Del lenguaje

Memoria

La mañana era tan luminosa que dolía en los ojos –y no era eso lo más doloroso–. Había llovido, o así lo recuerdo, porque en mi memoria aquel momento trasciende a nardos y a humedad. La habitación, en la planta alta, espaciosa, toda maderas y lienzos claros; pocos libros –arrinconados, un mueble curiosamente pequeño–; bugambilias y jacarandas en la enorme ventana que se abría a la calle de Córdoba –estábamos en Zapopan–, esfumadas por una cortina sutilísima que moderaba la luz.

En la puerta Claudia y, en torno a la cama –alta, desnuda, utilitaria, de hospital–, Elsa Cross, José Luis Martínez y yo. La cabecera estaba alzada. Entre almohadas, una carita rubicunda de niño bien peinado, bien portado, extrañamente desdentado, una mirada inquieta, como perseguida.

–Es José Luis, papá; es Elsa, es Felipe; salúdalos.

Pero hacía tiempo que Juan José no podía hablar. Llevaba muchos meses enfermo. Fue la segunda, y la última, vez que lo vi durante esa paradójica condena que casi por completo lo privó de la palabra –de la vida– tres años antes de morir. Creo que esa mañana mi admirado y querido y tantas veces leído Arreola no podía reconocer a nadie –aunque Elsa tuvo la impresión de que había intentado llamarla–. En todo caso, no a nosotros, a José Luis ni a mí.

Que Arreola no supiera quién era yo no me sorprendía; hubo momentos de gran cercanía, pero nuestro trato no fue nunca tan continuado como yo hubiera querido. Me dolía que no se diera cuenta de que allí estaba José Luis: se conocieron cuando tenían cuatro años, en Zapotlán el Grande, y se hallaban allí, toda la vida después, en una despedida dispareja, Arreola tal vez sin conciencia de lo que pasaba; Martínez repitiendo su saludo, tan consternado que me parece que no tocó a su amigo. Yo tomé en las mías la mano izquierda de Juan José –era lo que más se parecía a darle un abrazo– mientras él volvía la cabeza a uno y otro lado y no dejaba quieta la mirada y temblaba, como con calosfríos. Digo que tal vez José Luis no quiso sentir el frío de los huesos de su amigo –seguro lo imaginaba– porque, mientras repetía “salúdalos, papá”, Claudia pasó del lado contrario al que yo ocupaba, entre la cama y José Luis, quien aprovechó el momento para decir que nos esperaba abajo –y Elsa tuvo la elegancia de acompañarlo–.

Una vez que ellos salieron, Claudia apretó las sábanas por debajo de los costados de su padre, como se arropa a una criatura, dejándole los brazos de fuera: “Anda, papá, saluda a Felipe”. Dirigiéndose a mí: “En la mañana le estuve leyendo”. Mientras le acomodaba un rizo: “Anda, papá, dile algo de Carlos”.

Esas palabras fueron un ensalmo: algo se le acomodó a Juan José por dentro; la mirada al frente, un aire sereno. Su boca sin dientes comenzó a farfullar –si yo no hubiera conocido el poema no habría sabido qué decía–: “Hermano Sol, cuando te plazca, vamos/ a colocar la tarde donde quieras”, sin parar, a la letra, barboteando las palabras, “y las hormigas, de tu luz raseras,/ moverán prodigiosos miligramos”, que nos traían a la memoria su cuento, hasta llegar al verso final: “Con las manos/ encendimos la estrella y como hermanos/ caminamos detrás de un hondo muro.”


El arte de escribir

Cambio de palabras

Lo recuerdo ahora, cuando los días son más cortos que las noches y estamos cada vez más lejos de la fecha –3 de diciembre de 2001– en que Juan José terminó de morir. Lo recuerdo porque he vuelto a leer algo que José Luis Martínez escribió sobre este episodio, en una reseña minuciosa y sabia, como acostumbró siempre, “Reaparición de Arreola”, que fue publicada en 2004, en el número correspondiente a junio, creo, de Letras Libres:

Cuando visitamos a Juan José enfermo, yo no conseguí que me dijera ni una palabra, pero un amigo me contó que le había recordado un soneto de Lope o de Pellicer, y que Juan José le cambió algunas palabras, pero sin romper la medida de los versos.

Lo del cambio de palabras “sin romper la medida de los versos”, como acostumbraba Arreola, tan deliciosamente arriesgado para citar de memoria, es otra historia –José Luis las mezcló; su memoria, como la mía y la de Juan José y me imagino que la de Elsa, y la de todos, de vez en cuando le jugaba bromas–. Arreola solía, como está dicho, citar de memoria, y no era raro que suprimiera algún verso, o que cambiara alguna palabra, y tampoco era infrecuente que al hacerlo mejorara el original.

Cito un caso comprobable: en “Tres días y un cenicero”, el último texto que Arreola escribió –Orso Arreola comparte esta opinión; luego se dedicó a decirlos–, el padre del narrador 

… después de repasar con ojos y manos el gran pedrusco de mármol verdinoso y ennegrecido, rayado de vetas blancas y doradas [la Venus encontrada en la laguna], lo coge por la cintura y lo levanta una cuarta del suelo mientras declama jadeante como un sátiro jovial: “Idolatría del peso femenino/ cesta ufana/ que levantamos por encima de la primera cana/ en la columna de nuestros felices brazos sacramentales… 

Versos de su idolatrado López Velarde, que Arreola retoca al citarlos, pues el texto de “Idolatría” dice: “Idolatría/ del peso femenino, cesta ufana/ que levantamos entre los rosales/ por encima de la primera cana,/ en la columna de nuestros felices/ brazos sacramentales.

Al menos para mí, suprimir entre los rosales es un acierto.


Atisbos

Vuelo histórico

Señoras y señores pasajeros, muy buenas tardes; desde la cabina de mando les habla su piloto, el capitán Ausencio Cruz y Gama, para informarles que, como ya lo habrán notado, nos encontramos en una zona de intensa turbulencia. Quiero informarles que están a bordo de un vuelo histórico, sin precedente, que marca una nueva etapa en la aviación. Gracias a los esfuerzos y los sacrificios de muchos hombres y mujeres, hemos logrado superar los viejos procedimientos autoritarios que por décadas imperaron en los viajes por el aire. Por primera vez en la historia serán ustedes mismos quienes decidan lo que debemos hacer. En un momento más, las señoritas sobrecargo van a repartirles un cuestionario que deben llenar para decidir qué maniobras habremos de ejecutar para llegar con bien a nuestro destino. Se les ruega que, antes de dar respuesta a las preguntas tomen la precaución de leer con cuidado el reglamento impreso en la parte final del cuestionario, de modo que cumplamos debidamente con la normatividad vigente y con los requerimientos de transparencia que exigen tanto el Comité de Decisiones como el de Siniestros.


Líneas sueltas

Mientras no intente escribirlo, tengo clarísimo lo que quiero decir.

Cada vez que podía lo sometía a las más duras pruebas, para demostrarle cuánto lo amaba.

La delató la boca, hinchada de besos. 

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