Del lenguaje

¿Es la lectura un derecho?

Cuando mi amigo Juan Domingo Argüelles me lo preguntó, pensé que esa tarde se lo confirmaría: la lectura es un derecho. Pero han pasado cinco años y no he podido responder. Lo intento otra vez.


Asumo que al decir derecho Juan Domingo se refiere a uno de esos derechos que llamamos naturales, fundamentales, humanos, fincados en nuestra misma naturaleza y consagrados por religiones y leyes. Los que listan los 30 artículos de la Declaración universal de los derechos humanos que la ONU estableció en diciembre de 1948.

Ese documento sigue la tradición milenaria de reconocer la dignidad como algo inherente a las personas; parte de la certeza de que para vivir bien todos necesitamos tener libertad, justicia, solidaridad, seguridad, igualdad. Los derechos humanos, se dice, sirven para hacer realidad estos valores. Y estos valores son los primeros derechos: libertad, justicia, seguridad, solidaridad, igualdad. Me pregunto si lectura podría añadirse a esta lista. Me temo que no. La lectura no es un valor.


Pero hay muchos más derechos fundamentales, y no siempre son valores. Todos nacemos libres e iguales y tenemos derecho a la vida. Nadie debe ser discriminado ni torturado ni esclavizado. Todos, en todas partes, somos iguales ante la ley. Nadie puede detenernos arbitrariamente; todos tenemos derecho a un juicio justo y somos inocentes mientras no se pruebe nuestra culpa. Tenemos derecho a la privacidad, a un lugar seguro para vivir; a formar una familia; a la propiedad privada; a la libertad de pensamiento, de expresión, de reunión; a la democracia y a la seguridad social; a tener trabajo y descanso; a la vivienda y la alimentación. A la educación, a la cultura, a un mundo justo y libre, y nadie puede quitarnos nuestros derechos.

Fantasioso el resumen: “derecho a la privacidad”, “tener trabajo y descanso”, “un mundo justo y libre”. Palabras embusteras que a veces nos llevan a creer que enunciar algo es conseguirlo. Embusteras, pero no tanto como los artículos al pie de la letra:

Artículo 25. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad […]

Parece ser, pues, que en el mundo real los derechos humanos se quedan en propósitos tal vez positivos, en aspiraciones que parecen honestas, en utopías constructivas. Y en ese caso, ¿por qué no, de una vez, incluir a la lectura en la lista? Todavía no tenemos lectores en la  proporción que necesitamos, pero nuestras mayorías tampoco tienen un nivel de vida que les asegure la salud y el bienestar; la alimentación, el vestido y la vivienda; la asistencia médica, los servicios sociales, los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez…

Aboguemos pues porque la lectura sea de aquí en adelante otro derecho humano. Algo ganaremos.


Hay algo más que me parece indiscutible. Tener más lectores puede acercarnos a ir haciendo realidad todas esas promesas de bienestar que encierran los derechos humanos. Por lectores entiendo gente no sólo alfabetizada, sino que lea y escriba con frecuencia –tal vez cada día-, no por necesidad y obligación sino por el interés y por el gusto de hacerlo. Quienes leen así buscan afanosamente entender lo que leen y entender lo que sucede a su derredor.

Según esto, es posible que la lectura no sea un derecho, y también es posible que sí lo sea. Lo que es seguro es que los lectores están mejor preparados para reconocer y para aprovechar sus derechos. Y esa es otra razón para formarlos.


El arte de escribir

Para conocer a Carballo 1/3

En 1950, en el patio de su casa –en Guadalajara no había galerías–, Emmanuel Carballo, que tenía 21 años, montó lo que él llamó la primera exposición de escultura abstracta en el país. Fue acusado de ser agente de la CIA y de socavar la identidad nacional, pero él sabía que apuntaba hacia el futuro y que el arte abstracto era un territorio del que no tenían por qué verse excluidos los mexicanos –el caso lo pinta de cuerpo entero.

El país estaba aún empantanado en la trifulca entre el arte cosmopolita y el arte nacionalista–realista-socialista que lo agitaba desde los años veinte. Aquella vez, como en su primera gran empresa cultural –la revista Ariel, un año antes–, Carballo no se equivocó. (Cuando erraba lo hacía con la misma contundencia con que solía acertar.) Tampoco se equivocó, ya trasplantado a México, cuando, desde la Revista Mexicana de Literatura –que dirigía, con Carlos Fuentes–, en un artículo clave, “Rulfo y Arreola, cuentistas”, clausuró el pugilato anunciado: Rulfo nacionalista versus Arreola cosmopolita, decían oficiosos jaladores. Carballo, que había leído con los ojos abiertos, dejó asentado que el enfrentamiento era estéril: uno y otro coincidían en donde importa, en el terreno de lo bien hecho.

Poeta, cuentista, maestro, periodista, investigador, promotor de la cultura, editor, conferenciante eminente, Carballo acrecentó su erudición –que él minimizaba–, su olfato, su honestidad y su intransigencia hasta convertirse en uno de los más sólidos pilares de nuestra cultura como historiador y crítico de lo que se ha escrito en México, y en otros lugares. Cuanto he dicho –de pronto me doy cuenta– deja de lado lo más importante: Carballo fue un hombre enamorado, vital, curioso, chismoso, irreverente, provocador, combativo más allá de las palabras; fue también un amigo generoso. Carballo sabía que la literatura es vida.


Atisbos

Finisterrae

Tres escalones bajan al jardín. Allí está la pileta, blanca de patos. Allí están la higuera, los helechos, los malvones, las voces de las ranas. Allí están los rosales. Allí está la banca de piedra donde me pongo a estudiar. Después los manzanos, los ciruelos, los duraznos. Los caminitos de tierra que se forman entre los árboles. Los mastuerzos que crecen escondidos. Las dalias. Las hortensias en la sombra. Los gorriones de pechos pintados.

Después el silencio de las ramas entreveradas, de las hojas en el piso, de las enredaderas. El silencio de no atreverse a hacer ruido. De pisar sin peso, como la luz. Los árboles enormes que no tienen nombre. Las arañas siempre calladas. Las flores que crecen distintas cada día y que nadie conoce porque nadie puede volver a verlas.

Más allá de todo está el muro de tepetate, tan alto, cubierto de espinas y de lagartijas. Más allá de eso no sé qué podrá haber.


Líneas sueltas

El espejo te revela un extraño: eres tú.

Era un hombre de tardes lentas y cielos estrellados.

Un poeta siempre sabe mirar más adentro. 

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