Nuestro planeta se electrificó a finales del siglo XIX. Entre 1870 y 1900 se produjo la tecnología para que las grandes ciudades instalaran redes eléctricas de alumbrado público y las industrias adoptaran motores y maquinaria eléctrica. El cambio fue vertiginoso y transformó completamente a la humanidad.

En la tradición occidental, los primeros en observar y nombrar fenómenos eléctricos fueron los griegos. Tales de Mileto describe el efecto obtenido al frotar una pieza de ámbar con una tela: el material ha adquirido carga eléctrica y se vuelve capaz de atraer partículas pequeñas. La palabra griega elektron significa ámbar. La respuesta de otros materiales resulta en repulsión de partículas de donde se plantea la existencia de dos tipos de carga con características opuestas. Durante los siguientes siglos se discutió, sin progresos notables, el tema de las electricidades: vítrea y resinosa. 

Los pioneros modernos en el estudio de la electricidad fueron personajes como Benjamin Franklin, quien por 1752 propuso famosos experimentos con cometas para demostrar que los relámpagos de una tormenta eran efectivamente fluido eléctrico. La carga obtenida de piezas metálicas en el cometa debía poder alimentar una vasija de Leyden, que es un condensador electrostático concebido en 1745 por von Kleist y van Musschenbroek. No se sabe si Franklin realizó dichos experimentos, pues en sus publicaciones no es claro, pero sí hay historias confirmadas de personas que murieron por descargas eléctricas al hacer experimentos de ese estilo.

En 1800 Alessandro Volta presentó a la comunidad científica la primera batería, que era una pila de rondanas de cobre y zinc, alternadas, separadas por piezas de cartón mojado en ácido. En el circuito se observaba una corriente eléctrica continua al conectar los extremos de la pila, demostrando que se puede obtener electricidad de una reacción química. 

Humphry Davy construyó equipos de arco eléctrico para, en 1808, hacer una demostración a gran escala de un arco entre dos electrodos de carbón, sometidos a la tensión que entregaba una batería de 2000 celdas voltaicas. En París, en 1844, los ingenieros Deleuil y Foucault iluminaron la Plaza de la Concordia con un intenso arco eléctrico (¿de ahí la Ciudad Luz?). 

Michael Faraday, muchos años asistente y discípulo de Davy, descubrió el fenómeno de inducción electromagnética en 1831, lo que permitió después la concepción de motores y generadores eléctricos, y el uso de la corriente alterna. Muchas de las importantes aportaciones de Faraday fueron punto de partida para que James C. Maxwell, nacido en 1831, sentara las bases de la teoría electrodinámica clásica: existe un campo electromagnético en el que se propagan ondas producidas por el movimiento y la energía de cargas eléctricas. La luz tiene la misma naturaleza que estas ondas. 

Entre los protagonistas de la gran mutación tecnológica de finales del siglo XIX están Nikola Tesla, Werner Siemens, Thomas A. Edison, George Westinghouse y Charles A. Parsons, inventores del motor polifásico, del foco incandescente, de generadores, dinamos, alternadores, turbinas, transformadores y emisores de ondas de radio. Ellos fueron creadores de redes eléctricas y de nuevas empresas. Las ideas de aquel tiempo, intocadas, son la base de una parte importante de nuestra tecnología.

Para cerrar ese siglo con broche de oro, Joseph J. Thomson realizó en 1897 los trabajos por los que es considerado el descubridor de la primera partícula subatómica: el electrón. 

La electricidad es hoy nuestro vector de energía favorito. Es silenciosa, eficiente, maleable y potencialmente limpia. Puede ser transformada en luz, movimiento y calor. Es ingrediente fundamental de nuestra tecnología de comunicación, de nuestra forma de comprender el mundo, de nuestros archivos y memorias. Esta, nuestra civilización eléctrica, tiene apenas 150 años. ¿Podemos imaginar nuestras vidas sin electricidad?, ¿cómo seríamos sin radio, teléfono, computadora o refrigerador? Así fue el mundo hace no tanto tiempo. 

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