Del Lenguaje

Una lengua periférica 6 / 8

Viene de 5/8

Terminado el Congreso, hacía falta poner en marcha la Comisión Permanente, que debía hacer realidad sus resoluciones. El 8 de junio –1951–, Alejandro Quijano informó que las academias ya trabajaban para designar a sus representantes.

Alemán tenía el mayor interés en la Comisión. Acudió a la sesión del 13 de junio, en la cual se eligió a los representantes de la Academia Mexicana. Guzmán quería ser electo; ofreció que renunciaría en beneficio de la Academia a la remuneración que le correspondiera. Pero se impuso la prudencia del presidente: la labor de Guzmán a favor de la autonomía de las academias estaba completa. José Rubén Romero, Alberto María Carreño y Julio Jiménez Rueda quedaron electos como representantes de la Academia Mexicana en la Comisión Permanente.

La RAE nombró su representante a Agustín González de Amezúa, un diplomático de primera que tomó las riendas y llevó la situación a buen término. Aceptó las decisiones del Congreso y la autonomía de las academias, y a la vez les mostró que la experiencia y los recursos de la RAE eran indispensables. Su labor recibió el reconocimiento de sus colegas. 


Durante los dos meses anteriores, mayo y junio de ese año, Alberto María Carreño había realizado —bajo la orientación del presidente Alemán, supongo— una serie de gestiones ante el representante del gobierno español en México, Justo Bermejo, y ante el director del Instituto de Cultura Hispánica, Alfredo Sánchez Bella, con el objeto de allanar las dificultades que habían impedido que los académicos españoles asistieran al Congreso de Academias y de buscar su participación en la Comisión Permanente. 

Carreño manifestó a Bermejo y a Sánchez Bella que Alemán le había quitado al Congreso todo tinte político: al informar a la Academia Mexicana que estaba en contra de que se cancelara el Congreso, al proponer la creación de la Comisión Permanente, y al pedir que se solicitara a España que nombrara a un representante de la RAE en dicha Comisión. La Academia Española, dijo el señor Carreño, haría muy bien en aceptar la invitación; y muy bien harían las autoridades españolas en no poner obstáculos. Rehusar significaría la ruptura de las buenas relaciones que hasta entonces habían existido entre la RAE y sus correspondientes.

El 31 de mayo, Sánchez Bella le contestó a Carreño que había un proyecto para “proponer la convocatoria en Madrid de una reunión estrictamente científica, para que, al margen de las actividades políticas, que todo lo enturbian, se sepa hacer labor unitaria, labor creadora y labor unitiva, en la que participen todos con igual jerarquía.”

La propuesta era muy grave; equivalía a que la Academia Española desconociera lo que todas las demás academias habían hecho en México. Carreño habló de nuevo con Bermejo y le hizo ver que ese camino llevaría a un rompimiento definitivo con las academias. Bermejo comprendió la gravedad del caso y se dirigió a su gobierno para hacerle ver las consecuencias que podría tener esa reunión en Madrid. El 15 de junio, Carreño dirigió a Julio Casares, secretario perpetuo de la Academia Española, una carta donde le informaba sobre la situación y subrayaba lo importante que sería para la lengua española que sus academias pudieran trabajar colaborando unas con otras.

El 4 de diciembre se reunieron Agustín González de Amezúa, de la RAE; Félix Restrepo, de la Colombiana; Isaac J. Barrera, de la Ecuatoriana; Moisés Vincenzi, de la Costarricense; Alberto María Carreño, José Rubén Romero y Julio Jiménez Rueda, de la Mexicana, para dar principio a las labores de la Comisión Permanente, cuya creación había sido aprobada el 5 de mayo de 1951 por el Congreso de Academias. 

De inmediato González de Amezúa propuso que Miguel Alemán fuera designado presidente honorario de la Comisión. Alberto María Carreño sugirió que González de Amezúa ocupara la presidencia de la Comisión, y que Romero ocupara a un mismo tiempo la vicepresidencia y la tesorería. Todo fue aprobado. 

