Del lenguaje

Una lengua periférica 3 / 8

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La idea de reunir en un congreso a todas las academias, y a todos los académicos de la lengua española, fue de Miguel Alemán, presidente de México de 1946 a 1952. No fue una idea aislada, sino parte de un ambicioso proyecto cultural que ocupó todo su régimen, desde la fundación del Instituto Nacional de Bellas Artes, en 1946, hasta la inauguración de la Ciudad Universitaria, de la UNAM, en 1952. Alemán sabía que la cultura da cohesión a un pueblo, que la educación es el mayor recurso de un país, y que el idioma debe ser preocupación prioritaria del Estado. Cuidar y promover la lengua de un pueblo, impulsar su circulación en libros y otras publicaciones, en la radio, el cine, la televisión y la Internet, lo hace más grande, más firme, más poderoso.

Al mediar el siglo xx, las circunstancias eran especialmente propicias para romper la hegemonía del centro –de España–. Como dijo Juan Bruce-Novoa en Zacatecas, en 1997, el mundo que siguió a la segunda Guerra Mundial marcaba, para unos, el momento de rearmar los viejos sistemas de los imperios coloniales; para otros, “la oportunidad de apropiarse de esas redes de control, al reubicar los centros de poder fuera de sus sedes tradicionales en la Europa Occidental”; para otros más, “la oportunidad –quizá la necesidad– de realizar el sueño de la autonomía de la periferia, dentro de una asociación libre de intereses comunes”.

En 1948, como parte de su proyecto cultural, el presidente Alemán consiguió –al través de su secretario de Educación Pública, Manuel Gual Vidal, y de su secretario de Relaciones Exteriores, Manuel Tello– que el español pasara a ser lengua de trabajo en la ONU, de la que era lengua oficial desde la fundación del organismo, en 1945. (España sería miembro de la ONU diez años después, en 1955.) Tras el inglés y el francés, el español fue la tercera lengua de trabajo; más tarde se añadirían las otras que son oficiales: el ruso (1968), el chino (1973) y el árabe (1982). 

Dos años después, en junio de 1950, el presidente Alemán hizo llegar a la Academia Mexicana de la Lengua una sugerencia encaminada a consolidar la importancia internacional del español. El día 14, José Rubén Romero leyó su discurso de ingreso a la Academia, en el Palacio de Bellas Artes. Tras haber escuchado la respuesta, de Alejandro Quijano, director de la Academia, Romero tomó de nuevo la palabra y leyó una nota del presidente de la República, presente en el acto. Miguel Alemán expresó su deseo de que, con su apoyo y patrocinio, se celebrara en México un congreso al que asistieran todos los miembros de todas las academias de la lengua española. 

Al presidente le interesaba fortalecer la posición del español, y de su país. El crecimiento del idioma era ya producto de la vitalidad no sólo de España, sino de América y las Filipinas. La unidad de la lengua era un bien invaluable. Decidir los límites de esa unidad ya no debía ser tarea exclusiva de los españoles. El español de América reclamaba su lugar en la lengua general. (En su discurso, el primero de los tres que hubo en la inauguración del Congreso, el año siguiente, el presidente dijo a los delegados: “Nadie mejor que vosotros, encargados de fijar, limpiar y dar esplendor a nuestro común idioma, puede saber hasta qué punto vuestra labor consistirá en manteneros atentos a las variaciones que, de región en región y de una época a otra, los pueblos –que poseen con derecho propio el castellano– le imponen modalidades, locuciones y giros diferentes y variadísimos. En estas transformaciones consiste el enriquecimiento de nuestro idioma”

La Academia acordó que el Congreso se inaugurara el 23 de abril del año siguiente, en homenaje a Cervantes, que falleció en ese día. En seguida se enviaron las invitaciones a las academias entonces existentes: Colombia, Ecuador, El Salvador, Venezuela, Chile, Perú, Guatemala, Costa Rica, Uruguay, Filipinas, Panamá, Cuba, Paraguay, Bolivia, Nicaragua, República Dominicana, Argentina y Honduras. 

