Del lenguaje

Alma de poeta

Lo bueno es que en la escuela de los señores Aceves se leía mucho. Aparte de los libros escolares, el profesor Aceves nos daba una sesión semanal a base de libros más avanzados. Recuerdo con toda claridad la impresión que me produjo La canción de Rolando, en texto abreviado para niños: todos nos convertimos en caballeros medievales armados con durandales, joyosas y santaclaras de otate y carrizo.


Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela del gobierno, me puso sencillamente a trabajar. Y así, a los doce años de edad entré como aprendiz al taller de don José María Silva, maestro encuadernador, y luego a la imprenta del Chepo Gutiérrez. De allí nace el gran amor que tengo a los libros en cuanto objetos manuales. El otro, el amor a los textos, había nacido antes por obra de un maestro de primaria a quien rindo homenaje: gracias a José Ernesto Aceves supe que había poetas en el mundo, además de comerciantes, pequeños industriales y agricultores. Aquí debo una aclaración: mi padre, que sabe de todo, le ha hecho al comercio, a la industria y a la agricultura (siempre en pequeño) pero ha fracasado en todo: tiene alma de poeta.


El arte de escribir

Escritura y oralidad 2/4

Viene de 1/4

Un poema épico sumerio –escribe José Luis Martínez— inicia la literatura conocida de la humanidad. Entre los millares de tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes, halladas en 1846 en la llamada Biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, se encontraron algunas en lengua acadia, babilónica y asiria, probables copias de otras sumerias del tercer milenio antes de Cristo, que contienen fragmentos de un poema de excepcional importancia: La epopeya de Gilgamés. Sus protagonistas son héroes con problemas humanos: el tiempo y el poder, la amistad y el amor, la muerte y la inmortalidad…

Enkidú, un hombre salvaje, cubierto de vello, que se alimenta de hierbas y vive rodeado por un rebaño de gacelas, ha atemorizado a la región con “el peso de su fuerza”. Siguiendo el consejo de Gilgamés, un cazador va a su encuentro acompañado por una ramera del templo, para domarlo. Lo encuentran bebiendo en un ojo de agua, junto con sus bestias. Habla entonces el cazador:

“¡Ahí está, ramera! ¡Descubre tus senos,
desnuda tu pecho, y que posea tu belleza!
¡No tengas vergüenza! ¡Acepta su ardor!
Así que te vea querrá poseerte.
Quítate el vestido y que yazga sobre ti;
cumple con el bruto tarea de mujer,
y su rebaño, que medra en el llano, huirá de él,
porque el hombre habrá conocido tu amor.”
La ramera descubrió sus senos, su cuerpo,
y él se acercó y poseyó su belleza.
Sin vergüenza, la mujer aceptó su vigor:
se quitó el vestido, y sobre ella él descansó.
Seis días y siete noches Enkidú
conoció a la mujer, se allegó a la ramera,
hasta que cansado de yacer con ella,
decidió salir en busca de sus bestias;
pero al verlo, las gacelas emprendieron la huida,
los rebaños del llano se apartaron de su cuerpo.
Enkidú tuvo miedo, temblaron sus miembros,
inmóvil se quedó, mientras huía su rebaño.
Enkidú no podía correr como antes,
mas su espíritu ahora era sabio, comprendía.
Volvió a sentarse a los pies de la ramera
y levantó los ojos para ver a la mujer,
dispuesto a escuchar lo que ella dijese.
La ramera habló así al hombre Enkidú:
“¡Eres sabio, oh Enkidú, eres bello como un dios!
¿Por qué vagas por el llano con las bestias?
¡Ven conmigo! Te llevaré a la amurallada Uruk,
al gran templo, morada de Anu y de Ishtar,
donde vive Gilgamés, el esforzado héroe,
que es como un fiero toro en medio de su gente.”

Así dijo la mujer, y él aceptó sus palabras
Porque su corazón anhela un amigo.
El divino Enkidú contesta a la ramera:
“¡Vamos, muchacha, llévame al templo
puro y sagrado de Anu y de Ishtar,
donde vive Gilgamés, el esforzado héroe,
que es como un fiero toro en medio de su gente!
Le lanzaré mi reto, osado le hablaré.”

