Marina hacía recortes de periódico para limpiar la ventana de la pequeña pastelería de su madre cuando encontró algo que llamó su atención. Se trataba de una nota y una foto donde aparecían tres escritores sonrientes que hablaban de los libros que habían leído cuando eran niños. «Yo nunca he leído ninguno de esos», pensó Marina. Volvió a ver la fotografía de los escritores y le pareció que eran personas contentas: «seguro están recordando esas historias que han leído». La escena enmarcaba el anuncio de la próxima Feria del Libro Infantil.

Cuando Marina, la niña mariposa, leyó en la nota del periódico los libros que de niños habían leído Elmer Mendoza, Juan José Rodríguez y Alfonso Orejel, se dio cuenta de que ella no había leído ninguno de esos, ni siquiera había escuchado esos títulos: La historia interminable, El libro de la selva de Kipling, y otros tantos autores como Salgari, Verne y Dickens. ¿Quiénes eran esos personajes y escritores de los que hablaban?, ¿dónde estaban? Marina sólo conocía los cuentos que le contaba su madre.

Al tiempo que la niña mariposa se hacía tales preguntas recordó cuando su madre le contó su encuentro con los libros: “lo que más me gustaba eran sus colores”, Marina había escuchado que por eso a ella le apodaban La niña mariposa; un extraño apodo que más que atribuirlo a los colores, ella lo relacionaba a su sueño recurrente de querer volar. Ivanna, la madre de la niña mariposa, le contó a su hija que de niña ella vivió en un poblado cercano a una gran ciudad. 

En su pueblo sólo había una escuela, a la que difícilmente llegaban los maes­tros y, por falta de éstos, con frecuencia los niños eran regresados a sus casas. Los más afortunados ayudaban a sus padres en las labores propias del hogar, y los otros salían a vender empanadas y tamales a los automovilistas que pasaban por el lugar. En aquel poblado no había una biblioteca donde leer algo, y en la mayoría de las casas las personas no acostumbraban a tener entre sus objetos libros de ningún tipo. Entre las distracciones habituales se encontraba la de asistir los domingos a la plazuela, jugar a la pelota, bañarse en el río y comprar raspados con doña Cleme. 

Ivanna, a diferencia de otros niños, tenía la fortuna de acompañar a su madre en sus ocasionales viajes a la ciudad y esperaba ansiosa esos momentos. Marina recordó lo narrado por su madre: “Bien valía aguantar el calor y el cansancio, soportar el trajín por el centro y hacer las compras necesarias, pues sabía que al último visitaríamos esa enorme tienda donde había una mesa con libros de todos los colores. Apenas me daba tiempo de leer una historia, pero me imaginaba otros lugares y muchos mundos”. La niña mariposa no entendía por qué su madre había dejado de leer y nunca le regalaba un libro.

Marina siguió limpiando la ventana y pensó que también su madre le contaba muchas historias bonitas, aunque, a su corta edad, ella quería conocer cuentos que hubieran leído muchas personas, esos de los que todos hablaban. Se dijo que podría empezar con ese que mencionó un escritor: La historia interminable; pues leyó que en él existe un reino llamado Fantasía, y que su apodo Mariposa puede ayudar para atrapar todos los colores de ese fantástico mundo; al fin que en su colonia sí había una biblioteca y seguro lo tenían. También le pediría a su madre que la llevara a esa feria de libros…


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