Del lenguaje

Escritura y lectura especializadas

Hay quienes creen que la lectura y la escritura se especializan cuando se llega a la enseñanza media o superior. Pues cada campo de conocimiento, creencias, ritos; cada profesión, deporte, juego, oficio; cada arte va desarrollando, en el inmenso campo del lenguaje, una parcela propia. Y mientras más especializados sean los oficios, las aficiones, los conocimientos, más pequeña y secreta será esa parcela.

 En enorme medida, estudiar una carrera universitaria, aprender un arte o un oficio, hacerse sacerdote o policía o corredor de automóviles o hacker consiste en volverse un experto en el lenguaje propio de la parcela correspondiente. Cuando aprende a hablar como médico, como clérigo, como abogado, el Periquillo Sarniento puede suplantar a esos profesionales y, al menos por un tiempo, mientras no es descubierto, atender pacientes, pedir limosna, enredar a su favor algunos asuntos.

Al llegar a los niveles superiores de cualquier conocimiento, oficio o profesión, de cualquier práctica social, la escritura y la lectura irán abarcando parcelas de lenguaje cada vez más pequeñas y secretas; se irán haciendo cada vez más privadas. Pero ese proceso comienza desde el momento en que un infante entra en contacto con el lenguaje escrito, con las palabras y las imágenes.

Porque el lenguaje está siempre anclado en la realidad. Nadie aprende a leer y a escribir, imágenes ni palabras, en el vacío. Las palabras y las representaciones gráficas nos remiten siempre a las formas de la realidad.

El niño que puesto en brazos de su madre o de su padre tiene enfrente un libro de cuentos de hadas –seguramente algunos ya le fueron contados–, está iniciándose en una lectura especializada. Para disfrutarla requerirá conocer sus convenciones, y mientras mejor las conozca más la gozará. Aceptará que los animales hablen, que las hadas y las brujas tengan poderes, que sea el hermano menor o la más pequeña de las hijas quienes finalmente triunfen… Y, con poco que se le ayude, irá dibujando a los personajes que más quiere o teme. Irá hablando de ellos y los empleará como referentes para el resto de su vida.

Con el tiempo, esa criatura irá sumando especialidades. Las irá aumentando a partir de lo que lea y escriba, de las palabras que use para relacionarse con otros.


El arte de escribir

Contador de historias

La literatura comienza narrada por la voz viva. En los siguientes fragmentos de sus Textos autobiográficos, Mariano Azuela describe como cuentero a su abuelo materno.

Sólo en tiempos de aguas, obligados por la inclemencia de la lluvia a quedarse en casa se armaba la bronca: gritos, protestas, lloriqueos que ni las cariñosas amonestaciones maternas, ni las miradas preñadas de amenazas de papá lograban desbaratar.

La clave de nuestro silencio sólo el abuelo materno la tenía en sus manos.

–Siéntense, niños. Les voy a contar un cuento.


Formándole estrecho ruedo, sentados en el suelo, pendientes de sus labios, mirándonos en sus ojos zarcos y claros, como en el fondo de un pocito de agua abierto en la arena, espiábamos su palabra y su gesto. En sus carrillos totalmente afeitados brillaba una pelusilla parecida a la de los talayotes [una especie de calabaza] tiernos y a ellos debía el sobrenombre de Talayotito por el que era conocido entre sus viejos compañeros de la arriería, amigos y conocidos.

–Ahí tienen ustedes nomás para bien saber y mal contar, que si fuere mentira, pura harina, si fuere verdad pan será: el pan para los muchachos, el vino para los borrachos y el chirrión para los machos [el chicote para los mulos].

Cruzaba sus largas manos surcadas de azulosas venas y plegadas de arrugas, entrecerraba los ojos y se chupaba los dientes. Se oía el menudo rumor de la lluvia.

–Les voy a contar el de Pedro de Urdimalas.

Embobecidos, no perdíamos gesto ni voz. Sin el más leve esfuerzo, como agua que mana en cascada, fluía, fluía su palabra sencilla y fácil. La frase aguda, el gesto alerta mantenían siempre fija la atención de su auditorio. Auditorio que a veces era también de amas de cría y de barbones. 