Asunto aparte era la Real Academia Española (RAE). Alejandro Quijano, Genaro Fernández MacGregor y José Rubén Romero fueron a España, para invitar a los académicos españoles y someter a su consideración un proyecto del temario para la asamblea.

Llegaron a Madrid el 15 de octubre, y cuatro días después, a las siete y media de la tarde, en el Salón de Juntas de la RAE, Quijano leyó un mensaje, invitando a los académicos españoles, en nombre del presidente Alemán, a participar en el Congreso.

Ramón Menéndez Pidal, director de la RAE, aceptó la invitación, y el académico José María Pemán dijo en su discurso: “No creáis que sentimos celos porque esta iniciativa feliz y gloriosa venga de México […] acudiremos con amor y complacencia […] Iremos todos los que podamos”. El mensaje de la sesión académica fue retransmitido para la América española por Radio Nacional de España.

Para noviembre, el temario del Congreso había sido revisado y aprobado por la RAE; don Julio Casares, su secretario perpetuo, había redactado un proyecto de reglamento. En diversos medios –Novedades, ABC, Excélsior– se habían publicado los nombres de una veintena de académicos españoles que irían a México.

En ese punto, surgieron dificultades, aunque no académicas. El delegado mexicano a la ONU, don Luis Padilla Nervo, votó en contra de que se levantaran las sanciones que en 1946 se habían acordado contra España. Posteriormente, en Santiago de Chile, en una reunión del Consejo Económico y Social de la ONU, el delegado mexicano apoyó una proposición del delegado soviético contraria al gobierno español. En sus Estatutos, la RAE se definía como una corporación ajena a los intereses políticos. Pero ¿cómo puede quedar algo fuera de esa esfera que todo lo abarca? La posición de México en estos casos, y –más grave– el apoyo que brindaba al gobierno republicano en el exilio, tendría consecuencias.

El 30 de marzo, a menos de un mes de que se iniciara el Congreso, don Alejandro Quijano expuso en la sesión de la Academia que había recibido un telegrama y una carta de don Julio Casares: por “indicación de la Superioridad”, no sería posible que los académicos españoles viajaran a México.

(El 6 de abril, el ministro de Educación del gobierno franquista fundamentó ante la prensa aquella “indicación de la Superioridad”. Dijo que, por razones de patriotismo, la RAE había puesto como condición para acudir al Congreso que el gobierno mexicano manifestara “públicamente haber dado término a sus relaciones con el gobierno rojo y desconociese la representación diplomática [republicana] existente en México”. Como esa condición no fue atendida, “la RAE había decidido no acudir al referido Congreso de Academias”. Pero todo el mundo supo que tal ausencia no fue deseada por los académicos españoles ni por su corporación, sino forzada por la dictadura que en ese momento gobernaba España.) 

Nemesio García Naranjo propuso que se aplazara tres meses el Congreso. Genaro Fernández MacGregor, que se cancelara; le parecía irrealizable sin la presencia de la RAE. El presidente Alemán —explicó don Alejandro Quijano— desearía que el Congreso se celebrara como estaba previsto. Por catorce votos en favor y dos en contra, se decidió que el Congreso comenzaría en la fecha elegida. El 12 de abril llegó a México el primer delegado extranjero, el helenista panameño José de la Cruz Herrera. 

En la sesión del 18, el señor García Naranjo leyó a sus colegas el discurso que pronunciaría en el banquete que se serviría a los congresistas el día de la inauguración. Alberto María Carreño propuso que al referirse a la ausencia de la Real Academia Española, se suprimiera la expresión “de orden superior”. Pese a la oposición de don Martín Luis Guzmán, la sugerencia fue aceptada por ocho votos contra seis y una abstención. 

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El arte de escribir

Los modos del paisaje

Tres formas de aproximarse al paisaje distinguió hace más de medio siglo María del Carmen Millán (El paisaje en la poesía mexicana. UNAM, México, 1952): la descripción enumerativa, el cuadro estático y los cuadros animados. Las tres pueden verse en cualquiera de las novelas de ese gran cronista, escritor y soldado, como los de los Siglos de Oro, que fue Mariano Azuela. 

