Del lenguaje

Una segunda lengua

La escritura alfabética es la representación gráfica de la voz, ya suene, ya transcurra en silencio, en nuestro interior. Es la manera de objetivar, fuera de nosotros, palabras que digan lo que sentimos, pensamos, creemos, sabemos, tememos, esperamos… Es un puente de ida y vuelta con los demás. O con nosotros mismos, pues al escribir nos desdoblamos: somos nuestro yo, y somos otros que están con lo que dicen allí afuera, en papel, en la pantalla de la computadora, en cualquier otro soporte, y podemos dialogar. 

La escritura no es una mera traslación del habla a lo escrito. En realidad, constituye –con la lectura, que es su propósito– una segunda lengua que hace falta aprender. 

Escritor es quien se atreve a externar y a fijar en palabras sus certezas y sus fantasmas. Lector es quien busca, con todas sus potencias, comprender el texto al que se enfrenta –sin comprensión no hay lectura–. Es crucial saber cuándo no entendemos. 

No basta con que la gente conozca el valor fonético de los signos que empleamos para escribir; no basta con alfabetizarla. Entender lo que leemos y escribir con claridad y corrección deberían ser los propósitos de la educación básica; son derechos a los que nadie tiene por qué renunciar. En nuestra sociedad, todos deberíamos ejercerlos.


El arte de escribir

Esclavos abyectos y sumisos

La literatura ha sido siempre perseguida. Hay gente que no puede admitir una actividad que carece de fines prácticos y cuyos únicos propósitos son crear belleza e indagar sobre los conflictos de los seres humanos. Bajo múltiples formas, del paredón a los impuestos y las trabas laborales, la persecución persiste.

No existe, por supuesto, ni hace falta, una justificación pragmática de la literatura.

Siempre –dice Rosario Castellanos, en Mujer que sabe latín– me he preguntado qué es lo que impulsa a una persona, en pleno uso de sus facultades mentales, satisfecha de la vida, feliz y equilibrada, a leer. A leer libros de imaginación, aventuras ficticias, por supuesto. Porque lo otro es muy fácil de contestar: busca los conocimientos de los que carece, la información que le exigen en la escuela, en el trabajo, en el trato social. Es una actitud utilitaria que no necesita ser explicada. En cambio, la otra… 

Sin embargo, ninguna otra clase de libros tiene la permanencia, a veces milenaria, de las obras literarias, ni puede ofrecernos el conocimiento del mundo y de la vida que nos dan las obras de imaginación, ni se lee con el arrebato que éstas producen. Cuenta Sergio Pitol, en De la realidad a la literatura:

Treinta años después, cuando estaba en Moscú, durante la segunda lectura, me resultaba a veces difícil sumergirme en aquellas intensas profundidades. Pero, como en la lectura de adolescencia, no podía dejar el libro. Estuviera donde estuviera, el despacho, una fiesta, un concierto, lo único que deseaba era regresar a mi casa a continuar La guerra y la paz.

Porque promueve la disidencia, la crítica, la defensa de la libertad y la justicia, el pensamiento utópico, la gran literatura no se lleva bien con la autoridad –y viceversa–. El prejuicio contra lo literario y contra los lectores es una consecuencia del pavor que tiene el poder –el de un padre, una maestra, un obispo, un gobierno– frente a quienes se atreven a explorar su conciencia, buscar sus propios caminos y expresarse con libertad. En su revista, El Renacimiento, Altamirano lo condenó con vehemencia:

Sólo aquéllos que no pueden asentar su dominio de pillaje y de crímenes sino sobre el embrutecimiento de los hombres, ponen todo su empeño en mantener la barbarie en las desdichadas regiones en que viven, porque saben muy bien que no podrían dominar sino a hombres de quienes la ignorancia hubiese hecho de antemano esclavos abyectos y sumisos.

Felipe Garrido, Para leerte mejor.
Paidós, México, 2014


Atisbos

Te amo

por Guillermo Samperio

–¿En verdad me amas? –repuso la mujer linda, entornando sus ojos grises.

El adolescente la miró con profundidad, enternecido y nervioso; con un ligero temblor de labios buscó las palabras exactas en la humedad de su boca.

–Es  la primera vez que digo que amo.

