser cultivado. Y no olvidemos que la vida es corta. No vale la pena perder tiempo en lo mediocre; hace falta ir a lo esencial.


Muchas veces pensamos con el cuerpo. Traducimos en acciones una serie de imágenes mentales. De puntas en la orilla de la plataforma de diez metros, el clavadista extiende los brazos y se concentra. Está repasando intensamente las imágenes de lo que su cuerpo tiene que hacer. Cuando se desprende de la plataforma, los movimientos que ha mecanizado en los entrenamientos se producen uno tras otro en una secuencia vertiginosa. En el aire no hay tiempo para meditar. Eso se hizo antes, durante años de aprendizaje, cuando el cuerpo fue traduciendo en reflejos las evoluciones de cada figura en el aire. Lo mismo ocurre con la gente que danza. Diego Rivera decía que se había sentido realmente pintor el día en que sus manos comenzaron a moverse por ellas mismas, sin necesidad de que él conscientemente las dirigiera. 

Todos, cada día, cuando manejamos un automóvil, escribimos en la computadora, bailamos, repetimos muchos actos rutinarios sin decidirlos en forma consciente, actuamos así. Los cuerpos piensan y actúan por su cuenta.

Cuando pensamos de esta manera los resultados de nuestras acciones son en principio limitados: no llegan más allá de nuestro cuerpo y de la emoción que produzcan en quienes nos vean. Aunque no está de más tomar en cuenta lo que puede provocar, en millones de personas, en una nación entera, por ejemplo, el gol que decide una Copa del Mundo. O que asistir a un momento culminante puede decidir una vida. Como regalo en su sexto o séptimo cumpleaños, una madre de escasísimos recursos llevó a su hija a una función de ballet en el teatro más importante de la ciudad. Deslumbrada por los mármoles y las luces y la orquesta, pero mucho más por lo que había visto hacer a las bailarinas, la niña resolvió dedicarse a ese arte. Le consagró la vida entera y llegó a ser una de las más célebres ejecutantes de ballet clásico que hayan existido. Se llamaba Ana Pavlova.


Las consecuencias de las palabras son más trascendentes. Imaginen que algunos de nosotros nos reunimos en un café. Alguien pide crema, azúcar, una pieza de pan. Imaginen lo que provocan esas palabras. Lo que ha hecho falta para que el mesero cumpla con el pedido. Los miles de hombres y mujeres cuyo trabajo ha sido necesario para cultivar, procesar, distribuir y vender el café, el azúcar, el trigo; para criar y ordeñar las vacas; para fabricar la crema… La orden que hicimos puso en movimiento una multitud de campesinos, obreros, vaqueros, contadores, choferes, comerciantes, publicistas… Es como un conjuro.

Imaginen las consecuencias, muchísimo más amplias y graves, que tienen las palabras con que se piensa y se ordena –ya dije que pensar es siempre un proyecto para actuar– cerrar una fábrica, aumentar o reducir el precio del petróleo, desencadenar una guerra… O abrir una escuela, construir una presa, fundar una empresa… No nos sorprenda que se atribuya a las palabras un poder mágico. Decir ábrete sésamo abría la cueva de Alí Babá; la palabra de los dioses da forma a la Creación.


Atisbos

Agua

Te miro caminar. Firme, cimbreante, pausada. Desnuda como la noche. Todo lo aquietas. Todo lo vas cubriendo de hierba, de arbustos, de flores. Te miro avanzar atenta a una voz que no escucho. Te miro llegar al lago. Te miro entrar al agua espesa, oscura, dormida. Adelantarte entre los carrizos sin volverte. Te miro desaparecer.


Líneas sueltas

La Luna estaba tonta: ¡se la llevó el río! 

Esa noche las estrellas cambiaron de lugar.

La vida es el misterio.

Si te gustó, ¡compártelo!