Del lenguaje

Una lengua periférica 4/8

Viene de 3/8

El gobierno franquista impidió que los miembros de la Real Academia Española (RAE) asistieran al Primer Congreso Internacional de las Academias de la Lengua Española, convocado por México e idea de su presidente, Miguel Alemán. Sin embargo, la reunión se inauguró, como estaba previsto, el 23 de abril de 1951, en el Palacio de las Bellas Artes. Hablaron el presidente Alemán, el director de la Academia Mexicana y el jefe de la delegación colombiana. Alemán subrayó la necesidad de atender el español de América. Quijano lamentó la ausencia de la RAE, y aseguró que el Congreso trabajaría para que “adquiera creciente vigor y precisión y gracia nuestra lengua, a fin de que la mente que piensa en español pueda expresarse en buen español”. Pero ¿quién debía decidir cuál era ese buen español? 

El jefe de la delegación colombiana, el padre Restrepo, dijo que la finalidad del Congreso era “velar porque este tesoro común que es la lengua madre, se conserve incólume y se transmita limpio y puro de generación en generación”. Era inevitable que en diversas regiones “prevalezcan ciertas desviaciones de la lengua común” y aceptó “que así se hable en la intimidad del hogar”, pero exigió que, en la cátedra, en la tribuna, en las reuniones públicas, en oficinas y almacenes, prevaleciera “una pronunciación más esmerada”, que se aprendería en la escuela y que podría llamarse “castellano literario, a diferencia del castellano popular”. La radio y el cinematógrafo contribuirían a lograr eso que salvaría al español: una misma pronunciación para todo el continente, diversa de la española sólo por el seseo, “que nos es ya connatural”.

Ese mismo día, después de la ceremonia, en la sesión ordinaria de la Academia, Alemán fue elegido académico, por aclamación. Los congresistas fueron agasajados con un banquete en el Casino Militar del Campo Marte. En el discurso, Nemesio García Naranjo resaltó:

Queríamos un hispanismo congruente y lógico, un hispanismo integral y dirigido por la Madre Patria. ¿Que eso no fue posible? Pues entonces, lo único que procede es lo que estamos intentando: un hispanismo gobernado por nosotros mismos. Provisionalmente, se entiende, pues ni la Academia Mexicana ni las otras […] han pensado por un momento, desconocer la autoridad de la española.

Sus palabras fueron bien recibidas por muchos delegados. Otros juzgaron que había llegado el momento en que las academias hispanoamericanas fueran autónomas de la española. El cuarto día del Congreso, Guzmán propuso que las academias de América rompieran los lazos que tenían con la RAE, se reorganizaran y, después, ya pares de la española, acordaran un pacto entre todas. 

Votaron en contra de Guzmán todas las delegaciones excepto cuatro, que pidieron que la propuesta fuera más discutida: Uruguay, Panamá, Guatemala y Paraguay. Filipinas se abstuvo. Aunque sus delegaciones se habían declarado en contra, un chileno y un colombiano –Augusto Iglesias Mascaregno y Germán Arciniegas– emitieron sendos votos personales en favor de la autonomía de las academias. 

Guzmán consideraba que la ausencia de la RAE, tras haber aceptado la invitación, no debía dejarse pasar sin protesta. No imponer esa sanción simbólica que significaba el romper relaciones con ella iría contra el decoro de México. 

El asunto era espinoso y la Academia se reunió para discutirlo. Hubo 17 votos en contra de Guzmán; dos en favor y una abstención. Alemán hizo saber, al través de Romero, que no era conveniente comprometer la unidad del Congreso con una iniciativa que no respondía al sentir de todas las delegaciones; sugirió que la Academia Mexicana propusiera la creación de una Comisión Permanente, con sede en México, que representara a las academias y tuviera contacto con la española. El gobierno mexicano cubriría los gastos e invitaría de nueva cuenta a la RAE. Guzmán consideró que si los españoles enviaban a un representante el incidente podría olvidarse. 

La lucha entre quienes creían que el control del idioma debía conservarlo la RAE y los que proponían una asociación de academias autónomas se prolongó durante todo el Congreso. El líder de la facción autonomista fue Martín Luis Guzmán, de quien, dijo Juan Bruce-Novoa, en Zacatecas: “su meta no era la desintegración del mundo hispano”, sino la unidad “ajustada a la realidad moderna”. 

Martín Luis Guzmán y Germán Arciniegas apoyaron la idea de que las academias hispanoamericanas, al través de la Comisión Permanente, produjeran un diccionario del español. En contra de ellos, el chileno Augusto Iglesias Mascaregno, y el filipino Arsenio N. Luz, exigieron que el único Diccionario continuara siendo el DRAE, que las academias correspondientes alimentaban con sus sugerencias. Alberto María Carreño, de México, opinó que el DRAE incluía multitud de americanismos y que si no tenía más era porque las academias no los enviaban. De paso, refutó a Arciniegas quien en un pleno había dicho que muchas veces era más práctico el Webster’s que el DRAE.

