Del lenguaje

Las güeras de Kino

En 2001 apareció Los confines de la cristiandad. Una biografía de Eusebio Francisco Kino S:J: Misionero y explorador de Baja California y la Pimería Alta, con prólogo y apéndice bibliográfico de Gabriel Gómez Padilla, publicado por las Universidades de Sonora, Autónoma de Baja California, Colima y Guadalajara, más El Colegio de Sinaloa, bajo el sello editorial de México Desconocido. La tradución es mía. En un apartado que titulé “Del traductor” expliqué lo que sigue:

Para escribir su obra, Bolton aprovechó una gran cantidad de textos escritos en italiano, alemán, latín, y, sobre todo, español. En ciertos lugares, Rim of Christendom  o Los confines de la cristiandad, según traduje el título, es un collage de voces ajenas, sabiamente armado por Bolton, entre las cuales la más frecuente y la que ocupa un mayor espacio es la de Kino. Esta manera de trabajar tiene grandes ventajas: el biógrafo desaparece y son los personajes, con sus palabras, con su manera de hablar y su visión de los acontecimientos quienes viven frente a nosotros. Esta manera de trabajar tiene también enormes desventajas, al menos para el traductor. 

Las dificultades para trasladar una obra armada así son insuperables si no se tienen a la vista los documentos originales. No solamente porque bien se conoce el funesto efecto de intentar devolver a su lengua un texto que se toma traducido, sino porque, en este caso particular, muchas veces Bolton resume las citas de Kino, las funde o las simplifica con bastante liberalidad.

Desde un principio estuvo claro que para traducir Rim of Christendom yo necesitaba el auxilio de Gómez Padilla, por lo menos en tres sentidos: 1) como jesuita, podía precisar el lenguaje en lo referente a la orden; 2) como especialista en Kino, podía descubrir datos fuera de lugar; 3) sobre todo, podía facilitarme copias de los documentos –algunos no estaban a la mano  y conseguirlos me llevó quince años–. Además, Gabriel es  un amigo y trabajar con él, aún en los casos de discrepancias, ha sido un placer.

Tener a la vista los documentos permitió una labor de recuperación del lenguaje de Kino y sus contemporáneos, aun fuera del espacio de las citas, que da sabor al texto. Además, hizo posible traer a la traducción una multitud de rectificaciones, ampliaciones y modificaciones de las citas, por lo común sin llevarle la contra al autor si bien, por lo menos en una ocasión, fue imperioso enmendarle la plana. Estoy seguro de que, de vivir ahora, Bolton aprobaría esos retoques. Incluido el más atrevido, que a continuación describo.

Me refiero a una sección titulada en inglés “Quicksilver and blond women”, que ocupa las páginas 371 a 375 de la edición de 1960 (Russell and Russell, Nueva York) que utilice para traducir. Contra lo que parecería obvio, no convertí este título en “Rubias y azogue”, sino en “Azogue y hombres blancos”. Ya veremos porqué.

Bolton cuenta allí cómo Kino, en 1697, durante una entrada que hizo  en compañía  de los capitanes Cristóbal Bernal  y Juan Mateo Manje, encontró en una ranchería de los pimas sobaipuris que él llamó San Andrés, en las márgenes del río Gila, a un indio “todo pintado de embije –escribió Manje–, muy encarnado, que parecía bermellón o almagre finísimo”. Lector de Agrícola, Manje vio en esto un indicio de mercurio, metal tan raro como útil para el beneficio de la plata. El temor a los apaches disuadió a los expedicionarios, que eran pocos, de ir en busca de la mina, pero no les impidió conocer otra historia que traían los naturales: de vez en cuando llegaban al Río Colorado unos hombres blancos a caballo, en compañía de unas rubias.

