Es frecuente escuchar ciertas expresiones muy particulares que no dejan de estar cargadas de cierto tono de injuria hacia quienes van dirigidas, nos referimos a aquellas que han llegado a la sociedad de la mano, particularmente, de la psiquiatría, el psicoanálisis y la psicología: “¡eres un obsesivo!”; “¡qué histeria la tuya, eh!”; entre otras de textura semejante. Claro está que previo al uso de esas expresiones no ha habido ningún estudio pormenorizado de las ciencias de la mente por parte de quien las usa para que de igual manera éstas tengan su “eficacia” o resonancia, aunque no sean más que términos utilizados de forma general y ambigua. La sociedad moderna, dominada por un discurso científico, ha heredado una pesada concepción sobre los trastornos psi del ser humano, nociones que ha pasado al lenguaje común y que funcionan en el imaginario de las personas.

Ahora bien, tratemos de deslindar qué es lo que se pone en juego en estos dichos, qué es lo que se pretende nombrar o describir con tales “sentencias”. Tomemos algunos fenómenos que se juegan en el terreno de la cotidianidad: ante sujetos que son escrupulosos, avaros, con un gran sentido del orden, la estructura y la limpieza, que dudan constantemente y llegan a un estado de indecisión casi absoluta se les considera obsesivos; frente a otros que muestran conductas exaltadas, euforia inesperada a cierta situación, histrionismo, confabulaciones, el calificativo de histeria no se hace esperar, esto es: en cada uno de estos fenómenos observados no hay un sentido o un porqué que explique tal razón de ser de un sujeto, o sea, en apariencia no existe una lógica para el cometido de una conducta semejante y es esa irracionalidad o anormalidad la que actúa de puntapié inicial para nombrar tales conductas como trastornos obsesivos o histéricos. Claro está que difícilmente un observador común tome por normal o racional a un hombre adulto al que ve realizar pequeños rituales, según un orden establecido; por ejemplo, al salir de casa, abrir y cerrar cinco veces la puerta de la calle o verificar en repetidas ocasiones el apagado de las luces. Sin embargo, lo irracional de tales actos solo lo son en apariencia, la sola puesta en marcha de la palabra o el despliegue del discurso en terapia los revela con una elaboración lógica interna que es ajena al pensamiento consciente y muestra una cara oculta a lo racional consciente, generalmente cargada de impulsos y deseos inconscientes insatisfechos que pretenden alcanzar la conciencia disfrazándose, a veces, bajo los ropajes de los comportamientos más extraños. 

Por otro lado, es notorio que por ningún motivo este tipo de conductas o comportamiento los encontramos en los animales salvajes, su relación al instinto es tal que ante determinado estímulo (interno o externo), el animal “sabe” qué hacer sin tener que recurrir a ciertos rodeos. El instinto es eso que empuja a aquello (un objeto) que lo satisface, que le “conviene” para cancelar el estímulo, en el caso de un tigre ante el estímulo hambre atrapa su presa y se la come hasta saciar dicho estímulo acorde al requerimiento energético. Sin embargo, en el humano difícilmente esto pueda ocurrir ante el mismo estímulo, tal empuje del cuerpo está enlazado a la palabra, palabra que siempre va a estar cargada de una historia singular que condiciona aquello que se pretende obtener. Por ejemplo, no solo se pretende cancelar el apetito, sino que se busca aquellas comidas que parezcan “adecuadas” para tal fin y, sobre todo, que lleven las marcas de la historia personal que la hacen única (un asado con mis amigos los domingos me recuerda a aquellos asados familiares de antaño,) aun cuando el cuerpo, por cuestiones o predisposiciones orgánicas específicas (diabetes, hipertensión, colesterol alto, etcétera), corra riesgos de enfermar. En definitiva, la palabra hace perder en el hombre esa relación que los animales mantienen con su instinto.  El humano “no sabe” qué o cómo comer, cuándo parar de ver la TV, cuándo de beber, cómo dirigirse a otros, etcétera.  Desde la llegada al mundo, a diferencia de los animales, a quienes la carga hereditaria inscripta en su ADN y cierta experiencia les basta para vivir y manejarse en el mundo, sufre la incidencia del lenguaje que, claro está, llega de la mano de los progenitores encargados de decir qué es lo bueno y lo malo, lo poco o lo mucho, etcétera. Esta sujeción inevitable al orden de las palabras adquiere una significación preponderante sobre el cuerpo ya que lo va a marcar moldeando las necesidades primeras (nutrición-abrigo-protección, etcétera) transformándolas en un deseo que busca un más allá de la mera supervivencia. Por ello, un niño, a los pocos días de haber nacido, no buscará sólo que lo alimenten, sino que lo alimenten con amor, y no cualquier amor sino el de su madre, ésa que va marcando los ritmos y los pasos del lactante. Entonces, desde el comienzo aquello que se necesita (biológicamente) queda “perdido” por la entrada en escena de la palabra y los afectos de los otros.

Siendo los sujetos, por lo general, sensibles a las diferentes modalidades del lenguaje transmitidas, el modo en el que circulan los afectos y los dichos en una familia irán cristalizando una estructura desde la cual el niño va a responder a dicha transmisión, dos respuestas subjetivas posibles son la histeria y la obsesión, dos modalidades que comparten un mismo mecanismo: la neurosis, como un modo de hacer frente a lo que “invade” del otro; un modo de dominio, de administración de aquello que llega inevitablemente de los padres. Si algo particulariza la posición del neurótico es el sostener su deseo a través de ciertas maniobras evasivas respecto de las demandas de sus padres, una forma de sostener una diferencia que lo aleje de una posible sumisión, y por lo general esto no es sin inhibiciones, síntomas y angustias que afectan la vida o la funcionalidad, pero que a la vez son una modalidad particular de estar en ella, y sin la cual el destino puede tornarse trágico. Claro está que existen neurosis patológicas que dificultan el andar cotidiano y que merecen ser tratadas, pero lejos de ser un mero trastorno al cual habría que extirpar o suprimir, éstas son estructuras subjetivas que nacen a raíz del dolor psíquico que supone el existir por y para otro. Las neurosis normativizan toda vida posible, ya que alejan y sustraen al sujeto de toda obediencia plena, a mandatos y demandas de los otros que lo auxilian en su infancia y que suelen asfixiar.

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