No me resisto, no está en mí, es algo que va más allá de la voluntad. Así me hizo la vida, la misma que puede atestiguar que ser débil no es lo mío. Cada que miro, la pasión me recorre y un fuego pasajero arde como llama eterna. No distingo los colores de su textura más obscura o más clara o más pálida, tampoco discrimino por la edad, en cada caso y a cada instante, con la mayor intensidad posible mis sentidos se ponen al máximo de su capacidad y mi cuerpo endurece; necesito, deseo y anhelo ir a tocar, deslizar mi mano firme con suavidad, con cariño o no, con curiosidad, admiración, jugueteo y calor. Quiero sentir, devorar y que me devoren. Mi cabeza espera por la ilusión y la fantasía. Reconozco que no he tenido freno, lo he hecho cientos de veces. Si es moral o inmoral no me importa, que me juzgue la muerte porque es la sangre, de la vida misma, la que siempre hierve cuando miro. Encuentro todas las historias diferentes, así han sido y así serán: de pasión, desenfreno, amor, violencia, traición, lealtad, aventura, tedio, reflexión, estupidez, sabiduría, comicidad, tristeza, melancolía, meditación, ensueño, locura, entrega y cuanto quepa en nuestra mente. Eso me ocurre y no lo lamento, no hay cadenas ni pociones que me detengan, simplemente es lo que me sucede cuando están frente a mí esos cuerpos que ansían ser explorados, sus nombres me seducen e intrigan tanto que no controlo los impulsos y me acerco más, paso la mano por el lomo y respiro su aroma, quiero abrir su alma y poseerla. Es mi delirio por los libros.

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