Transcribo el párrafo de Bolton, con la traducción correspondiente, basada en el diario de Bernal:

Bernal’s account gives an added touch of human Interest. “Likewise, the Indian said that white men come on horseback and saddles, with their blond women, and that they make war upon the people farther inland. When he was asked how white these strangers were, he replied, pointing to Juan Bernal, that their color and hair Were like his.” This story gave the fellows something to talk about for days to come, for in México even today the sight of a fair-haired woman –una huera– sets all the male sex aflutter.

El relato de Bernal añade un toque extra de interés humano. “También dijo dicho indio que vienen unos hombres blancos a caballo en sillas y con sus güeras, y que éstos dan guerra a la gente de más adentro, y preguntándole qué tan blancos eran los dichos hombres, dijo, señalando a Juan Xermán –no Bernal–, que de aquel blanco y pelo eran.” Esta historia dio a los muchachos de qué hablar en los días siguientes, pues en México, aún hoy en día, la vista de una rubia conmociona a todos los miembros del sexo masculino.

Ésta es la lectura que Bolton hace del diario de Bernal. Lo de las güeras naturalmente llamó su atención, y de ahí su comentario sobre “una huera”, como él equivocadamente la llama. Lo que, curiosamente, no llamó la atención de Bolton –aunque a mí me puso sobre aviso– es que en ningún lugar, nunca, ningún otro estudioso hubiera reparado en estas güeras; tampoco que Manje, ni Bernal, ni Kino –se conservan los diarios que los tres llevaron– se mostraran interesados en estas mujeres.

La explicación llegó en cuanto tuve a la vista una copia facsimilar del texto de Bernal. Bolton leyó mal; entendió mal. Don Cristóbal Bernal no escribió güeras, con g, sino qüeras, con q. Así el sentido del texto no tiene por qué sorprender a nadie: “Unos hombres blancos a caballo en sillas y con sus qüeras”; esto es, con las armaduras de cuero que protegían a los caballos. Es fácil comprender que el comentario de Bolton sobre la manera en que los mexicanos las prefieren rubias haya quedado –a medias, pues aquí se incluye– fuera de la traducción.

Lástima. A mí me seducían más las güeras. Tuve que dejarlas fuera:

El relato de Bernal añade un toque de interés humano. “También dijo dicho indio que vienen unos hombres blancos a caballo en sillas y con sus cueras, y que éstos dan guerra a la gente de más adentro, y preguntándole que qué tan blancos eran los dichos hombres, dijo, señalando a Juan Xermán, que de aquel blanco y pelo eran.”


El arte de escribir

Palabras de todos los días

Dice Juan de Mairena a uno de sus discípulos:

–Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.”
El alumno escribe lo que se le dicta.
–Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle.”
Mairena: –No está mal.
[Antonio Machado, Juan de Mairena. Biblioteca clásica y contemporánea. Losada, Buenos Aires, cuarta edición, 1968.]

La poesía no está en las palabras rebuscadas. La poesía está en las palabras de todos los días.


Atisbos

Ven conmigo

El abuelo está sentado frente a la casa, en medio del jardín. Muy derecho en la silla de palo; con la pierna cruzada, las manos entrelazadas en la rodilla, el cigarro entre los dedos. Lleva un traje oscuro, corbata a rayas, pañuelo en el bolsillo, botines y bastón. A sus pies duerme un perro blanco; no sé cómo se llama.

–Ven conmigo –vuelve a decirme y me mira burlón. El abuelo es calvo; tiene las cejar grandes, y las orejas, y la nariz.

–Hey, ven acá –insiste sin mover los labios.

–¿No me oyes? –pregunta, como si fuera a enojarse, pero él sabe bien que no quiero oírlo. No quiero hacerle caso. Me quedo quieto, de pie, sin respirar. Camino hacia atrás, paso a pasito, buscando la puerta, sin quitar la vista de la foto que cuelga de la pared.


Líneas sueltas

El desierto, un cielo sin nubes, el mar: tres imágenes de la eternidad.

Despuntó la aurora siguiendo las letras de tu nombre.

Los hombres y las mujeres están hechos de tierra y maíz.

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