Del lenguaje

Escribir con imágenes

Muchos pueblos, bajo todos los cielos, en distintos momentos, han desarrollado diversas formas de escritura. Siempre se ha comenzado dibujando, con pictogramas: un buey era un buey, el agua era el agua, una casa era una casa… Las cuestiones abstractas se representaron con dibujos que las simbolizaban, con ideogramas: una corona decía reino; un cerro junto a una corriente de agua decía pueblo, lugar habitado.

Los dibujos se fueron haciendo cada vez más abstractos y, con el tiempo, comenzaron a representar los sonidos iniciales de sus nombres. Por ese camino se inventaron los fonogramas o letras, que hacen posible la escritura alfabética: un sistema de signos que representan sonidos. En el alfabeto que nosotros usamos, el buey, que los fenicios llamaban aleph, quedó convertido en sólo su cabeza y luego dio media vuelta y quedó con los cuernos hacia abajo, en la A. La casa, que para los fenicios era beth, se puso de lado y pasó a ser la B. Y así con las demás letras. Existen en el mundo casi 7,000 idiomas y poco menos de 500 alfabetos. 

A principios del siglo XVI, cuando los españoles cruzaron el Atlántico, algunos pueblos de Mesoamérica habían creado sistemas propios de escritura con pictogramas, ideogramas y algunos fonogramas, que representaban los sonidos de sílabas o de letras. Si no se hubiera interrumpido su desarrollo, habrían llegado a tener escrituras alfabéticas propias. Hay muestras de esto sobre todo en los topónimos –los nombres de lugares– anotados en documentos como la Matrícula de tributos, que registra los productos que los diversos sitios del Imperio debían enviar anualmente a Tenochtitlan. 

Una cabeza –o un mero cuerno–  de venado, se leía ma, porque en náhuatl venado es mazatl; unos dientes eran tlan, ya que en nahuatl son tlantli; el símbolo del venado puesto sobre el de los dientes se leía Mazatlán. Una serpiente –cóatl– que sale de un cerro deshabitado –tépec– se lee Coatepec. Sobre la Matrícula de tributos puede seguirse una larga lista.


El arte de escribir

Escritura y oralidad 1/4

Gira la falda amplísima, confusión de sedas que esfuma las piernas desnudas, acaso sólo adivinadas. Giran los brazos que se alzan y arquean, las manos que sostienen una flauta, la voz adelgazada en el canto. Gira y toca o canta descalza Flora –boca entreabierta, ojos cerrados, cabello al aire–, y su arte se extingue al tiempo que nace; como ahora mis palabras. Piernas, torso, brazos, manos, talle, notas, canto giran en concierto con las constelaciones y la lava, con el viento y las migraciones submarinas, con los brotes que se abren camino a la luz y la sangre que circula por mi cuerpo. Un paso de danza, una palabra al aire reproducen en su vida instantánea el movimiento y el destino del universo.

Me desesperan aquel cuerpo, aquella música, aquella voz de los que resta sólo la memoria, que me enardece. Quisiera retenerlos; vivir por siempre. Mas la vida es preciosa porque es irrepetible. 

Un impulso necio me anima a ensayar lo imposible: impedir que esa belleza desaparezca. Conservarla por siempre. Preservarla de la muerte, “para el pasmo y la gloria de la humanidad giratoria”. Por eso escribo; por eso hablo ahora. Combatir el tiempo, a sabiendas de que es un afán imposible, es la razón de ser de las artes y del lenguaje mismo.


Tengo a la vista, en unas fotografías, un relieve en piedra donde un músico sumerio pulsa el arpa y la estatuilla en cobre de un uro. En la mesa donde trabajo, una muchachita de barro con los pechos al aire curva graciosamente los brazos sobre la cabeza; a su lado, un pequeño yugo de jade ostenta, incisa, una doble cabeza de serpiente. 

Nos separan milenios. No tengo idea de los acordes que un día vibraron en el aire turquesa de Mesopotamia. Desde hace siglos ningún uro alza la temible cabeza en ningún pastizal. No podrá tocarme nunca sino una sombra palidísima de la gracia de aquella jovencita que un día bailó a la orilla de los lagos que espejeaban en la transparencia del Anáhuac. No puedo repetir las palabras que fueron el origen de la preciosa inscripción en la piedra.

Pero hubo manos que quisieron retener aquellas formas de la belleza y del pensamiento; de su intento brotaron obras de arte, maneras de imprimir en la materia la huella del espíritu. No fue vano aquel esfuerzo, así estas piezas que ahora veo estén también, por fuerza, condenadas a desaparecer.


Los seres humanos han escrito siempre, desde que comenzaron a hablar –antes no eran seres humanos–. No me refiero, por supuesto, a la escritura alfabética, sino a esos otros sistemas de signos gráficos que en múltiples culturas los llevaron del dibujo a la letra. Oralidad y escritura han coexistido desde un principio. El lenguaje ha sido siempre hablado y escrito. Ahí están los petroglifos, que no sabemos leer; ahí están los catecismos de fray Jacobo de Testera, para que no lo olvidemos.

Una auténtica revolución comenzó hace más de cuatro mil años, en el Oriente Medio y en otros lugares de la Tierra. Diversos sistemas de anotaciones que habían surgido para llevar la cuenta de movimientos comerciales fueron evolucionando hasta que pudieron representar las formas de la voz. Uno de ellos fue el de los sumerios. En estelas y lápidas, en tablillas de barro cocido, la escritura cuneiforme recogió mitos y leyendas que hasta entonces se habían transmitido de manera oral y que hoy en día nos siguen ocupando: el paraíso terrenal, el descenso al inframundo, el diluvio, la confusión de las lenguas, las hazañas sobrehumanas de semidioses agrestes, de cólera temible, aunque siempre vulnerables a la seducción femenina.

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Atisbos

Tres velas

Un día, un jinete llegó a un pueblo donde había una joven, hermosa y engreída, que no toleraba que ningún hombre le hablara. Esa noche, frente a la casa de la muchacha, con el primer lucero, el viajero encendió una vela que llevaba, y a la mujer le gustó cómo ardía. Le dijo a su peón que fuera a comprarla. “No la vendo –dijo el hombre–. Si quiere se la regalo, pero sólo si me permite tomarle las manos.” Y ella estuvo de acuerdo.

El siguiente anochecer el transeúnte encendió una segunda candela, que también llevaba y que tenía mejores luces. La mujer, que la vio desde su casa, del otro lado de la calle,  mandó a su peón para que la comprara. “Esa tampoco la vendo –dijo el hombre–. Si la quiere se la doy, siempre que me deje acariciarle los tobillos.” Y la mujer dijo que valía la pena.

En el tercer ocaso, un día después, cuando la luna era apenas un filito de luz, el viajante encendió una tercera bujía, que también llevaba. Era tan brillante que los gallos creyeron que había salido el Sol. “No está en venta –le dijo al peón–, pero si tu ama la quiere dile que me deje tentarle los pechos y las piernas.” La mujer tomó la tercera vela, y toda ella se encendió, como si también ella estuviera a punto de derretirse. Entonces el hombre la subió a su caballo y se la llevó.


Líneas sueltas

Cada quien sabe hasta donde lee.

Alguien se había mirado allí; lo vio en el espejo.

Cerró el libro para ya no oír sus quejas.

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