Del lenguaje

Una lengua periférica 5 / 8

Viene de 4/8

Félix Restrepo, jefe de la delegación colombiana, había advertido, en el seno del Primer Congreso Internacional de Academias de la Lengua Española, en abril de 1951, que la unidad del idioma estaba amenazada por las diferencias fonéticas; era urgente fijar una pronunciación correcta y uniforme. Se propuso que el Congreso designara una Comisión de la que formara parte el filólogo español Tomás Navarro Tomás; que se recomendara a los gobiernos que en las normales los futuros maestros llevaran un curso de fonética y se les exigiera en las clases, lecturas y ejercicios una pronunciación correcta; asimismo que esa pronunciación se enseñara en las escuelas; y que los locutores la adoptaran con esmero para que sirvieran de modelo. 

El señor Guzmán consideró que nadie cambiaría por otra, en la escuela, la pronunciación materna. Seguiría habiendo diferencias entre habitantes de distintos países y de regiones diferentes. La resolución del señor Restrepo, sin embargo, se aprobó, salvo en lo tocante a los locutores: algunos delegados opinaron que invitar a las autoridades a vigilar la pronunciación de los locutores podría abrir la puerta a la censura.


Un duelo especialmente encarnizado surgió cuando Mejía Ricart, dominicano, sugirió que la Comisión Permanente redactara una gramática que fuera oficial en Hispanoamérica. Muchos delegados juzgaron que redactar una gramática era un trabajo individual; otros adujeron que en sus países la Gramática de la Real Academia era el texto oficial y que adoptar tal acuerdo los distanciaría de la RAE. La respuesta de Mejía Ricart fue agresiva: lamentaba que aún quedaran en América sedimentos de coloniaje cultural. “Hay –dijo– una verdadera conciencia subordinada en el Congreso.”

Carbonell, de la Academia Cubana, protestó dos veces. Mejía Ricart asentó que no hacía alusiones personales, que se refería “al alma colectiva” del Congreso. Afirmó que, cada vez que se había presentado una cuestión en que la asamblea podría obrar libremente, el Congreso la había evadido. No era posible que los delegados estuvieran siempre totalmente subordinados a la RAE. Los ánimos se caldearon lo suficiente para que Carbonell pidiera al presidente del pleno que pusiera orden. Finalmente, Max Henríquez Ureña declaró que la Academia Dominicana retiraba su proposición sobre la gramática, con lo cual, entre aplausos, terminó el incidente.

Martín Luis Guzmán afirmó que quizá existía en el Congreso una deformación “académico-correspondiente”: una “delectación morbosa en la subordinación, en la sumisión”. Contra eso era contra lo que él, y otros delegados, habían luchado. Entre protestas, continuó: el mal era tan viejo como la propia Academia Mexicana; y para probarlo, leyó unas líneas escritas en 1911 Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis Potosí: “El atractivo que ha tenido y conserva hasta la fecha la Academia Mexicana es el de ser Correspondiente de la Española, miembro de aquel cuerpo renombrado, rama de aquel árbol que tantos sabios ha producido”. 

Ese complejo –dijo Guzmán– se ha agravado con el tiempo. Hacía falta salvar al Congreso. La Comisión Permanente debía revisar los Estatutos que regían las relaciones entre la RAE y las otras academias, y proponer un nuevo proyecto que normara las relaciones entre las academias. Eso sería importante. Todo lo acordado antes, por respetable que fuera, no era importante. El espíritu de Bello, de Cuervo, de Caro, no había sido escuchado en el Congreso; ahí había campeado el “recuerdo vacío de sus nombres”. 

Fernán Silva Valdez recordó que la Academia Uruguaya de Letras era autónoma, y mantenía con la RAE las más cordiales relaciones. En su opinión, lo que estaba diciendo el señor Guzmán le señalaba al Congreso el camino del futuro. 

Era tiempo de poner en escena algo de ironía. Guillermo Hoyos Osores, de la Academia Peruana, opinó que, con mucha cortesía, el señor Guzmán les había dicho a los congresistas que estaban llenos “de un servil espíritu de subordinación a la RAE”, y que si no aprobaban la ruptura con ella cometerían una indignidad. También Pedro Lira Urquieta, chileno, refutó a Guzmán: la actitud de los delegados había sido digna, y él no aceptaba que se les considerara “serviles”. Si la RAE no juzgó procedente asistir al Congreso, la mayoría de los delegados había aceptado su manera de pensar. “Yo juzgo –terminó–, y lo digo bien alto, que el meridiano del idioma pasa por Madrid.”

