Recientemente un grupo de científicos dio a conocer nuevos hallazgos realizados en la cueva Leang Tedongnge, en un valle remoto en la isla de Sulawesi, Indonesia. Se trata de imágenes trazadas con pigmentos de ocre rojo sobre paredes de piedra caliza que representan un cerdo salvaje; se cree fue dibujado hace 45.500 años y son, ni más ni menos, el más antiguo arte rupestre encontrado hasta el momento.

Estas representaciones significan una alteración de la realidad. Las muestras más remotas donde el humano comenzó a plasmar un mundo.

Si bien lo que se destaca de la escena es la imagen del cerdo que “parece estar observando una pelea o interacción social”, tal como lo indica la descripción, vale la pena decir que existen también en el dibujo huellas de manos, lo que sugiere la impresión de una parte del cuerpo humano en la pared de la caverna. La mano pintada es relevante porque es un indicio de los primeros andamiajes ortopédicos necesarios para la asunción y adquisición de una “forma” humana. 

Las manos hechas huellas adquieren características de espejo; reflejan y devuelven una imagen sobre quien las realizó. Así, se funda e instituye una imagen de sí, o sea, un yo con base en el reconocimiento de lo representado, a modo de: “¡ese soy yo!” o “¡eso otro es yo!”.

En función de esto se da la posibilidad de contar con una subjetividad a partir de la cual transformar la realidad.

De forma similar, no igual, se puede considerar la idea de un recién nacido que explora con sus manos por primera vez el mundo; su sistema sensoperceptivo aún inmaduro, le devolverá sensaciones con las que construirá representaciones de su cuerpo.

En vista de lo anterior, debemos suponer la creación y aparición de una alteridad, a saber: una primera manera de relacionarse con lo otro, lo ajeno y lo separado; esa imagen de la mano en la caverna que se debe conquistar y asumir como propia. 

Ahora bien, si miramos más de cerca, la idea de un espacio interior versus un espacio exterior (yo vs otro) se difumina; un yo interior primitivo es solo una conjetura debido a que solo cobra cierto valor por la marca que proviene del exterior, la representación a través del dibujo; es gracias a ello que se puede conocer y contar con un ego.

Por lo tanto, lo interior se torna apertura, exterior. El yo “se perfora” y mediante un giro revela su “cuerpo hecho con trazos de pintura expuesta en la superficie de las paredes, al ras, sin ocultar, dando como resultado que elyo es otro” y, por otro, un tipo de enajenación de sí mismo; ¡ya no sabemos dónde está YO, quién es YO!, ni qué o quién es otro.

En este punto, la “evidencia” común tambalea. Una larga tradición se sostiene de la ilusión de que yo es yo, o sea, una entidad interna producto del mero desarrollo evolutivo de la especie, a la que se le otorga la cualidad de sintetizar sensaciones, pensamientos y afectos para ensayar una respuesta o conducta acorde a la circunstancia con fin adaptativo. Desde aquí se pretende sentar las bases o la idea de una posible identidad fuerte, independiente, total, autónoma y sin fallas frente a las adversidades que arremeten desde el mundo externo o interno.

Como consecuencia de lo anterior muchos sujetos quedan atrapados, tal vez, sin ser conscientes de ello, por las imposiciones de Ser alguien (exitoso, maternal o paternal, feliz, etc.) sin carencias, coherente; todo ello no tarda en atraer una diversidad de malestares para los cuales muchos saberes y prácticas modernas actúan como silenciador. Al considerarse solo la cara de un ego fuerte y autosuficiente, todo aquello que surja como diferencia y que no pueda ser integrado a una imagen “completa” de identidad, será como una “mancha” de la personalidad, con la consecuente exclusión o aborrecimiento de eso extraño. 

Es importante destacar que eso, que aparece como intruso o extraño, es lo más propio del yo, pero que cae en el “olvido” fácilmente porque desconoce que su propia constitución es depender de la materialidad del exterior. 

La mayoría de los sujetos en algún momento de su más tierna infancia adquieren un modo de existencia, de ser o de personalidad, que se plasma en una imagen de sí; esa imagen proporciona un espejismo de totalidad que sin duda es necesaria, ya que  permite el acceso a la realidad, delimita los contornos del cuerpo dando la impresión de control y sostén de la vida. Sin embargo, también puede ser una fuente de intensa discordia cuando esa imagen, que proviene de afuera, se torna extraña y enemiga de la vida.

“Bombardeados” por una realidad acuciante, los individuos son “llamados” a hacerse de una identidad única en pro de una personalidad distintiva, incitando una lógica segregativa que no da lugar a lo diferente en la constitución de lo propio dentro del lazo social. Es frecuente escuchar cómo el enemigo siempre está “a la vuelta de la esquina”; amenazas  que provienen del inmigrante, del pobre, del rico o hasta del vecino, y siempre están prontas a romper el equilibrio “yoico

Me gustaría enfatizar que desde el punto de vista de su constitución, el humano vive una discordia permanente entre la “pelea y la interacción social”, es decir, una dificultad interna que merece una atención particular hoy, tal vez más que nunca, en pro de una mayor disposición al lazo social y al bienestar subjetivo, que suponga que no todo lo otro, ajeno e inasimilable para la imagen es una amenaza.

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