La mujer sonrió, ladeó la cabeza e hizo volar apenas su precioso cabello corto. Vio al joven que encaraba su sentimiento más íntimo, recargado con naturalidad en un árbol del parque del atardecer. Ella se desabotonó la blusa larga y el brasier de mallita, brotaron los senos firmes y tersos; el hombre los miraba tierna, cálida, temerosamente. Entregada al instante que vivía, la muchacha realizó una extraña maniobra con la muñeca, se formó un pliegue en la piel e introdujo la mano dentro de su pecho, hurgó tras las líneas horizontales del tórax, extrajo su corazón y se lo tendió al muchacho.

–¿En verdad me lo das? –dijo él.

–Yo también te amo –respondió ella, sin bajar el brazo.

El joven lo tomó, lo observó; de su bolsa de cuero sacó un pañuelo blanco para cubrirlo y lo guardó. Mientras tanto, ella volvía a vestirse; y sus ojos grises eran la neblina tierna de los amaneceres húmedos, eran la escritura amorosa del humo de cigarrillos sensuales, el misterioso pelo de un gato gris que mira desde el entresueño, eran el claroscuro del espíritu apasionado.

Envuelto por esa amplia mirada femenina, él abrazó a la muchacha, la besó, le revolvió el cabello que volvió a acomodarse con facilidad. La tomó de la cintura y caminaron por las calles y avenidas de la noche, reconciliados con ventanas encendidas y apagadas, con los postes y el rumor de la ciudad que se iba apagando.

En el zaguán de la casa de ella se daban el último beso; alumbrados de pronto por la luz eventual de un automóvil, él notó cierta palidez en el rostro de su novia. Intentando abrir su bolsa, expresó:

–Te lo devuelvo; póntelo…

–No es nada, no te preocupes, está mejor contigo –explicó ella–. Después de que te vayas, me acostaré y voy a soñar tranquila; voy a soñar en los atardeceres que nos faltan por amarnos, en tus ojos cafés, en las barcas grises con que navegaremos la dicha, las nubes, el júbilo; ¿ves? Anda, ve a descansar. Tú me amas y yo te amo. Así están bien las cosas.

Ágil, la mujer linda se perdió tras una puerta roja de madera y el muchacho se quedó con esa imagen reverberándole en el cuerpo como si una bella y justa fotografía se grabara en su piel. Marchó hacia su casa creando un camino nuevo para andar por una ciudad nocturna recién inventada.

En la soledad de su cuarto, puesta su piyama vieja de caballos azules, abrió la bolsa de cuero, sacó el corazón, lo desenvolvió. Lo tuvo entre las manos, mirándolo sin saber qué pensar; sus manos recibían la vívida voz de las corazonadas y se entabló un diálogo de ternura y pieles conmovidas, de sensaciones nunca antes experimentadas. Una emoción, entre dolorosa y cálida, brotaba de su cuerpo en todas direcciones: supo entonces que el amor era más grande que su cuerpo y que podía ser una fuente inagotable. En ese momento el joven se amó a sí mismo, quiso a sus zapatos medio chuecos que lo observaban al pie de las barbas de la colcha que lamían el piso; amó sus libros y cuadernos, adoró las paredes de su cuarto, los banderines y la fotografía de su equipo. Quiso a su piyama. El muchacho lloró serenamente y besó el corazón una y otra vez.

Limpió sus lágrimas y se sacudió la nariz; puso bajo la almohada aquel trozo fundamental, apagó la luz, se recostó, se durmió. Y soñó que andaba bajo un crepúsculo gris en el que, al atravesar una delgada pared de niebla veía venir a una mujer que lo llamaba. Allí, entre las sábanas del alto sueño, se tomaron los cuerpos, los acariciaron, desvistieron, movieron, friccionaron, penetraron, revolcaron, contorsionaron, sudaron, desvanecieron, reposaron y durmieron, soñando que se encontraban en la bruma y se amaban y dormían y soñaban que se amaban que dormían que soñaban que se amaban que dormían, ssshhh, ssshhh, ssshhh.


Líneas sueltas

Palíndromos

por Gilberto Prado Galán

¿Yo soy ése? Ése yo soy.

Otro banal plan abortó

¿Amar? Deseo ese drama.

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