Por su sal y su gracia fue famoso. De ranchos y pueblecillos venían por él, se lo llevaban y lo tenían secuestrado, haciéndole contar cuentos. Mientras, salían de los peroles los elotes cocidos por otoño, o de las chirriantes cazuelas los buñuelos por Noche Buena.


Bien pasados los sesenta, después de azotar los caminos reales durante cuarenta años como arriero, arruinado por haberle prestado su firma a un camarada, viudo y con sus hijos casados, había venido a recluirse en un solar árido, a tres y media leguas de Lagos. De tarde en tarde, quizá con el intento de revivir tiempos idos, fletaba mercancía para tierra adentro o a mercados de Michoacán. ¡Con qué ansioso regocijo esperábamos día a día las calabazas en tacha cristalizadas en almíbar, aquellos guajes ventrudos llenos de melaza que se nos escanchaba en los labios! ¡Los viejos trapiches de Taretan!

Hasta sus pósteros días conservó una loca pasión por las carreras de caballos. Perdería una sonada corrida de toros y hasta la santa misa de Dios, por ir a ver correr un potro o una yegua famosa. Del privilegio de las carreras sólo los dos mayorcitos disfrutamos. La diversión en verdad no era de lo más inocente. Por lo demás el llevar consigo “gente grande” lo excusaba de intervenir en las discusiones y le permitía ponerse al margen de disputas reñidas y peligrosas. A sus conocimientos de las reglas del juego y a su honradez indiscutible se debía a menudo que se deshicieran tumultos, sirviendo como árbitro entre los partidos.

Regularmente, pasada la carrera principal, mucho después del mediodía, cuando el pulque comenzaba a fermentar en las tripas de los jugadores o el mezcal les calentaba la cabeza y en el bochorno de la hora se oían los primeros alaridos de alegría y resonaban las primeras insolencias, nos anunciaba el regreso, con el pesar de los tres. Pero cuando comenzaban a pelar machetes y pistolas, forcejeando en sus fundas de cuero, ya no había más espera:

–Ahora sí, niños, apíense y aprieten cinchas.

De un salto nos poníamos en el suelo, al flanco izquierdo de nuestros cuacos, un pie apalancado en el animal, un recio jalón de la correa hasta el último agujero, un pujido de la bestia y listos. Una de las mejores emociones de la fiesta era ésta: bajarle la cuarta al caballo y galopar dejando un torbellino de polvo, oyendo muy lejos ya los balazos. Al tranco de nuestros cuacos entrábamos por el barrio del Molino, ropa, cabeza y manos blancas de tierra.

Por acuerdo tácito, nadie chistaba acerca de estos famosos fines de fiesta: habría sido lo mismo que renunciar a ellos para siempre.

El Talayotito vivió poco más de noventa años y se fue como vivió, tranquilamente, dulcemente. Yo acababa de llegar de Guadalajara con mi flamante título de médico, cirujano y partero, y por primera vez sentí el ridículo y la falacia de mi respetable profesión. 


Atisbos

El capitán

E luego dijo el capitán que nadie lo siguiese porque aquella empresa los cielos se la habían señalado y sólo la fuerza de su brazo podría acometerla. Vímoslo bajar con la espada en la mano e la cabeza descubierta, entre aquellos árboles tan altos que escurecían la mañana. E unos dijeron, luego que no volvimos a verlo, que el mucho sol y el poco descanso le habían consumido la cordura. E otros que había sido la codicia, porque en aquellas tierras había oro, e más río abajo. Y para mí me tengo que no fue el sol ni los trabajos pasados y ni siquiera la gana y el gusto del oro, sino aquella muchacha de tetas picudillas y cabellos crespos que olía a tamarindo y le dio a probar su carne, de color loros, sus ojos de capulín. [De Nuevas navegaciones…, atribuido a Antón Gil, el Xamurado.]


Líneas sueltas

Más y más lejano aquel día, cualquiera, no importa cuál.

Te daré el fuego, te lo he prometido. Te daré el viento.

No te asomes; sólo es un espejo de palabras.

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