Es un hecho de diván que en el discurso de algunos hablantes habitan abrumadores “fantasmas de miradas y voces” que crean un ser a medida, un lecho de Procusto para indicar el rumbo a seguir: la hora para levantarse y acostarse, la ropa, la comida o la pareja a “elegir”. Y por más paradójico o descabellado que suene, esas miradas y voces, esos fantasmas, le dan consistencia a la vida. 

Claro, esto no es sólo una maquinación sino el resultado de un largo proceso que inicia antes de nacer. Cuando una madre y un padre juegan a imaginar cómo será su hijo, anticipan a través de su deseo al ser que está por venir, de manera que cuando ese hijo llega al mundo, lo hace en un estado de prematuración, porque no posee los mecanismos para sobrevivir sin la asistencia de un otro. Lo que el otro realiza con estos actos es una interpretación de lo que el pequeño querría, por ello, el hijo es, en cierto sentido, objeto de la decisión de ese Otro que cree saber lo que el pequeño “quiere”. 

Conforme se van dando tiempos de estructuración subjetiva necesarios para el desarrollo, el sujeto se va diferenciando de las demandas, mandatos e imperativos maternos (principalmente) sobre cómo transitar la vida. Esto ocurre en la medida en la que existan espacios de cuestionamiento hacia quienes han ejercido la función de padres donde el sujeto desarticule, hasta cierto punto, ese Todo de la demanda. Así se forja una respuesta subjetiva particular, un deseo propio más allá de las peticiones proferidas por el Otro

En ocasiones, esta operación, que implica ir más allá del deseo parental, conlleva “retazos” que no pudieron ser elaborados, es decir, elementos que no se subjetivaron, ni se inscribieron en el registro de un deseo propio. En este sentido, digamos además que hay “de padres a padres”: algunos no permiten que sus hijos propongan un camino, una forma particular, no otorgan un lugar de construcción subjetiva, el lugar desde el cual se pueda “restar del deseo de los padres”. 

Infinidad de sucesos contingentes, como peleas con un jefe, discordias con un familiar o, por qué no, una cuarentena, pueden remitir a ese estado de primordial indefensión, a esa posición primera y alienante que deja al sujeto a expensas nuevamente de las demandas imperativas. Cualquier contexto de alienación actual puede precipitar a una ruptura del tejido de representaciones de la realidad y despertar una respuesta subjetiva de defensa: la angustia, la cual aparece, en el mejor de los casos, como una señal de que la persona se encuentra como objeto, es decir, a merced del deseo del Otro sin cuestionar.  

En contraste con lo que se suele pensar, angustia es el nombre de una defensa que se yergue frente a lo que puede quedar oculto como respuesta única e irrepetible. O sea, la angustia señala que hay posibilidad de salir de “la trampa”, su función es justamente despertar a la persona de su eternizado adormecimiento y que deje de actuar para un otro.

Existen, además, las llamadas angustias automáticas que suponen un paso al costado de la “simple” angustia, son nombradas así debido a que algo retorna mecánicamente sin mediación de una malla simbólica de la cual la persona consiga sostenerse. Es aquí donde pueden aparecer todas las variedades o fenómenos del desborde energético sobre el cuerpo: ataques de pánico, terrores nocturnos, pesadillas, ansiedades, etc., efectos que ponen en jaque a la subjetividad desbordando la estructura psíquica. Estas manifestaciones somáticas son consecuencia de huellas que no pudieron hacer historia, que no se encadenaron en palabras ni tuvieron la posibilidad de descarga. En realidad, estas huellas sin espacio acechan, están como a la espera de cualquier evento que las active y actualice astillando la superficie del cuerpo. La persona queda entonces impotente ante un remolino de sensaciones que toman al cuerpo en su condición cuasi anatómica (respiración agitada, sudoración, palpitaciones, pensamientos de muerte inminente, etc.) pero que no invitan a enlazarse con la palabra, en todo caso, sólo traslucen el enorme costo subjetivo que implicó haber hipotecado el deseo en nombre del Otro.

Intervenir en el sufrimiento supone escuchar los elementos constitutivos del malestar para vaciar el sentido mortificante de los dichos de quienes fueron significativos para el sujeto (los padres), agujerear esa presencia constante y sombría para que surjan las palabras propias que hagan litoral frente a lo impuesto. 

Escuchar este malestar implicará entonces encontrar un vacío en el interior de esas demandas imperativas que posibiliten una nueva configuración del cuerpo sin el lastre infantilizante que lo ató al destino de satisfacer un deseo ajeno y, de esta manera, apostar por senderos oblicuos al camino trazado arriesgándose a lo inesperado de una vida propia.

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