Del lenguaje

Del alfabetismo a la lectura

Nada recibimos de nuestros mayores más importante que el lenguaje. Sin darnos cuenta, sin tener en un principio conciencia de lo que estamos haciendo, aprendemos la lengua de la comunidad donde crecemos. Y eso nos da identidad, nos inscribe en una tradición histórica y cultural, nos forma una idea del mundo y un instrumento para conocernos y conocer a los demás; para explorar el universo, ordenar nuestras experiencias y hacer nuestros los conocimientos que nos hagan falta, que más nos interesen.

En nuestro tiempo, algunos idiomas –una minoría–, tienen una doble manera de ser: una forma oral, en que se escuchan y se pronuncian en voz alta; y una forma escrita –con códigos diferentes– en la cual los mensajes pueden anotarse y leerse en voz alta, o emitirse y recibirse sin que intervenga ningún sonido.

Haciendo a un lado algunos casos patológicos, todos los seres humanos tenemos al menos la forma oral de un habla. Y, en las capas sociales más avanzadas, una parte de la población tiene algún conocimiento de su forma escrita: elemental, como lo tienen quienes están meramente alfabetizados, o más profundo, como lo tienen los lectores; es decir, quienes, además de leer cada día lo que deben por motivos profesionales y por necesidad de información, leen también durante un buen rato, por el mero gusto de leer.

Lo ideal es que, en una nación, en una comunidad, todos sus habitantes puedan ser formados como lectores. No hay ninguna razón que justifique que, conscientemente, privemos de esta capacidad a una parte de nuestras comunidades.


El arte de escribir

Sobre la brevedad

Por encima de todo [Torri] ha defendido en “El ensayo corto” la necesidad de ser parco. “El ensayo corto ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez”. De hecho, esta actitud es totalmente coherente con su rechazo de las expresiones demasiado categóricas y desarrolladas, así como con su ideal de la sugerencia delicada y rica en alusiones. Cabe recordar que suele haber en Torri un repudio de todo lo discursivo y lógico para favorecer, en cambio, una visión eminentemente poética. El escritor está convencido de que el poder evocador de la palabra puede captar lo esencial y estimular la imaginación del lector. Según Torri, pues, la “perfección lógica” por medio del desarrollo excesivo no compagina con su alto concepto estético. La brevedad del ensayo corto, en cambio, le proporciona el medio ideal para captar “apreciaciones fugaces” y la “delicada fragancia” de una idea o de una vivencia. Con un mínimo de palabras, Torri ha explicado su actitud fundamental así: “el horror por las explicaciones y amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias. Prefiero el enfatismo de las quintas esencias al aserrín insustancial con que se empaquetan usualmente los delicados vasos y las ánforas”. En fin, se puede afirmar que el ideal de Torri consiste en expresar en la forma más ceñida posible una verdad profunda y original. (Serge I. Zaïtzzef, “El arte de Julio Torri”, en Julio Torri, Obra completa. FCE, México, 2011.)


Atisbos

Tominejos

El rey de Sampcua, que está en esas mismas tierras, de Nombre de Dios adelante, frente a la isla de Las Perlas, regaló al capitán un sol hecho de oro, tan grande como una rueda de carreta y tan grueso como un puño, y una luna de plata, tan grande y gruesa como el sol que dije; también copas, un cangrejo, escudos, cascos, rodelas, todo de oro y muchas colchas de algodón, y otros muchos vestidos, hechos de manera maravillosa. Dicen que también había unos tominejos hechos con hilos de plata y oro, que cuando la india que los trajo los tomaba comenzaban a cantar. Y que todos se maravillaron, porque nadie había visto nunca que unos pajarillos de metal cantasen, y menos con esa variedad de voces con que ésos que digo lo hacían. Sino que dicen que después que se fue la muchacha y nadie volvió a ver sus ojos rasgados, no hubo manera, y fue una lástima, de que los dichos tominejos volviesen a cantar. (De Nuevas navegaciones…, de Antón Gil, el Xamurado.)


Líneas sueltas

Como tus ojos, como el abismo, el horror atrae.

Tantas cosas que pudimos contarnos.

La poesía es el pan de los pueblos.

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