Nada resta de aquellas mujeres ni de aquellos hombres que supieron por primera vez de Enkidú y Gilgamés. Apenas quedan dudosos vestigios de sus ciudades amuralladas, de sus templos, de sus elevados zigurat, derruidos por las armas y por el tiempo. Nada queda sino sus palabras, y en ellas viven sus ambiciones y temores, sus ideas y leyes, sus proezas, sus dioses y su amor. Pues nada, ni la piedra ni los metales ni los muros resiste a la muerte ni al olvido tanto como esa tenue vibración del aire que es la palabra. Nada, por eso, nos protege de la experiencia de la pérdida con mayor eficacia que la palabra, con su promesa de inmortalidad. Pues todo es como un tañido de flauta, como un paso de danza.

¿Quién puede resignarse al brevísimo espacio de la vida propia? ¿Quién puede contentarse con sólo esa experiencia? Desde los tiempos en que se compuso La epopeya de Gilgamés, desde todos los tiempos anteriores, la literatura, como todas las artes, alimenta nuestro espíritu y, más claramente que otras artes, multiplica nuestra experiencia al desdoblarla; nos deja vivir otras vidas. Leer nos construye y nos reconstruye y ciertos libros tienen la virtud de transformarnos; la lectura de obras literarias forma parte sustantiva de nuestra experiencia vital.

Cuando leemos literatura, por caminos inesperados vamos al encuentro de nosotros mismos, y algunos libros nos acompañan a lo largo de la vida.  Elías Canetti dice de La epopeya de Gilgamés:

Al perder Gilgamés a su amigo Enkidú se produce una terrible confrontación con la muerte, la única que no deja en el hombre moderno el amargo resabio del autoengaño. […] ninguna obra literaria, literalmente ninguna, ha incidido tan decisivamente en mi vida como esta epopeya, que tiene cuatro mil años y cuya existencia nadie conocía hasta hace un siglo. Yo la conocí a los diecisiete años, y desde entonces no me ha abandonado; siempre he vuelto a ella como a una Biblia y, aparte de su influencia específica, me ha dado grandes esperanzas de hallar aún cosas desconocidas.

La muerte de Enkidu es una pérdida decisiva para Gilgamés, el nudo de la historia y una razón profunda para la fascinación del escritor. Con mayor o menor conciencia de ello, más o menos temerosos por la certeza de nuestro propio aniquilamiento, todos vivimos rodeados de pérdidas. Algunos tienen pérdidas más visibles o más dramáticas o más profundas que otros. En todo caso, necesitamos aprender a llevarlas con nosotros. Desde la primera infancia, el arte nos protege contra la pérdida; en especial la literatura, que nos muestra cómo otros seres humanos han soportado y superado sus pérdidas, nos defiende de los efectos desoladores de esa experiencia y aun nos enseña a aprovecharla.

Siguen en 3/4


Atisbos

El ángel roto

–No, mamita, te juro que no es cierto –gritaba Chío llorando, pero mamá siguió maltratándola, en la otra recámara, mientras la Tere y yo nos agazapábamos juntas, bajo las sábanas, sin respirar, viéndonos los ojos que brillaban con un gusto raro.

–Desgraciada –dijo mamá bajando la voz, pero se oía clarito, con todo y la tele encendida–. ¿Desde cuándo? Me lo vas a decir.

Chío ya no hablaba, no protestaba, no se rebullía siquiera. Lloraba quedito, con un llanto manso.

–No es cierto, no lo creo –dijo mi hermana muy bajo.

Yo no dije nada. Sabía que era verdad. Yo los vi, atenta a los gemidos de Chío. Y luego, ahí estaba el ángel roto, de barro negro, el de la repisa. Yo vi cuando lo tiraron. 


Líneas sueltas

Tenía, siempre, que ser más feliz que los demás.

Dos buenos amigos no necesitan estar siempre de acuerdo.

Tuvo un día espléndido: no le pasó nada.

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