Del lenguaje

El soplo de la poesía

Viene de 1/8.

Todos, alguna vez, hemos sentido que la poesía nos roza, con sus dedos de arcángel. Todos hemos sentido ese escalofrío, ese arrobamiento, esa emoción inefables –las palabras no alcanzan a expresarlos– que nos produce la poesía. Al escuchar un acorde, ante un paisaje, en un edificio, al leer u oír ciertas palabras… en un cinematógrafo o un teatro, ante una ciudad inabarcable o las turbinas trepidantes de un jumbo o el discurso mudo de la pintura y la escultura… todos, de vez en cuando, sentimos en nuestra carne y en nuestro espíritu el soplo de la poesía.

Los antiguos griegos crearon la palabra poesía y la aplicaron, en un sentido amplio, a toda obra de creación humana; también le dieron otros sentidos. Para Aristóteles abarcaba lo que hoy llamamos literatura, en verso y en prosa; para otros fue significando cada vez más específicamente lo relativo a los versos, que en aquel tiempo se cantaban, iban siempre acompañados de música. Por eso, los griegos con frecuencia representaban a los poetas portando una lira, y en español liróforo, aunque rara vez se use, quiere decir poeta.

Más de dos mil años después, la situación es muy semejante. Al igual que los antiguos griegos, nosotros decimos que hay poesía en toda actividad humana que nos admire por su inventiva, su intensidad, su inesperada novedad, su capacidad para ayudarnos –al través de las emociones y la imaginación– a tomar conciencia del mundo, del lugar que en él ocupamos y de nuestro propio interior.

Asimismo, muchas veces hablamos de la poesía que hay en los momentos culminantes de las artes y en especial de la literatura, lo mismo en verso que en prosa, y les decimos poeta a cineastas, novelistas, dramaturgos, cuentistas, ensayistas, para significar un grado de excelencia superior. Así, se habla de la poesía de una película,o de una novela, o de una obra de teatro… 

En nuestro tiempo, cuando escuchamos la palabra poesía lo primero que nos viene a la mente es lo que está escrito en verso; pero no todo lo que está en verso es auténtica poesía. La diferencia entre un historiador y un poeta, dice Aristóteles, no es que uno escriba en prosa y otro en verso, sino que el asunto y la intención de sus obras son diversos; aunque Heródoto escribiera en verso, su obra seguiría siendo historia, no poesía. ¿Qué es la poesía, pues?

Muchos de los temas de controversia en torno a qué es la poesía, cuál es su propósito, qué clase de verdad debe buscar, cuál es la relación de los poetas con la sociedad y con el poder se siguen discutiendo a partir de los planteamientos que hicieron dos grandes filósofos griegos: Platón (428-347/348 a.C.) y Aristóteles (384-322 a.C.). Platón fue discípulo de Sócrates (470-399 a.C.) y, durante veinte años, maestro de Aristóteles. Sus ideas sobre la poesía y los poetas se encuentran en varios de sus Diálogos, como: Ion o de la poesía, El banquete o de la erótica, Gorgias o de la retórica, La república o de lo justo, Cratilo o del lenguaje, El sofista o del ser, Fedro o del amor, Apología de Sócrates, Lysis o de la amistad, Protágoras o de los sofistas. Lo que Aristóteles dijo sobre estos temas está principalmente en su Poética y en su Retórica, obras que, como todas las suyas, han ejercido una enorme influencia hasta nuestros días.

Las grandes obras de arte tienen una permanencia que no conocen otros trabajos intelectuales. Los instrumentos y los libros que se aplican en la ciencia, las finanzas, las tecnologías, las leyes, la educación… son pasajeros; su utilidad y su información se hacen obsoletas, caducan y hace falta renovarlos. En cambio las obras maestras de la pintura, la música, la escultura, los grandes dramas, las grandes novelas, las grandes poesías son perennes: seguimos escuchando a Mozart y a Revueltas, admirando a Miguel Ángel y a Orozco, leyendo a Homero, a Cervantes, a sor Juana, a Darío, a Arreola… y aunque haya nuevos músicos, pintores, escritores, que encuentren nuevas formas de crear sus obras, de contar y de decir, los grandes autores del pasado no resultan desplazados.


El arte de escribir

Leñero llega con Arreola

Leí, releí, corregí, rescribí, volví a leer y a releer y elegí por fin los que consideraba mis mejores cuentos. Ordenados en un fólder amarillo me presenté con ellos en el departamento donde vivía Arreola, allá por las espaldas del cine Chapultepec. Me había citado a las siete y media de la tarde y a las siete y media de la tarde estaba yo tocando la puerta, nerviosón. No me abrió él sino Orso, un chamaco como de trece o catorce que allí mismo identifiqué como el hijo varón del maestro. Al rato apareció Fuensanta, diezañera, la menor de las hijas, y un poco más al rato el propio Arreola, agitando las manos como si las trajera mojadas y ganseando la cabeza de cabello muy chino, alborotado. Le tendí el fólder amarillo, pero antes de que pudiera completar la primera frase él ya lo estaba rechazando con un ademán y pretextando la atención de un asunto que lo iba a mantener ocupado unos diez minutos allá adentro, en las habitaciones íntimas.