Tomo estos ejemplos de la más conocida de sus obras, Los de abajo. La descripción enumerativa nos informa sobre el aspecto de un escenario:

El cuartito se alumbraba por una mecha de sebo. En un rincón descansaban un yugo, un arado, un otate y otros aperos de labranza. Del techo pendían cuerdas sosteniendo un viejo molde de adobes, que servía de cama, y sobre mantas y desteñidas hilachas dormía un niño.

A partir de tales datos, el lector puede construir en su imaginación un cuadro; sabe cómo es un lugar; qué hay, cómo huele, qué ruidos, texturas y luz lo llenan. 

Más allá de enumerar objetos, de sugerir o señalar olores, sonidos y sensaciones visuales y táctiles, el cuadro estático brinda comparaciones y metáforas. El paisaje, visto con mayor intensidad, comienza a animarse:

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas; prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas; los pitahayos como dedos anquilosados de coloso; árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Y en la aridez de las peñas y de las ramas secas, albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca.

En los cuadros animados, el paisaje se convierte en “el reflejo directo de la vida humana”. Por analogía o por contraste, acompaña, ratifica, contradice o comenta las emociones de los protagonistas –o del propio autor–; las subraya, las matiza y brinda al lector la oportunidad de experimentarlas con mayor fuerza. Así en el capítulo final de Los de abajo, cuando las tropas de Demetrio Macías son sorprendidas en un barranco y, en una mañana radiante, rodeado por la armonía y el esplendor de la naturaleza, el guerrillero encuentra la muerte.

Era una verdadera mañana de nupcias. Había llovido la víspera toda la noche y el cielo amanecía entoldado de blancas nubes. Por la cima de la sierra trotaban potrillos brutos de crines alzadas y colas tensas, gallardos con la gallardía de los picachos que levantan su cabeza hasta besar las nubes.

Los soldados caminan por el abrupto peñascal contagiados de la alegría de la mañana. Nadie piensa en la artera bala que puede estarlo esperando más adelante. […]

Árboles, cactus y helechos, todo aparece acabado de lavar. Las rocas, que muestran su ocre como el orín de las viejas armaduras, vierten gruesas gotas de agua transparente.


El humo de la fusilería no acaba de extinguirse. Las cigarras entonan su canto imperturbable y misterioso; las palomas cantan con dulzura en las rinconadas de las rocas; ramonean apaciblemente las vacas.

La sierra está de gala; sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia.

Y al pie de una resquebrajadura enorme y suntuosa como pórtico de vieja catedral, Demetrio Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil…

Una cuarta categoría sería el paisaje sugerido. La autora no la incluye, quizá porque cuando escribió El paisaje en la poesía mexicana, era un recurso poco frecuente. Aquí bastan rasgos aislados para crear una atmósfera y dar a los lectores información bastante para conocer el ámbito en que transcurre la acción. Este paisaje sugerido, tan común en Rulfo o en Arreola, se encuentra ya en Azuela –adelantado siempre a su tiempo– como puede verse en estas líneas, también de Los de abajo:

La luna poblaba de sombras vagas la montaña.

En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer con su niño en los brazos.

O de Avanzada:

Árboles como borrones dentellados al filo de una línea luminosa del horizonte.

O de Mala yerba:

Bajo una franja perla de sol, tramontando la colina, asomó el reguero de vacas en retorno, como un puñado de patoles vivamente coloreados.

O de tantas otras…


Atisbos

Despertar

En la penumbra de la habitación, el hombre se reclinó sobre la mujer que había pasado la noche a su lado y la despertó besándola largamente en la boca, con los ojos cerrados. La sintió removerse en la cama, sorprendida y satisfecha; la escuchó gemir con un susurro apasionado; la abrazó con fuerza, buscando que el beso se prolongara tanto tiempo como fuera posible. Sin abrir los ojos reconstruyó en su deseo el esplendor de aquel cuerpo tantas veces amado. Finalmente se apartó. Abrió los ojos y le alisó la cabellera. La miró como si se asomara a un espejo. Vio en ella las canas, las arrugas, los ojos marchitos, la inextinguible pasión.


Líneas sueltas

Es posible sobrevivir, pero sólo por algún tiempo.

Una pesadilla es un adelanto del infierno.

El respeto excesivo es un estorbo para el amor.

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