Del lenguaje

La canción

Dice Manuel Martínez-Lage, en su traducción de Desgracia, de J.M. Coetzee, que David Lurie, protagonista de la novela:

Si bien diariamente dedica horas y horas a su nueva disciplina, la premisa elemental de ésta, tal como queda enunciada en el manual de Comunicaciones 101, se le antoja absurda: “La sociedad humana ha creado el lenguaje con la finalidad de que podamos comunicarnos unos a otros nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones”. Su opinión, por más que no la airee, es que el origen del habla radica en la canción, y el origen de la canción, en la necesidad de llenar por medio del sonido la inmensidad y el vacío del alma humana.

Estoy de acuerdo con Lurie: imaginar a la “sociedad humana” empeñada en crear el lenguaje para comunicarse, antes de tenerlo, es un dislate: ¿con qué medio podría hacerlo?

Me gusta que proponga la canción como su origen; me hace recordar los vagidos de los hijos y los nietos cuando quedaban abandonados en la cuna, brutalmente solos. Sus voces los acompañaban; eran la canción; satisfacían su “necesidad de llenar por medio del sonido la inmensidad y el vacío del alma humana”. 

Luego descubrieron que su canción provocaba que fueran atendidos. Comenzaron a emplearla para comunicarse. Fueron apropiándose el lenguaje.


El arte de escribir

En primera persona

Cada vez que voy a contar algo, recuerdo lo que Eraclio Zepeda me dijo una calurosa tarde de otoño en Villahermosa, en el I Encuentro Nacional de Cuenteros: 1986 u 87. 

Eraclio lo clausuraba, y el público no quería que se marchara. De manera que retomó la palabra por tercera o cuarta ocasión y siguió con aquella vez cuando voló en el Conquistador del Cielo, el avión en que Francisco Sarabia se mató, al despegar en Nueva York, rumbo a México –de ida había impuesto un nuevo récord: 10 horas 43 minutos–, y que hoy se ve a la entrada de Lerdo, donde nació el piloto, en La Laguna. 

Cuando murió Sarabia, el 7 de junio de 1939, Eraclio tenía dos años, dos meses y dieciséis días de edad. Su viaje en el Conquistador del Cielo había sido un año antes, de Tuxtla Gutiérrez a Palenque, o a la inversa –Sarabia tenía una compañía de aviación en el Sureste–. Lo relató con detalle. Aunque no lo creyéramos, nos dijo, recordaba no sólo el vuelo, que había hecho en brazos de su madre, sino cómo, en cierto momento, el piloto aviador le permitió tomar el timón y gobernar la nave.

–¿Cómo empezaste, Eraclio? ¿De dónde te vino la contadera? –alguien preguntó.

–Fue en la casa, hermanito. En las sobremesas. Éramos muchos. Alguien empezaba… y ahí íbamos los demás; hasta los chamacos. Todo se valía. Había una sola regla. Era de madera, medía un metro y la usaba una abuela para darle en la cabeza a quien preguntara si lo que acababan de decir era verdad. 

Ya íbamos de salida cuando Eraclio acercó un poco su cabeza a la mía, bajó la voz y me dijo:

–Mirá, hermanito Felipe, te voy a decir algo que vos debes saber. Hay cuentacuentos, hay cuentistas y hay cuenteros. El cuentacuentos cuenta lo que otros escribieron y muchas veces está más atento a sus gestos, sus saltos, la ropa que se pone, que a lo que cuenta. Está bien para una función escolar, una fiesta de niños. Los cuentistas escriben y publican y sus obras pueden llegar a miles de personas que nunca los han visto ni los verán. Los cuenteros contamos para un pequeño grupo, hasta donde la voz alcance. Cuando andes de cuentero acuérdate, hermano, que vos sos tu voz, y que los cuenteros hablamos en primera persona: eso no le sucedió a cualquiera… Me sucedió a mí, a mi abuela, a una novia que tuve… Yo lo vi, yo estaba allí, a mí me lo contó…

Así me lo dijo Eraclio, hace años, a la orilla de la Laguna de las Ilusiones, y luego nos fuimos, porque en el Parque-Museo de Pellicer ya atronaba la voz del jaguar y en el cielo de Villahermosa ya lucía la primera estrella.


Atisbos

Nocturno

–Hace tanto tiempo –me dijo al oído, jadeante todavía, y se acodó a mi lado, desnuda como el viento.

Sombras sobre sombras; una línea de luz en las caderas. Sus ojos brillaban en secreto. Comencé a besarle las axilas; bajé a mordiscos por el perfil de luna; me detuve en las corvas; la escuché suspirar.

–Sígueme soñando –le supliqué–. No vayas a despertar.


Líneas sueltas

Un único dios verdadero: el dinero.

Cada vez que decía adiós volvía a quedarse.

Porque te has muerto perderán las estrellas el camino.

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