Mucho me ilusionaba celebrar con Arreola, tal como lo había prometido en el momento de hacer la cita, una sesión de trabajo larga, severa, provechosa: él leería delante de mí algunos de mis cuentos y me señalaría aciertos, defectos, equivocaciones; me daría luego su juicio general; me indicaría por dónde seguir, cómo, de qué manera, una vez leídos a solas, con detenimiento, uno por uno, el resto de mis textos.

Ilusión fallidísima. La promesa de Arreola era quizá de muy buena fe, pero sus hábitos literarios lo hacían caer en mentira. Hacía mucho tiempo que él ya no leía a solas los cuentos de sus alumnos sino que lo hacía, cuando lo hacía, en voz alta, delante de un grupo y únicamente durante el tiempo de su taller: el ya entonces célebre taller que Juan José Arreola impartía en el garage frío de una casa de Volga, domicilio del Centro Mexicano de Escritores.

Tardé en enterarme de todo eso: de la existencia del taller de Arreola, del Centro Mexicano de Escritores, de la costumbre que el maestro tenía de analizar allí, sólo allí, los trabajos de sus discípulos. Yo sería uno más a partir de ese momento. Lo era ya desde que Orso abrió la puerta, se asomó Fuensanta a curiosear como si fuera un chango, y Arreola apareció y desapareció pretextando un asunto urgente allá dentro, en las habitaciones íntimas, luego de preguntarme:

–¿Juega ajedrez?

No supe qué decir. Tenía cinco minutos sintiéndome extraño en aquella estancia amueblada únicamente por una larga hilera de mesitas cuadradas con tableros pintados en la superficie que me recordaban el club de San Juan de Letrán, a donde mi padre iba a casi diario a jaquear rivales. Eso parecía la casa de Arreola: un club de ajedrez. Eso era también, a fin de cuentas.

–¿Juega? –volvió a preguntar acomodando las piezas en el tablero más próximo.

–Un poco.

–¿Qué tan poco?

–Un poco. Regular. Creo que soy medio malo.

Dejó de torcer y retorcer su cuello de ganso. Me miró con sus ojillos de duende y sonriendo le dijo a Fuensanta:

–Juégale uno, a ver. Yo ahorita regreso para que veamos lo de sus cuentos –mintió–.

Tanto como si hubiera maljuzgado mi estilo literario, me sentí ofendido en mi amor propio al verme invitado a jugar ajedrez con una niña; pero la verdad es que tanto Fuensanta como Orso tenían un alto nivel de juego. A Fuensanta le gané con dificultad y con Orso sólo conseguí unas tablas vergonzosas, merced a un jaque continuo.

Cuando Arreola regresó a la estancia no éramos Fuensanta, Orso y yo los únicos ocupantes, sino además el enorme caudal de amigos y alumnos que todas las semanas, ese día todas las semanas, se llegaban a casa del maestro a visitarlo, a conversar, a recitar López Velarde, a jugar ajedrez con Homero Aridjis, Eduardo Lizalde, Luis Antonio Camargo, Miguel González Avelar… También iban José de la Colina, José Emilio Pacheco, Beatriz Espejo, Fernando del Paso, Juan Martínez, la bellísima Fanny…

Las tertulias se completaban otro día de la semana en el taller de Volga: Tita Valencia, Carmen Rosenzweig, Elsa de Llarena y muchos más que se perdieron en el camino, como erratas.

Allí aprendimos a escribir a fuerzas de escribir. Oyéndonos en Arreola y aprendiendo de Arreola.

Una noche, al echarme a caminar con él por la calle Volga, rumbo al paseo de la Reforma, me dijo, deteniéndose un segundo a media cuadra:

–¿Sabe qué necesita para volverse escritor, Leñero?

Pensé que Arreola me iba a confiar al fin la clave mágica de la literatura.

–¿Qué?

–Quitarse el segundo apellido. No se puede ser escritor firmando Leñero Otero. Es un versito horrible –me dijo.

Me fui pensando Arreola está loco, pero cuando publiqué mi primer libro suprimí para siempre el apellido materno. El libro [La polvareda] fue editado por Jus. Reunía algunos de los cuentos guardados en aquel fólder amarillo y otros que escribí durante el taller de Arreola. No era un buen libro pero era el primero: el de las ilusiones, el de los entusiasmos, el de las ansias de llegar a ser escritor por encima de todo. Cuentista, pensaba yo. [Vicente Leñero, Cómo aprendí a esribir cuentos. Artículo de Felipe Garrido.]


Atisbos

El avaro

Dos razones había entonces para envidiar a mi amigo: sus puros y su mujer.

Los puros le llegaban de Sumatra, creo, al través de su oficina de importaciones, en unas cajas de metal. Medían un buen jeme de largo; torcidos a mano y forrados con hojas de tersura perfecta, color oro, que contrastaban con el tabaco oscuro del interior. Su perfume trascendía aroma de mujer.

La mujer tenía en la piel el color de las hojas doradas, y en el cabello el del tabaco oscuro. Intuitiva y audaz; ojos de perdición. Se movía como respiran las olas mansas.

Con sus puros mi amigo era avaro y cuidadoso. No lo era tanto con su mujer.


Líneas sueltas

Entonces vio que aquella sombra no era suya.

Una mirada hecha de suspiros.

Iba a su lado, separada por un abismo de desamor.

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