Del lenguaje

Para conocer a Carballo 3/3

Entre guerras y enfermedades

Un capítulo de Nada es igual, de Emmanuel Carballo

Por temor a perderme, mi madre acortaba cada vez que podía el cordón umbilical. Como clásico hijo único fui un niño introvertido, celoso y dado a la fantasía, de pasiones obstinadas y mal educado. Una o dos veces por semana se inflamaban mis anginas. Cuando los remedios caseros no conseguían aliviarme, mamá llamaba al médico.

Esa noche, el doctor Juan Pablo Guzmán Alemán me revisó la garganta con gran esfuerzo porque me revolvía en la cama como un energúmeno. Al concluir el examen le dijo a mi madre: “Este niño padece dos enfermedades: una amigdalitis que yo le puedo curar y una mala educación que sólo usted puede corregir”. Nunca sané de ninguno de los dos padecimientos.

Una tarde nos encontrábamos mamá y yo asomado a una de las ventanas mirando pasar la vida que, en Guadalajara, por esos años, transcurría muy lentamente. Por la calle empedrada desfilaban cada hora cinco o seis personas y uno que otro automóvil. Eso sí, las bicicletas se cruzaban como serpientes enfurecidas. De pronto, en la casa de enfrente se abrió la ventana y aparecieron una señora y su hijo, amigo mío de todos los días. Me quedé contemplando al niño y le dije: “Paco, qué feo eres, te pareces a tu mamá”. La señora de la acera opuesta, desconcertada, molesta, cerró la ventana y a partir de ese momento la familia Ponce y la familia Carballo no volvieron a dirigirse la palabra.

Desde pequeño he tenido una rara habilidad para deshacer amistades y decir, sin inmutarme, lo primero que se me ocurre. Así como existe la escritura automática, yo siempre he practicado, ahora me doy cuenta, el lenguaje oral automático: el más elemental y auténtico de todos los lenguajes.

Con mis primos, hijos de las hermanas de mamá, compartí las vivencias y las experiencias más jugosas de mi infancia. Claudia, la mayor de las mujeres, merece mención aparte.

La admiraba por mala, porque era mala a todas horas, con y sin motivo. Mis primos y yo creíamos que tenía el demonio adentro. Se revolcaba en el piso entre gritos y quejidos, le salía espuma por la boca, se despeinaba adrede el cabello. Su mamá aparecía de pronto para ver qué pasaba. Claudia muy seria afirmaba que la habíamos golpeado y no era verdad. Nos castigaban a nosotros y ella se retiraba del lugar del martirio intacta y satisfecha. Para Claudia decir mentiras era su manera natural de expresarse. Inteligente y despierta, como muchas de las mujeres sobresalientes de mi edad, no encontró fácilmente su camino en la vida. Ella y yo redactábamos comedias y las difundíamos, junto con el resto de mis primos, a través de una estación de radio que nosotros construimos y, por supuesto, sólo nosotros escuchábamos.

La Guerra Civil española comenzó cuando yo tenía siete años, y como pude seguí las crueldades a veces refinadas y a veces sórdidas cometidas por los dos bandos. Los parientes de mi padre eran de convicciones franquistas. En la sala de su casa, desde una foto de tamaño natural el Generalísimo Francisco Franco presidía las tertulias. A pesar de que fungían como mis tutores oficiosos, fui inmune a su utilitarismo (que se refugiaba en el agio) y a su pensamiento retrógrado. Yo me reconocía en la estrategia de los anarquistas. (Aún recuerdo el final de una de sus proclamas: “Nadie está obligado a obedecer a nadie. Ni esta proclama obliga.”) Mis simpatías políticas motivaron frecuentes disputas con mis primos de la rama paterna. La caída de Madrid y Barcelona, la derrota final de los republicanos, me produjeron una larga pesadumbre.

Del 39 al 45, durante la segunda Guerra Mundial, esos mismos primos fueron partidarios de los nazis y yo de los aliados. La derrota de Hitler constituyó la primera victoria de mis convicciones. La primera y no la última. En 1949 me entusiasmó el triunfo de Mao y diez años más tarde el de Fidel y sus barbudos.

Las victorias, lo comprobé muchos años después, las cobra caro la historia: los héroes de ayer suelen ser fatalmente los tiranos de hoy. Entendido así el fluir del tiempo, lo más correcto sería formar entre los partidarios del inmovilismo. No estoy de acuerdo. Las piedras no deben detenerse; si lo hacen crean moho. De cualquier manera, la razón está de nuestro lado sólo por unos cuantos años; después se traslada al campamento de nuestros enemigos y se vuelve nuestra adversaria.

El arte de escribir

Dice Guillermo Samperio

La escritura poética acaso sea lo mejor de mí porque tal vez se parece a mi sonrisa ladeada, a esa manera de caminar por las nocturnas avenidas de la ciudad, porque tiene similar fisonomía a la de mis zapatos viejos al lado de la cama, o a mi manera de cruzar la pierna para leer libros que en verdad valen la pena, por la forma en que le paso la mano al cabello de mis hijos, o porque se me olvidan tantas cosas, me tropiezo con lo no tropezable y la distracción me lleva a reuniones que se celebraron semanas antes, porque escribo como degusto un jugo de naranja y corto la pieza de pollo, o porque es la misma manera en que aspiro cigarros y la forma en que lanzo su humo que escribe, clandestino, poemas chinos que nadie leerá al salir por la rendija de la ventana y que sólo entenderá el aire con anteojos invisibles que pasa por la calle donde una jacaranda y una bugambilia son más estéticas, desde luego, que cualquiera de las imágenes de este intento de poética, de la cual abomino como repudio todas las poéticas que, desde la antigüedad, la soberbia culinaria ha llevado a tantos letrados y cómicos a escribir en temblorosa prosa o sentidos poemas, mientras los armadillos se aman con sencillez en el claro del bosque.

Atisbos

Ojos abiertos

Felipe Garrido

Abro los ojos a una oscuridad mayor que la del sueño. Apilo las almohadas. Apoyo en ellas la nuca, parte de la espalda. La llama del encendedor me ciega. Luego vuelve a ser la noche absoluta. Luego fumo. Luego hay una claridad levísima que va creciendo desde la punta del cigarro. Entonces la veo.

Está desnuda, de pie, al otro lado de la cama. Me mira, lo sé, aunque la luz que la forma no alcanza a dibujarle los ojos. Sí que ha estado allí toda la noche. Alargo un brazo y ella se aleja esa misma distancia, sin perturbar el silencio. Lo dejo caer y ella vuelve a aproximarse.

Si la brasa se oscurece, ella amenaza con desaparecer. Si vuelvo a fumar, ella resplandece. Si fumo, el cigarro se acorta.

Líneas sueltas

Nos cautiva la poesía que hace nuestras las vivencias del poeta.

La razón está siempre con alguna minoría.

El ser humano es un animal jactancioso.

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