Del lenguaje

Cuentos y no cuentos

Toda lectura es especializada, dijimos en la columna anterior. Si a un lado de las lecturas que hagamos por causas de trabajo, de estudio, para informarnos, nos volvemos lectores de literatura, acabaremos especializados por géneros, épocas, nacionalidades, autores, movimientos… Según lo he comprobado decenas de veces, un lector de cuentos –y más de novelas– puede no estar preparado para leer cuentos cortos.

En 1992, la Musa y el Garabato, un libro de cuentos cortos que yo escribí, estuvo cerca de recibir el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores. Luego supe, me lo dijo alguno de los jurados, que finalmente no había ganado porque ¿cómo podía ser que se premiaran esos textitos miserables de unas cuantas líneas?

En 2011, Conjuros,otro libro mío, también de cuentos cortos, que recoge un buen número de los incluidos en la Musa, recibió el Villaurrutia. Mi teoría es que en esos veinte años que separan estas dos fechas, durante los cuales los géneros breves tuvieron un auge creciente, muchos más lectores aprendieron a leerlos.

Cuando digo cuentos cortos quiero decir cuentos muy breves, brevísimos, pero completos. Es decir, relatos donde hay una historia entera: un personaje que se enfrenta a un conflicto. Puede resolverlo o no, puede dejarlo abierto, apenas insinuarlo… pero no puede prescindir de él. Porque estos cuentos son para lectores muy activos, verdaderos cómplices de los autores; que disfruten poner su parte para completar la historia.

Hay que distinguir estos cuentos de otros géneros asimismo interesados en la brevedad: epigramas, jitanjáforas, greguerías, palíndromos, microrrelatos, minificciones… que a veces terminan en meros juegos de palabras y en otras pueden ser deslumbrantes, pero que nunca contarán una historia.

Tomemos tres greguerías, de Ramón Gómez de la Serna: “La luna necesita gatos. / Los ojos sin tiempo de las estatuas. / Los trenes siembran melancolía.” Son tres viñetas, o estampas, o cartones… magníficos, pero no cuentos. Veamos una cuarta que es un cuento cabal; es decir, un relato donde hay personajes en conflicto: “Enceraba el piso con esmero, a ver si resbalaba la patrona”.


El arte de escribir

Voces milenarias

Cuando se entera de que ha muerto su marido; su grande, desbordante, solo amor, Susana San Juan estalla:

¿Florencio? ¿De cuál Florencio hablaba? ¿Del mío? ¡Oh!, por qué no lloré y me anegué entonces en lágrimas para enjuagar mi angustia. ¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?

Cada vez que vuelvo a estas palabras, “¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”, vuelvo a sentir el aliento de otra boca enamorada, mil años distante, que me susurra al oído, en un suspiro: ¿Qué haré, qué será de mí? Y enseguida, con idéntica vehemencia:

Dime, ¿qué haré yo?,

¿cómo viviré yo?

Amado,

no te apartes de mí.

En la voz exaltada de Susana San Juan, en las palabras que seguramente muchas veces anotó y tachó y repitió en voz alta y volvió a escribir Juan Rulfo, me gusta –me asombra– percibir los ecos de las jarchas.

(Las jarchas, las muestras más remotas de la lírica romance, son pequeñas canciones tomadas o imitadas de la tradición popular, que sirven de salida a una composición mayor, la moaxaja, escrita –¡extremos del artificio!– con el fin de llegar precisamente a esos versos, de rematar con ellos. Las moaxajas son poemas cultos, en árabe o en hebreo; las jarchas están en mozárabe, el dialecto que al despuntar el siglo X hablaba el pueblo de Al Ándalus, donde surgió esta forma poética, y que acabaría por fundirse en el castellano.)


¿Cómo pudo aquel eco salvar tan gran distancia? El segundo motivo de asombro es una posible respuesta a esa pregunta. Podemos llamarlo, no sin misterio, el de las lecturas oportunas.

Me gusta –me asombra– establecer, en el reino de lo probable, cómo pudieron llegar, un milenio después, las palabras del evidentemente culto poeta medieval, que toma –o recrea– una expresión popular, al narrador, igualmente letrado que, del otro lado del mar, las recoge para expresar de nuevo el mismo desconsuelo de una mujer que ha perdido a su enamorado. 

Llama la atención que una misma pregunta se repita: “¿qué haré, qué haré yo?” La fórmula es poco frecuente en nuestras coplas populares –ahí están para probarlo los cinco tomos del Cancionero folklórico de México–. Abunda, en cambio, en las jarchas, que dan siempre voz a una muchacha.

Si lo que sigue puede parecer una fantasía, la forma en que conspiran las fechas me permite cultivarla: lector voraz y curioso, atento a las novedades, en 1949 Rulfo leyó, en el número 33 de la Revista de Filología Española, publicada en Madrid, el ensayo “Cancioncillas de amigo mozárabes. (Primavera temprana de la lírica europea)”, en el que Dámaso Alonso dio a conocer el extraordinario hallazgo de Samuel Miklos Stern: veinte textos poéticos románicos, algunos anteriores a la obra de Guillermo IX, duque de Aquitania, el más antiguo de los trovadores.

Otra versión, cercana a la anterior, pero mucho más probable, por causas de proximidad y de amistad entre los protagonistas: en 1952, cuando ya trabajaba en Pedro Páramo, que aparecería tres años después, Rulfo leyó, en el tomo 6 de la Nueva Revista de Filología Hispánica, publicada en México, el artículo “Jarchas mozárabes y refrains franceses”, donde nuestra pregunta aparece por triplicado: “¿Qué faré, mamma?”, “Gar, ¿qué fareyu?”, “¿Qué fareyu, ou, qué será de mibi,/ habibi?”.

Una tercera posibilidad –pero ninguna excluye a las demás–: el artículo –antes fue una conferencia dictada en el Ateneo Español– “El nacimiento de la lírica española a la luz de los nuevos descubrimientos” que en enero de 1953 Cuadernos Americanos publicó, también en México.

¿Habrá leído Rulfo alguno de estos artículos? Y, ¿por qué no? Y, ¿por qué no los dos? Me gusta –me asombra– suponerlo porque me permite reunir a dos de mis más queridos y admirados maestros, ambos miembros de mi Academia: el enorme escritor que es Juan Rulfo, y la incansable, curiosa, rigurosa autora de los dos artículos aparecidos en México: Margit Frenk.


Atisbos

Caricias

Cuando los discípulos se acercaban a una aldea, los primeros en salir eran los niños. Aquellos chiquillos irritaban a los discípulos que intentaban echarlos. Un día Jesús los reprendió:

–Dejad que los niños vengan a mí –y los acariciaba–: En verdad os digo, si no os volvéis semejantes a estos pequeños no tendréis parte conmigo.

Y Judas también posaba sus manos en los rizos; pero Jesús lo miró como un relámpago y dijo:

–Ay de aquél que escandalice a uno de estos niños.

Y Judas suspendió la caricia.

Lanza del Vasto, Judas, Jus, México, 1998.


Líneas sueltas

El tiempo para gozar el presente es antes o después.

Si ya no te gusta lo que escribiste ayer con gran entusiasmo y te entran dudas si vale la pena publicarlo, no te hagas caso. Ten fe en que de todas maneras lo van a leer pocos y la seguridad de que se publican cosas mucho peores.

¿Monogamia? Claro que sí, pero no hay que exagerar.

Mariana Frenk-Westheim, Y mil aventuras, México, Universidad Autónoma Metropolitana (Molinos de Viento 121), 1997.

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