Del lenguaje

El crítico es un lector / Antonio Alatorre

El buen crírico no estorba, sino ayuda, y su misión, entre otras cosas, es de índole pedagógica, pues guía a  los demás lectores. El crítico es un lector, pero un lector más alerta y más “total”, de sensibilidad más aguda: las cualidades de recepción del lector corriente están como extremadas y exacerbadas en el lector especial que es el crítico. Y éste, además, tiene una íntima necesidad de comunicación: debe participar a otros la impresión recibida. Recrea, en cierta forma, la obra del poeta; es una especie de creador. En el poeta, la creación tiene un carácter absoluto: él no juzga. El crítico sí juzga, pero en esta tarea no se apoya fundamentalmente en bases científicas, sino en una intuición personal iluminada por la inteligencia.

Si el poeta nos comunica una experiencia, una intuición intensa –y sólo las verdaderas obras literarias son capaces de comunicárnoslas–, el crítico nos comunica su experiencia del poema. El creador original parte de la emoción suscitada en él por un hecho de la naturaleza, de la humanidad, de su vivencia personal, de su fantasía. El crítico parte creadoramente, de su impresión de la obra literaria. Si todo lector refleja, como un espejo, la experiencia artística transmitida por el poema, el crítico, lector privilegiado, dotado no sólo de mayor receptividad y de mayor sagacidad literaria, sino también de la capacidad de comunicación, es un espejo mucho más fiel y sensible, de más pronta respuesta. Y, además, un espejo mucho más amplio, mucho más capaz de reflejar en toda su complejidad la esencia de la obra. Las impresiones que en el lector ordinario son difusas e imprecisas, se dan organizadas, coherentes y luminosas en el crítico. Ensayos sobre crítica literaria, Conaculta, México, 1993.


El arte de escribir

Escritura y oralidad 4/4

Viene de 3/4

Somos, es nuestra cultura, una creación del alfabeto. Pero hemos sido siempre, seguimos siendo ahora, producto de la oralidad. Aprendemos a rezar, a cantar, a contar chistes; descubrimos a Pinocho, Sancho Panza y la Reina mora; a Sansón, Simbad y el caballo de Troya; tememos a la Llorona, al Curro y al Gentil; admiramos a doña Josefa, al Niño Artillero y al Héroe de Nacozari por tradición oral. Todo esto, por supuesto, está también en los libros y en la Internet; pero no es de ahí de donde en principio lo tomamos.

La oralidad y la escritura han estado siempre en contacto y los préstamos entre ellas son constantes. En nuestro tiempo el alfabetismo aspira a ser universal y en muchos países, México entre ellos, es poco lo que falta para lograrlo. Se trata de un fenómeno reciente. En México la alfabetización se completó  entre 1980 y 2000. 

Hace falta que la población esté alfabetizada; pero sin perder de vista que esto no es un fin, sino sólo una etapa necesaria para llegar a lo que tendría que ser el verdadero objetivo de nuestra educación básica: formar a los alumnos como lectores; convertirlos en lectores; en gente que cuando lee está consciente de que leer se trata de comprender el texto; que sea capaz de escribir clara y correctamente; y que haya descubierto el placer y la necesidad de la lectura y le dedique tiempo cada uno de los días de su vida.


Quiero explorar esa trabazón de oralidad y escritura en mi propio caso. Acudo a mis primeros recuerdos. Me veo en un triciclo, pantalones cortos, siguiendo por la banqueta dos mariposas blancas. Me veo sentado en el respaldo de un sofá, con mi hermana la Nena, atentos a lo que pasa en la calle; un panadero en bicicleta resbala; la gran canasta que lleva en la cabeza, rebosante de conchas, cocoles, chilindrinas, cae por tierra y nosotros nos reímos tanto que nos vamos de espaldas. Veo a mi madre con un libro en el regazo. Por ahí deben andar mis hermanas. Amenaza lluvia. Es una tarde de rachas; arrastran hojas, papeles, polvo. Mamá lee “Hansel y Gretel”. Estoy aterrado. Ningún otro cuento me asustaba ni me gustaba tanto. Los niños abandonados, perdidos en el bosque, encerrados por la bruja…

Hay un episodio anterior. Antes de leernos “Blancanieves”, “El príncipe rana”, “Los tres pelos del diablo”, mamá nos había contado esos y muchísimos otros cuentos decenas de veces. Era una gran lectora, pero a lo largo de su larga vida estuvo siempre, al mismo tiempo, instalada en la oralidad. Hacía el papel de cuentacuentos. Pues hace falta distinguir a tres personajes: 1) el cuentista, 2) el cuentacuentos, y 3) el cuentero.

  1. El cuentista escribe; fija los cuentos. A veces los inventa, los crea. O los arma a partir de los que conoce; lo importante es que les da una forma perdurble. Su obra se publica, se traduce, se adapta a otras formas narrativas; llega a decenas o centenas de miles de personas que no conoce.
  2. El cuentacuentos relata historias, narraciones, leyendas, consejas que no son en principio suyas, que otros inventaron. Su espectáculo es teatral. Soporta escenografía, música, vestuario, efectos especiales; desemboca en lo que llamamos la narración oral escénica.
  3. El cuentero improvisa –o finge improvisar– para unos cuantos; un pequeño número de personas sentadas a su derredor. No necesita escenografía ni luces ni nada más que su voz, sus gestos, sus movimientos. Cuando está inspirado nos permite asistir a un verdadero acto de creación; es un dios.