Guzmán negó haber pedido la ruptura con la RAE, y haber negado o afirmado la supremacía del idioma español “tal como lo hablan quienes viven bajo el meridiano que pasa por Madrid”. Lo que había sostenido era que se defendería mejor el idioma si las academias llegasen a un acuerdo más fecundo entre todas. Si así no fuere, seguirían sometidas a unas bases que les quitaban la libertad de pensar y de actuar. 

Esta vez su propuesta fue aprobada por siete votos contra cinco. Guzmán estaba cerca de alcanzar su propósito. Que las academias revisaran las bases que normaban su relación era un asunto previsto en el temario, pero que las modificaran para lograr su autonomía era un giro inesperado.

José Vasconcelos, que entonces padecía esa “especie de delectación morbosa en la subordinación, en la sumisión” que Guzmán expuso como un mal generalizado entre los congresistas, no advirtió en qué sentido se había avanzado y aprovechó su discurso de clausura para atacar a quienes habían abogado por la autonomía de las academias:

Aquí fuimos llamados para fortificar el baluarte de la lengua, para añadir torres y cúpulas a la catedral de su grandeza, no para dispersarla en capillas de reducido nacionalismo. […] Cuando los académicos de España se enteren de nuestros trabajos, se complacerán al comprobar la lealtad que les hemos guardado. Todo lo que para ellos es caro, lo hemos recogido con devoción nosotros. Las inspiraciones y los ejemplos de los miembros de la academia matriz, no puede hacerlos a un lado quien de verdad ame nuestra lengua.

Vasconcelos dijo que la lengua “ya no nace de la barriada analfabeta”, que “las masas sin ilustración libresca, en esta materia, no cuentan”. No quedó sin respuesta. Dijo José Natalicio González, de la Academia Paraguaya y embajador en México de Paraguay:

Europa ya no constituye el eje del mundo; el eje de la civilización occidental está pasando a nuestro hemisferio. Y es en América donde debemos defender nuestro idioma, porque América es el factor predominante de la universalización y del enriquecimiento del castellano. […] La ruptura entre el lenguaje culto y la fuente popular conduce a la decadencia de los idiomas.

El gusto por las estadísticas le permitió a don José Rubén Romero, en su discurso de clausura, resumir así el resultado del Congreso:

en 600 apretadas páginas impresas en mimeógrafo, fueron presentadas 82 ponencias: de unidad y defensa del idioma español; de cuestiones gramaticales y lexicológicas; de colaboración interacadémica, de iniciativas, tendientes todas a mejorar nuestro léxico; y de proposiciones de tipo general para hacer traducciones importantes, diccionarios depurados, “sumas cervánticas”, sin olvidar por un momento en tan arduas tareas a los padres del idioma español en América.

Asimismo, le permitió hacer un recuento de los hispanohablantes: en números redondos, 145 millones: 28 de ellos en España, 92 en América, 22 en México. Había entonces en el país, según el señor Romero, 3.5 millones de personas que hablaban lenguas originales, y de ellos, 1.5 millones eran monolingües. 

Los indios mexicanos, mis indios —dijo don José Rubén, y ahora esa perspectiva, entonces general, nos parece escandalosa—, acaso como los del Perú y como los que aún viven en las tierras centroamericanas, han recibido una rica herencia al saber decir: ¡madre, hijo, esposa! en el mismo idioma con que Miguel de Cervantes lo decía […]

Sigue en 6/8


El arte de escribir

La verdad de la mentira

Horacio Cárdenas Zardoni, querido amigo, compañero de laberintos y deslumbramientos poéticos, me hace llegar unas luminosas líneas del poeta español Ángel González (1925-2008).

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, y una voz cariñosa le susurró al oído:

–¿Por qué lloras, si todo en este libro es mentira?

Y él respondió:

–Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad.

Quien pone la verdad en el texto es finalmente el lector. Pero, no cualquiera que repasa unas palabras escritas es lector. Es lector quien agota todos los caminos para avanzar en la comprensión de lo que tiene enfrente. Los caminos del conocimiento, la inteligencia y la información; los caminos de los sentimientos, las intuiciones, el corazón.


Atisbos

Mar de noche

–Míralo –me dijo Claudia al oído, apartada de los demás, pero era imposible verlo. Los ojos estaban llenos de noche. Sólo un hueco húmedo; sólo el tumbo de las olas. Su perfume yodado, ¿o era el de la mujer?

Atrás habían quedado la casa, el camino de grava, el bosque de pinos, las dunas, nuestros vacilantes pasos, las risas y las voces.

Todo estaba escondido en la noche. Como Claudia, que era solamente un murmullo, un aroma, un cuerpo que no podía tocar.


Líneas sueltas

Volveremos a ser los mismos. No hay remedio. No podemos ser otros.

Cada vez que hacía falta, volvía a jurarle amor eterno.

Se sentía profundo, pero la verdad, sólo era aburrido.

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