Del lenguaje

Una lengua periférica 1/8

Aunque pocos lo reconocían al mediar el siglo xx, mucho tiempo atrás el español había dejado de ser coto de los españoles. Como dijo don Antonio Castro Leal, en el último de los discursos del Primer Congreso de las Academias de la Lengua Española, en 1951, 

si es cierto que empezamos hablando el español que nos enseñaron los misioneros y los conquistadores, después lo hemos cultivado como un instrumento de expresión propia, y habiendo empezado a escribir en el siglo xvi, alcanzamos, en el siglo xix, a producir valores literarios propios que han influenciado y que han engrandecido la lengua española.

Como muestra, don Antonio sacó a relucir a Rubén Darío, “sin el cual no se explica el desarrollo […] de los poetas modernos de España y de América”.

Para 1929, pocos americanos y menos españoles habían advertido que su idioma —de unos y otros— crecía con parejo vigor bajo múltiples cielos. Tan únicamente suya sentían los españoles nuestra lengua, que la Gramática publicada en 1931 por la Real Academia no incluye ninguna cita de un autor que no sea español. 

Sin embargo, en el primer tercio del siglo xx, entre otras obras, Azuela había publicado Los de abajo; Arguedas, Raza de bronce; Vallejo, Los heraldos negros y Trilce; Borges, Cuaderno San Martín y Evaristo Carriego; Pellicer, Piedra de sacrificios; Güiraldes, Don Segundo Sombra; Arlt, El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanza llamas; Gallegos, Doña Bárbara; Gabriela Mistral, Desolación y Ternura; Neruda, Crepusculario y Veinte poemas de amor y una canción desesperada; Guzmán, El águila y la serpiente y La sombra del caudillo; Juana de Ibarbourou, La rosa de los vientos; Huidobro, Altazor… Con estos y otros libros, estos y otros autores igualmente notables habían ido incorporando a nuestra lengua la savia y la sangre de América en diversas variantes de nuestra habla: todas vigorosas e igualmente legítimas que el español de Madrid, pues todas surgían de la historia, el genio y la necesidad de hablantes para los cuales el modo propio de expresión era el español. 

Abundan en las obras mencionadas expresiones y voces que se apartan del español general; igual sucede con autores de allende el Atlántico. En el DRAE —el Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española—, el español general terminaba siendo el castellano de Madrid. Era natural; pero no era científico ni atendía las necesidades de América. 

Vuelvo a 1929, para presentar un ejemplo de esta falta de atención. En febrero de aquel año, tras ímprobos esfuerzos, Daniel Cosío Villegas logró fundar, en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, de la Universidad Nacional, una Sección de Economía —a partir de 1935, sería la Escuela Nacional de Economía—. Los artículos y los libros de la materia estaban casi todos en inglés, y los alumnos, escasos en un principio, no podían leerlos. Para hacer accesibles los artículos, en abril de ese año comenzó a publicar la revista Economía. Como juzgó que no había en México editoriales que pudieran hacer los libros que requería, fue a España y se entrevistó con dos casas editoras: Aguilar y Espasa-Calpe. Llevaba una lista de los libros que quería traducir en México, y editar en España. José Ortega y Gasset, el principal consejero de Espasa, declaró que el día en que los latinoamericanos metieran mano en la actividad editorial de España, la cultura de los países de habla española se volvería “una cena de negros”. 

Don Daniel se vio obligado a buscar otra solución. En abril de 1934, Economía se convirtió en El Trimestre Económico –desaparecido el año pasado–, y en septiembre de ese año fue fundado el Fondo de Cultura Económica. La miopía de Ortega y Gasset trabajó a favor de la independencia intelectual de la América española. ¿No había sido posible contar con la Madre Patria? Pues era tiempo de asumir la mayoría de edad. A partir de entonces, desde México y desde sus filiales —en América y en España—, el Fondo de Cultura Económica contribuyó poderosamente a diversificar y enriquecer la actividad editorial en español –algo que hoy ya no sucede.

