Del lenguaje

En román paladino

En el primer tercio del siglo XIII, para promover la devoción de los habitantes de La Rioja –en su mayor parte campesinos– por los santos lugareños, Gonzalo de Berceo escribió, entre otras obras, la Vida del glorioso confesor Santo Domingo de Silos. Una de las joyas del mester de clerecía –estrofas de cuatro versos de catorce sílabas con la misma rima–, propio de aquel tiempo. Nada de todo lo que escribió Berceo es tan conocido como las dos primeras estrofas de este larguísimo poema:

En el nombre del Padre, que fizo toda cosa,
Et de don Ihesucrito, fijo de la Gloriosa,
Et del Spíritu Sancto, que egual d’ellos posa,
De un confesor sancto quiero fer una prosa.

Quiero fer una prosa en román paladino,
En qual suele el pueblo fablar con so vecino,
Ca non so tan letrado por fer otro latino:
Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.

En el nombre del Padre, que hizo toda cosa, y de don Jesucristo, hijo de la Gloriosa, y del Espíritu Santo, que posa igual que ellos, de un confesor santo quiero hacer una prosa, un escrito. // Quiero hacer una prosa en román paladino, no en latín –la lengua en que se acostumbraba escribir– sino en román, en romance, en español paladino, esto es claro, comprensible para todos; en el que suele el pueblo hablar con su vecino, pues no soy tan letrado que pueda hacer otro en latín. Berceo se dirige a campesinos riojanos y lo hace como si fuera un juglar o un trovador que pide, a cambio de la historia que va a contar, un vaso de buen vino.

Leer a Berceo es asomarse al tiempo en que el castellano, y otras lenguas ibéricas, comenzaban a usarse para escribir, y no sólo para conversar.


El arte de escribir

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del Sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; y la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural. (Julio Torri, de “Meditaciones críticas”, en Tres libros. Fondo de Cultura Económica, México, 1964.)


Atisbos

No abras la puerta 

En alguno de los pasillos de la Facultad se halla el salón. Nada lo distingue. Abres una puerta y allí estás. Tal vez no es siempre en el mismo lugar. Lo mejor es que no entres, que te marches, que no abras la puerta. Hay gente distraída que lo hace así: que pasa de largo sin saber que acaba de salvar no la vida sino el alma. Hay gente que se asoma un instante y no alcanza a escuchar nada y da media vuelta y se va. Espero que seas uno de esos bienaventurados. Que no llegues a sentarte allí. Que no escuches la voz.

En el fondo del salón, de pie en la tarima, un hombrecito lee sin hacer pausas. Con el libro en alto, terriblemente cerca de los ojos, el rostro oculto, la voz atenuada. Por encima de la calva una lámpara de neón lo cubre de sombras. Unos cuantos pupitres están ocupados. Hay parejas de viejos que se besan en la boca con los ojos cerrados. Gente que escucha radios portátiles, come o se hace dar grasa. Aviones de papel que giran sin ruido. Jóvenes que pasan en limpio apuntes de otras clases. Muchachas que ven cómo se alza de puntas la noche para asomarse al salón.

El hombrecito lee sin descanso y sin énfasis; no separa los brazos de los costados enjutos; no afloja la tensión con que sostiene el libro.

Si acaso quedaras cautivo de su voz, al menos no mires el libro. Es un volumen encuadernado en piel, del mismo color que las manos. Uno se figura que es su cara. Pero la cara está detrás, olvidada. Nadie conozco que la haya visto jamás.

No abras la puerta, te digo. Sobre todo, si llegaras a hacerlo, por descuido, sin darte cuenta, porque buscas a alguien, porque no sabes bien dónde tienes clase, no te detengas, sal de allí. No lo mires, no te quedes escuchándolo, pues entonces no podrás abandonar nunca el salón. Y, quienquiera que seas, quienquiera que leas esto, reza por mí, compañero. No te olvides de mi alma, carnal. 

Una voz sin peso me distrae. Dejo a un lado la hoja de cuaderno que tomé del piso y veo, al fondo del aula, a un hombrecito de traje flojo. No puedo mirarle la cara porque tiene, casi contra los ojos, un libro empastado en piel. La lámpara le abrillanta la calva. Tardo en escuchar la voz:

Vivie en esta vida en grand tribulación,
murió por sus pecados por fiera ocasión,
nin priso Corpus Domini, nin fizo confesión,
levaron los diablos la alma en presón.

Este cuento muestra una de las clases de Literatura Medieval Española que tomé con Julio Torri. Era 1961 o 1962, el último año en que Torri dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Yo cursaba el primero o segundo año de Letras Hispánicas y no tenía idea de quién era Torri. Sin embargo, su figura, su porte, sus agónicas lecturas me embrujaron. La estrofa final está tomada de “El monje y San Pedro”, el séptimo de los veinticinco milagros que presenta Berceo en los Milagros de Nuestra Señora.


Líneas sueltas

Que nadie sufra por cosas imaginarias.

Escribe lo que acabas de imaginar. Mañana no lo recordarás

La vida es un paisaje del que vas saliendo.

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