Del lenguaje

Una lengua periférica 2/8

Viende de 1/8.

Hace quinientos años España empezó a extender su lengua por el Nuevo Mundo; hace doscientos, sus dominios trasatlánticos se fraccionaron en lo que ahora son diecinueve naciones. Lo que no se fragmentó fue el español, la lengua común de todos esos pueblos —marcada en cada lugar por otras, que se hablaban allí—. En cada uno de estos países hay una academia de la lengua. Las ocho primeras fueron establecidas antes de que acabara el siglo XIX; con la Hondureña (1949) se llegó a diecinueve —incluida la Filipina (1924)—; sumadas a éstas las de Puerto Rico (1955), Estados Unidos (1973), España y Guinea Ecuatorial (2016) se llega a las veintitrés que forman la Asociación de Academias de la Lengua Española —un caso único en el mundo; ninguna otra lengua cuenta con un sistema similar de vasos comunicantes. 

La unidad de la lengua ha sido preocupación central de las academias. Y ya antes de que se estableciera la primera de las correspondientes, americanos ilustrados y animosos buscaron protegerla. En 1835, don José Gómez de la Cortina, individuo de la Real Academia Española, encabezó en México un primer intento de instalar una, que se llamó Academia de la Lengua, integrada por los señores Andrés Quintana Roo, José María Heredia, Francisco Sánchez de Tagle, Miguel Valentín, Agustín Torres Torija, Mariano Blasco, José María Tornel, José María Fagoaga, Carlos María Bustamante, Basilio Arrillaga, José Joaquín Pesado, Manuel Eduardo de Gorostiza, Juan Rodríguez Puebla, Juan Orbegoso, José Bernardo Couto, Lucas Alamán, Manuel Díez de Bonilla, Juan José Espinosa de los Monteros, Joaquín Castillo y Lanzas, Isidro Rafael Gondra, Francisco Ortega, José Ramón Pacheco y Miguel Santamaría —tentativa que en 1854 ratificó un decreto presidencial—. Un segundo intento ocurrió en 1865, como parte de la Academia Imperial de Maximiliano de Habsburgo. Y hubo otro más, en 1870: la Academia Nacional de Ciencias y Literatura. Los tres naufragaron en la borrasca de los enfrentamientos políticos.

Por su parte, en 1847, con el mismo fin de preservar la unidad del idioma, el venezolano Andrés Bello compuso su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, en Santiago de Chile.

El mayor mal —escribió en el prólogo—, y el que, si no se ataja, va a privarnos de las inapreciables ventajas de un lenguaje común, es la avenida de neologismos […] que inunda y enturbia mucha parte de lo que se escribe en América, y alterando la estructura del idioma, tiende a convertirlo en una multitud de dialectos […] embriones de idiomas futuros, que durante una larga elaboración, reproducirían en América lo que fue la Europa en el tenebroso periodo de la corrupción del latín […] oponiendo estorbos a la difusión de las luces, a la ejecución de las leyes, a la administración del Estado, a la unidad nacional […] Sea que yo exagere o no el peligro, él ha sido el principal motivo que me ha inducido a componer esta obra, bajo tantos respectos superior a mis fuerzas.

Tan evidente como las ventajas de la unidad, ha sido el hecho de que en el habla se producen diferencias regionales.

Afín con el espíritu de Bello, dijo en un discurso Ramón Menéndez Pidal cuando era director de la RAE:

Que la unidad superior de nuestro idioma se mantenga floreciente y eficaz, o que decaiga, no en fraccionamiento absoluto, pero sí valorizando con exceso las diferencias dialectales que todo idioma entraña, eso está en manos de cuantos hablan y en la inspiración de cuantos escriben; está también, muy para nuestra responsabilidad, en la conciencia y en la mente de los que integramos estas corporaciones […]

Pero ¿dónde se comienza a “valorizar con exceso” la forma de hablar propia de un pueblo? ¿A quién le corresponde ser el árbitro de nuestra unidad? “El idioma no debiera entenderse —dijo don Juan Bruce-Novoa en Zacatecas, México, en 1997, en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española— como un conflicto lineal entre lo auténtico de un centro contra un centro opuesto, sino como el campo de juego en el cual múltiples puntos de energía se relacionan dinámicamente.” 

De nuevo Castro Leal: “Siempre que se habla de los países hispanoamericanos, España siente un complejo imperialista. Los considera como sus antiguas colonias y no cree que puedan ser sus iguales, que puedan tener razón, ni que es conveniente afiliarse con ellos”. Estas líneas fueron escritas en 1952. Cambiar esa actitud ha llevado largo tiempo, pero hoy en día don Antonio sin duda matizaría sus palabras. 

La Nueva gramática de la lengua española(2009) es producto de once años de trabajo consensuado entre las veintidós academias que entonces existían, y en ella, al lado de los escritores españoles figuran también autores americanos. Hasta 2003 (22ª edición), el Diccionario de la lengua española aparece editado por la Real Academia Española, al igual que la Ortografía de la lengua española(2003) —en el preámbulo de la 21ª edición, sin embargo, ya se habla de la participación de la Comisión Permanente de la Asociación de Academias de la Lengua Española—. En el Diccionario panhispánico de dudas(2005), el Diccionario esencial de la lengua española(2006), la Nueva gramática(2009) y las ediciones conmemorativas de Cervantes, García Márquez, Fuentes, Gabriela Mistral, Pablo Neruda (2004-2010), en cambio, figuran como editores Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española. En el Diccionario de americanismos(2010), finalmente, aparece, nada más y por primera vez, Asociación de Academias de la Lengua Española, cuya lista encabeza con razón, pues es la más antigua, la Real Academia Española. 