Mientras tanto, el idioma seguía creciendo. En todos los campos algo cambia siempre, algo brota, y todo es nombrado en alguna variante dialectal de alguna lengua. Y luego, según sea singular lo nombrado —tsunami, por ejemplo—, o según sea el vigor de cada sociedad, esas formas nuevas irrumpen de unas lenguas en otras, y son más o menos felizmente adoptadas, modificadas o rechazadas. Algunas llegan a imponerse desde los medios y en el uso literario, lo cual patentiza que han arraigado y que, en el caso del español, hace falta que las academias las tomen en cuenta.

Durante más de siglo y medio no las academias, sino la Academia, la Real Academia Española (1713). La única hasta que, 157 años después, guerras de Independencia de por medio, en noviembre de 1870 elaboró los Estatutos que normarían su relación con las academias correspondientes que comenzó a establecer en Hispanoamérica. La primera se fundó al año siguiente, en Bogotá. Las academias americanas fueron surgiendo como correspondientes o, en algunos casos —Uruguay, Argentina, Paraguay—, como asociadas o autónomas, aunque siempre estrechamente vinculadas con la española. 

En el primer tercio del siglo xx, la RAE era dueña del bien decir en español; las academias nacionales y la mayoría de los académicos acataban sin reparo sus disposiciones. Algunos espíritus libres, sin embargo, ya habían ido concluyendo que la corrección del español no podía depender de la forma de hablarlo y escribirlo en un centro único. En 1901, Unamuno escribió:

Desparrámase hoy la lengua castellana por muy dilatadas tierras, bajo muy distintas zonas, entre gente de muy diversas procedencias y que viven en diversos grados y condiciones de vida social; natural es que […] se diversifique el habla. Y ¿por qué ha de pretender una de esas tierras ser la que dé norma y tono al lenguaje de todas ellas? ¿Con qué derecho se ha de arrogar Castilla o España el cacicato lingüístico?

Y dos años después: “Hay que hacer la lengua hispánica internacional con el castellano; y si éste se nos muestra reacio, sobre él o contra él.” 

Y en 1952, al comentar la cita anterior, don Antonio Castro Leal:

La importante corriente cultural que representan en el mundo de hoy España, los pueblos hispanoamericanos y Filipinas, exige un idioma cuyo centro no puede ser ya España, la cual es nada más una de las provincias del vasto territorio de habla española […] La Academia Española de la lengua no puede seguir siendo el árbitro único del español, porque no conoce suficientemente o porque no quiere reconocer la lengua que se habla fuera de España.

[…] Acabo de regresar de un viaje por la América del Sur. Voló nuestro avión ocho horas sobre territorio donde se habla español. Sólo tres lenguas más en el mundo pueden soportar una prueba semejante: el inglés, el chino y el ruso. Pero el español tiene una superioridad sobre el ruso y el chino. Cada una de éstas es la lengua de una sola nación […] Mientras que el español, lo mismo que el inglés […] es un instrumento internacional.

Sigue en Una lengua periférica 2/8


El arte de escribir

¿Dónde están las historias?

Toda la ficción que se ha escrito, en prosa lo mismo que en verso, para el teatro, el cine o la televisión, y todo lo que urden un cuentero, un escritor, un guionista, los fabricantes de mitos y de fábulas, todo lo que atesoramos, de la oralidad al ciberespacio, viene de la experiencia de sus autores, de lo que han vivido las mujeres y los hombres que se dedican a convertir en palabras nuestros sueños colectivos. Las historias no se inventan; las historias se encuentran.


Atisbos

Relicario

Sie kämmt ihr Haar wie mans den Toten kämmt.
Paul Celan

Ella peina su cabello como se peina a los muertos. Asomada a un espejo de sombras yergue el torso desnudo: un relicario le cuelga entre los pechos. Pondría a sus plantas la rosa de espinas que porto. Le diría en silencio palabras oscuras. Bebería en sus manos el sueño. Dormiría a su lado como duerme el viento en las islas. Si conociera el secreto, abriría el relicario para darle a guardar mis huesos.


Líneas sueltas

La ternura es cultura.

Escuchar un texto, o pasarle por encima la mirada, sin entenderlo, es simular la lectura.

Cuida tus palabras. La próxima puede ser la última.

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