Un cuentero utiliza, como lo hacen todos los narradores tradicionales, los recursos propios de la oralidad: las fórmulas establecidas para los principios y los finales; los saludos y las despedidas; los modelos de interlocución, de enfrentamiento a las pruebas que los protagonistas habrán de superar. Es un tributo al origen remoto de los cuentos, y una manera de conservar vivas aquellas antiquísimas formas de narrar; el principio de todo lo que conocemos. 

(Un paréntesis en honor de Eraclio Zepeda, uno de nuestros grandes cuenteros. Contaba Eraclio que cuando era niño, en Chiapas, su familia acostumbraba largas sobremesas. Niños y viejos, mujeres y hombres, algunos amigos, comenzaban a contar historias. Había solamente una regla. Era de madera, medía un metro veinte, y servía para darle en la cabeza a quien se atreviera a preguntar si eso que se estaba diciendo era verdad.)

Mi padre fue un espléndido cuentero. Tenía sus personajes. A la cabeza de todos, Godofredo, un duende que vivía entre las raíces de un pirul que crecía en medio del jardín. De allí, muchas noches, Godofredo salía para llevarnos con él a una nueva aventura. Porque en los cuentos de mi padre nosotros, mis hermanas y yo, éramos con frecuencia personajes.


Hay quienes temen que la creciente alfabetización del planeta atente contra la oralidad. Yo no lo creo. El mundo posmoderno nos enfrenta a nuevas formas de la oralidad, que conviven con las que nos acompañan desde que empezamos a hablar. Las más importantes, tal vez, por su cotidianidad y su alcance, son la radio, la televisión. Es natural que en ellas reaparezcan los recursos propios de esta manera de producir textos: epítetos, tópicos, pasajes formularios, incluso las irregularidades de los tiempos verbales.

La trabazón de la oralidad y la escritura, cada vez más firme, y la entrada en juego de las nuevas tecnologías, nos llevan a nuevas formas de comunicación cuyo desarrollo es imposible prever. Vale la pena recordar dos de las ponencias que se presentaron en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas, en 1997. Octavio Paz, enfermo, próximo al fin de sus días, hizo uso de la palabra al través de la televisión –las videoconferencias son hoy asunto cotidiano–. Y Jacobo Zabludovsky intervino para pedir a los académicos de la lengua que prestaran mayor atención al español hablado; brillante y paradójicamente, lo hizo leyendo un texto que había escrito.

Mientras escribo, en todo el mundo, en esos lugares que comienzan a ser cobijados por la noche, millones de padres cantan o narran a sus hijos cuentos que leyeron o que escucharon de sus padres. Lo hacen en esos momentos que preceden al sueño, que nos preparan para sobrevivir a la terrible vivencia de abandonar la conciencia y sumergirnos en los misterios del mundo nocturno. Aunque no lo sepan, lo hacen para protegerlos, para acompañarlos en las tinieblas, para darles el consuelo que hace falta para afrontar esa cotidiana experiencia de pérdida que significa el dormir. Ninguna otra forma de arrullo puede sustituir a la vieja costumbre de contarnos historias.

No nos preocupemos por la salud de la oralidad. Como lo ha sido siempre, nuestro lenguaje es escrito y es hablado.

Recuerdo una tarde, en Morelia, durante uno de los encuentros internacionales de narradores que se celebraban en aquella ciudad; estoy hablando de 1987, 1988. Después de la sesión de la tarde regresamos a pie y fuimos llegando al bar de La Soledad. Estábamos Edmundo Valadés, Vicente Leñero, Silvia Molina, Rafael Ramírez Heredia, Eraclio Zepeda, Poli Délano… varios más, todos escritores con muchos libros publicados. 

Sin ninguna explicación, mientras llegaba la noche, en la penumbra, Valadez comenzó a contar un cuento. Cuando se acallaron las risas con que festejamos el fin de su historia, tomó la palabra Zepeda y luego lo hicieron Leñero, Poli, Silvia… uno a uno fuimos completando la ronda. Los parroquianos que había suspendieron sus conversaciones. Los meseros se movían con pasos de gato. La Luna se asomó al primoroso patio de piedra y bugambilias para escuchar. Hora y media después nos quedamos callados, unos minutos. “Hace hambre”, dijo El Rayo, y nos fuimos a cenar.


Atisbos

En Viesca

Dicen que en Viesca había una muchacha que tenía una madrastra cruel. Un día en que la joven lloraba ante la tumba de su madre, vio que al lado había crecido un árbol. Comió de sus frutos y se sintió bien. Desde entonces, cada vez que estaba triste iba a buscarlos. La madrastra se dio cuenta y convenció al padre de la niña de que mandara cortar el árbol. Cuando vio lo que había pasado, la muchacha lloró por tres días y sus lágrimas hicieron crecer unas florecillas color de lágrimas que, puestas en sus cabellos, la hacían sentir feliz. La madrastra mandó arrancar las flores. La pobre huérfana se dejó caer sobre la lápida de su madre y volvió a llorar. Un borboteo le hizo alzar la cabeza: de la tumba manaba una fuente. La niña se lavó el rostro y se alzó resplandeciente. La madrastra, que estaba espiándola, se abalanzó en seguida, se enjuagó la cara con aquella linfa y luego bramó horrorizada. Desde entonces todos la vieron tal como era.


Líneas sueltas

Su vida oscilaba entre la tentación del amor y la tentación del suicidio.

Aunque no sepas que son mías, Dios quiera que repitas mis palabas.

Había tanta niebla que todos caminábamos solos.

Si te gustó, ¡compártelo!