En ese camino hacia una mayor autonomía de las academias, en 2010 la Academia Mexicana de la Lengua y Siglo Veintiuno Editores publicaron un Diccionario de mexicanismos, y la Academia Chilena de la Lengua, el Diccionario de uso del español de Chile. Ese mismo año, por primera vez, un diccionario académico se preparó fuera de la RAE: la Academia Mexicana de la Lengua construyó la planta de un diccionario escolar que cada una de las demás academias adaptará al uso del español en sus respectivas naciones y que aparecerá en diversas ediciones, algunas de ellas nacionales.

Todo esto es una muestra de la actual política lingüística panhispánica de las academias, cuyo trabajo ha sido reconocido con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en 2000, y con el Premio Elio Antonio de Nebrija, en 2009. Asimismo, lo es el hecho de que las ahora veintitrés tengan una participación en las regalías que produce la venta de las publicaciones académicas. Todo esto ha sido posible gracias al trabajo de la Asociación de Academias de la Lengua Española, surgida del Primer Congreso de Academias de la Lengua Española, celebrado en México en 1951.


El arte de escribir

La invención del paisaje

Mientras no supo de otros cielos, hábitos diversos, lenguas ininteligibles, mientras no fue tocado por la nostalgia, el hombre no tuvo la distancia interior que hace posible el paisaje. Fue la era de los encuentros, de los grandes viajes europeos de exploración y dominio, con su mezcla de fanatismo e indagación, violencia y asombro, privaciones y avidez la que paulatinamente armó la idea e implantó la costumbre del paisaje.

Los cuadernos de viaje y las descripciones geográficas se sucedieron atentos a posibles riquezas, a costumbres, a formas de gobierno, a la pasmosa diversidad de la vida, pero no al paisaje. Aquellos mercaderes metidos a exploradores nombraban con minucia cuanto salía al paso, pero se mantenían ajenos a todo impulso subjetivo. Así en El millón, abierto al azar:

Pasando el río desde Fugiu se andan cinco jornadas encontrando por doquier ciudades, castillos y granjas muy florecientes y donde hay cantidad de productos. Se pasa por montes, valles y llanos e inmensos bosques poblados de árboles, de los cuales se saca el alcanfor. La comarca es abundante en caza, aves y pájaros. Sus habitantes viven del comercio y la industria, son vasallos del Gran Khan, y bajo la jurisdicción de Fugiu y a cinco jornadas hay una ciudad llamada Cantón, que es grande y noble.

Asomado al Asia remota en el último tercio del siglo XIII, Marco Polo ve la naturaleza, las ciudades, otras formas de vivir, pero no el paisaje porque, en eso que ve, el veneciano no pone ningún sentimiento, ningún significado personal.

Más de dos siglos después, deslumbrados ante un archipiélago imaginario, los súbditos españoles de Carlos V revelan fugaces, fortuitas, cortadas emociones, y para dar cuenta de ellas disponen de un incipiente lenguaje educado en la óptica renacentista. Dice Las Casas –la codicia es una emoción– que al entrar a Cempoal, unos soldados llegaron a un patio cuyo piso creyeron de oro y de plata, y que no era absurdo decirlo, porque después de enyesarlos

pintaban los tales [patios] con almagre y después bruñíanlos con unos guijarros muy lisos, que no podía estar más bruñido ni con más lustre un plato de plata, pues como el sol comenzaba a derramar la lumbre de sus rayos y en los suelos a reverberar, lucían de manera que a quien llevaba tan buen deseo y ansia de haber oro y plata, fue causa suficiente para que los suelos y aun los cielos plata y oro y aun piedras preciosas se le pudiesen antojar.

En los escritos de los cronistas de Indias comienza a atreverse el interés por el paisaje; la afición a poner en el entorno, o a manifestar ante el entorno sentimientos y emociones, juicios subjetivos. Así Bernal, al entrar a Tenochtitlan:

y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha por nivel como iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas y encantamientos que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cues y edificios que tenían dentro del agua, y todas de cal y canto; y aun algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.

En esta orilla del Atlántico, fueron estos escritores quienes dejaron las primeras huellas del paisaje. Ya vendrían luego los poetas. La naturaleza ni las ciudades necesitan espectadores para existir; en cambio, el paisaje no puede tomar forma sin alguien que lo contemple. El paisaje es una manera subjetiva de reaccionar al escenario en que vivimos –un modo de colocar en ese escenario nuestras emociones y sentimientos.


Atisbos

Fascinación

Ni la tía Ruth, ni la abuela Marta, ni siquiera su prima Elisa, la más vieja de todos, sabe quién es la muchacha que me mira en el pasillo; la que está en la fila de atrás, apenas apartada del grupo, en la quinta de los bisabuelos, del lado de la cascada, cerca de Naolinco, dicen; la de los ojos grandes. 

Nadie sabe, tampoco, que hay otra foto donde está ella sola. La encontré en un baúl, en el desván, en una cajita de cartón, con tres atados de tarjetas que tienen las orillas gastadas. 

“Muñeca adorada…” comienzan diciendo las de la cinta verde; las firma Nicanor. “Tu rostro idolatrado, de palidez ideal, me persigue en sueños”, dice una de las que están sujetas con un cordón dorado; las firma Ernesto. Las otras están a lápiz, no pueden casi leerse “…cuando quise ceñirte la cintura…” dice una. 

Subo cuando están en la siesta y la casa huele a café. “He conocido el amor en tu mirada…” empiezo a escribir. Los labios me queman cuando la beso.


Líneas sueltas

Antes, la eternidad duraba más tiempo.

La mitad de la población son policías. El resto está en la cárcel. Una sociedad perfecta

Para vivir después de la muerte lo primero es morirse.

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