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El arte de escribir

De las ventajas de vivir acompañado

Una de aquellas noches, finalmente, hubo que hacer a un lado el libro. La urgencia era salir al mundo y aplicarse a romper todas las formas de cautiverio, a imponer la justicia –no simplemente las leyes, que tantas veces son instrumentos para lograr lo contrario.

“Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban.”

Lo primero eran las armas: armadura, escudo, lanza, la espada de los bisabuelos. Sacarlas del rincón donde tanto tiempo habían estado ociosas. Desempolvarlas, afilarlas, darles brillo.

Lo segundo era el caballo, pues un caballero, por definición, va por el mundo en su montura. Cuatro días con sus noches fueron dedicados a encontrar el nombre que debía llevar su rocín.

Lo tercero era su propio nombre, su identidad, y eso le llevó el doble de tiempo. Aquel hidalgo de quien no es seguro si se llamaba Quijada o Quesada o Quijana o Quijano decidió ser Don Quijote. A imitación del preclaro Amadís, quiso que con el suyo, para hacerlo igualmente inmortal, fuera unido el de su patria, y fue así Don Quijote de la Mancha.

Por último, “se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma… Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos, y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso”.

Provisto de armas, caballo, nombre y dama de la cual vivir enamorado, salió Don Quijote al campo. Enseguida reparó en un incómodo descuido burocrático: no había sido armado caballero. Lo resolvió como pudo, pasando por encima de las normas: un ventero y un patio, en lugar de un noble y una capilla. Al día siguiente, la gloria: haber obligado a aquel bellaco a que desatara al muchacho al que azotaba y se comprometiera a pagarle lo que le debía. (Así fuera ilusoria, pues sabemos lo que sucedió en cuanto el caballero se perdió de vista.) Luego el infortunio: Rocinante tropieza y un malandrín se aprovecha del hidalgo caído y con su propia lanza le muele las costillas; el regreso a la aldea, delirando, en el burro de un vecino que por fortuna lo reconoce.

¿Por qué razones –porque esto no está escrito– decidió Don Quijote que le hacía falta compañía? El caso es que en los quince días que pasó en su casa, conversando con sus dos compadres, el cura y el barbero, amorosamente atendido por su sobrina y el ama, contrató “a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer e hijos y asentó por escudero de su vecino”.

De ahí en adelante Don Quijote está completo. De ahí en adelante tiene un testigo y un interlocutor. De ahí en adelante, en el diálogo entre estos dos personajes, la novela comienza a crecer hasta convertirse en el monumento inabarcable que cuatro siglos –más los que vengan– de diálogo renovado, entre sus lectores innumerables, han seguido –y seguirán– haciendo crecer.


Atisbos

El tereyasi

Dicen que el tereyasi es un pájaro grande, muy silbador, azul, verde y amarillo. Que llega al pardear la tarde y se para en los aleros de los tejados; allí lanza su grito, yasi, yasi, yasi… Es gran cazador de peces, ranas y ajolotes, y le gustan las guayabas, los higos, los duraznos, pero más que nada las granadas. Las abre como si las acariciara, mete el pico y se lleva solamente un grano, brillante como un rubí o como la carne abierta. 

La gente persigue al tereyasi, lo espanta, lo mata porque dice que con la primera estrella se convierte en un enano que se roba a las muchachas. Dicen que se le conoce en que lleva siempre un sombrero de paja, de alas muy anchas, con una pluma azul, otra verde y otra amarilla, y un bastón de oro con un rubí. Dicen que otros nunca espantan al tereyasi. Lo siguen, lo acechan, esperan atraparlo cuando se vuelva el enano, porque quien tenga su bastón se hará irresistible a cualquier mujer.


Líneas sueltas

Tu fiera y altanera juventud, ¿dónde ha quedado?

¡Que tus dedos fueran conmigo tan doctos como son con la guitarra!

Cada vez que hacía falta, volvía a jurar un amor eterno.

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