Guzmán expuso que hacía falta un dique que contuviera la desintegración del español por la influencia de otros idiomas, y que esa barrera no podía ser el DRAE, porque era necesario ver el problema con una perspectiva más amplia, que sólo desde América podía tenerse. Limitarse a proponer enmiendas a ese diccionario era indigno de académicos. 

Rubén Vargas Ugarte se apresuró a contradecirlo: la Academia Peruana no podía aceptar que se elaborara un diccionario académico distinto al de la Real Academia. Por otra parte, dijo —y en eso tenía absoluta razón— que la RAE disponía de un considerable material lexicográfico que no era posible improvisar, ni convenía duplicar.

David Vela, de la academia guatemalteca, opinó que el DRAE no respondía a las formas de vida en América. Si de veras las academias americanas no eran capaces de hacer un diccionario, que se disolvieran el Congreso y las academias; que la RAE trabajara sola. No se trataba meramente de agregar voces al diccionario, sino de incorporarle un poco de la vida americana. El nuevo diccionario sería la mejor manera de hacerlo. Además, ese nuevo diccionario no tenía por qué ser motivo de alarma: ya existían otros, y el DRAE sería siempre una fuente de consulta. 

A Castro Leal le parecía muy bien que la Comisión Permanente encabezara el trabajo de un nuevo diccionario, y que la RAE trabajara con ella. Hizo notar que el español se estaba haciendo en las revistas, los subtítulos en las películas, la radio… El que registraran las academias habría de servirle también a España. Nadie pensaba en alejarse de la Academia Española, sino en proponerle una colaboración más eficaz. 

Max Henríquez Ureña, de la Academia Dominicana, afirmó que el DRAE, por una necesidad de método y prudencia, tenía limitaciones. El que se proyectaba sería “vivo”, estaría “en movimiento”, sujeto a la marcha del idioma. Pero no pretendía provocar un cisma; se trataba de una obra paralela a la de la RAE. Mucho ganarían las academias si hubiera varios buenos diccionarios. 

Guzmán negó que el proyecto amenazara la unidad del idioma; al contrario, tendía a defenderla. Si los representantes de la RAE hubieran asistido al Congreso, no habrían visto mal que se encomendara preparar un diccionario a una Comisión Permanente, de la cual ellos formaran parte. Esta intervención provocó en la asamblea tal desorden que hizo necesaria la intervención de la Mesa Directiva. Guzmán dijo entonces que, si esa propuesta no era aprobada, el Congreso no lograría dejar una huella perdurable, lo que volvió a encender los ánimos. La propuesta fue desechada por once votos en contra y seis votos a favor. 

Mientras tanto, el gobierno de México reiteró el compromiso de auspiciar la Comisión Permanente, y propuso que se invitara a la RAE para que nombrara un delegado que formara parte de ella. El Congreso aceptó el ofrecimiento y acordó que las academias solicitaran la ayuda pecuniaria de los gobiernos de sus países para el futuro sostenimiento de la Comisión. 

Sigue en 5/8


El arte de escribir

La importancia del cómo / Vicente Leñero, Lotería

Toda mi generación le debe [a Juan José Arreola] la suerte de haberse dejado inocular por el gusto de trabajar un texto hasta el detalle, de descubrir que lo importante para cualquier autor es encontrar un cómo: cómo decir lo que a mí se me antoja decir, sea lo que sea… el tema es lo de menos. No recuerdo haber oído jamás a Juan José objetar un argumento narrativo, o una posición ideológica, o un contenido político. Tampoco lo recuerdo estimulándonos a cambiar la realidad a golpes de palabra. Sí lo recuerdo, y no lo olvidaré ya nunca, señalándome errores de intención, de tono, de sintaxis. Él estaba en el cómo y con el cómo: siempre ahí: en el cómo escribir el qué de cada quien.

Se alzaba Arreola en el taller con su cuello de ganso, su cabello rizado que siempre sospeché peluca, sus manos de pianista agitadas al aire como si fueran ramas. Se alzaba y recitaba y cantaba y actuaba.

Y uno aprendía por el contagio, ya lo dije: con unas ganas urgentes de alcanzar esa misma pasión por la palabra escrita que yo traduje de él: de él primero y antes que de nadie: de él.


Atisbos

Ojos cerrados

Cierro los ojos y las escucho. Vienen de todas partes. Agitan los cuerpos diminutos. Pasan por debajo de las puertas, por las junturas de las ventanas cerradas, por la coladera que hay en el baño. Aparecen bajo la alfombra, en los cajones entreabiertos. Salen de los libros que hay en la mesa, de los cuadros, de los espejos, de la televisión.

Las escucho en las sombras. Siento cómo le ponen sitio a la cama, cómo inician el asalto trepando por las cobijas, cómo se deslizan bajo las sábanas, cómo ocupan mi cuerpo, piernas arriba. 

Entonces las reconozco. Las hormigas vienen de ti.


Líneas sueltas

Hay vientos indecisos: no saben para dónde soplar.

Una buena memoria sabe qué le conviene olvidar.

Un analfabeto no puede escribirte, pero puede dictarte.

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