Everybody knows the war is over
Everybody knows the good guys lost
Everybody knows the fight was fixed
The poor stay poor, the rich get rich
That’s how it goes
Everybody knows
(Por Leonard Cohen, fragmento de la canción «Everybody knows»
perteneciente al álbum I’m Your Man, año 1988)

Todos saben que la guerra ha terminado
Todos saben que los buenos perdieron
Todos saben que la lucha fue arreglada
Los pobres siguen siendo pobres, los ricos se hacen ricos
Así es como todo va
Todo el mundo sabe
(Por Leonard Cohen, fragmento de la canción «Everybody knows»
perteneciente al álbum I’m Your Man, año 1988)

Palabras contundentes. Pareciera que el poeta de voz profunda, Leonard Cohen, percibía el mundo: el antes y el después, la realidad y la falacia, la vida y la muerte… Lo procesaba todo en su mente y su corazón… y lo convertía en poesía y música… Un deleite para quienes tuvieran la fortuna de llegar a escucharlo… Como canto de Nereidas. 

Leonard Cohen fue un ser humano que vivió, sintió, pensó y transformó. Vayamos de paseo por algunos fragmentos de la historia de este cantautor que nació en 1934 en Montreal, Canadá, y que desde muy joven descubrió y le encantó la poesía de Federico García Lorca, Walt Withman, Irving Peter Layton, Henry Valentine Miller y William Butler Yeats.

*Al final del artículo encontrarás una lista de reproducción musical. 

Como guion de película

Su camino inició en el terreno de la literatura, y dos de sus canciones nos trasladan a parte de aquel tiempo como escritor: «So Long, Marianne» y «Bird on the Wire». Ambas obras tienen como inspiración su vida en la isla griega de Hidra, a la cual arribó a inicios de los sesenta con una gabardina azul, una guitarra y su maquina de escribir. A sus oídos había llegado la noticia de que en dicho lugar existía una comunidad de artistas de distintos sitios del planeta.  La pequeña isla le fascinó. Y en dicho lugar conocería a Marianne Ihlen, una hermosa mujer noruega que había llegado con su pareja, un escritor noruego, con quien tuvo un hijo. Sin embargo, el esposo de Marianne se fue con otra mujer, así que Cohen encontró la oportunidad para hablarle. Con la pequeña herencia de su abuela, Leonard compró una casa en Hidra. Marianne y su hijo, Axel, se mudaron a vivir con el poeta canadiense, quien escribiría en una carta: «La manera de vivir de Marianne en la casa es puro alimento. Cada mañana me pone una gardenia en la mesa de trabajo […] Cuando hay comida en la mesa, cuando se encienden las velas, cuando fregamos juntos los platos y acostamos juntos al niño. Eso es orden, es orden espiritual, y no hay otro”. Pero, Cohen no era proclive a estar con una sola pareja por siempre. La relación duró alrededor de seis años. Cabe señalar que hay quien piensa que su canción llamada «Suzanne« tiene relación con Marianne, pero no; ésta se refiere a una mujer que conoció en Montreal y con la que no tuvo relación de amantes.  En la isla, Leonard Cohen ofreció su primer concierto, y lo hizo porque necesitaba dinero. Como escritor, no le alcanzaba para pagar sus cuentas, aunque, de manera paradójica, fue más galardonado en ese rubro que como cantautor. 

El secreto 

Hacia finales de la década de los sesenta, Cohen se mudó a Nueva York, la ciudad que trae a mi mente, de manera inevitable, dos de sus canciones «Famous blue raincoat» y «First we take Manhattan». En 1968 presentó su primer álbum Songs of Leonard Cohen, de ahí en más seguiría una carrera brillante en el ámbito musical que, junto con su obra literaria, lo llevaría a ganar reconocimientos como el Premio Príncipe de Asturias. El siguiente fragmento de su emotivo discurso al recibir el mencionado reconocimiento en España nos deja un testimonio inequívoco de su grandeza interior:

Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: «Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia». Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.

Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.

Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.

Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.

Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.

Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.

Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: «Déjame oírte tocar algo». Yo intenté tocar algo, y él dijo: «No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?». Yo le dije: «No, la verdad es que no sé tocar». «En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada», dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: «No es una mala guitarra». No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: «Toca ahora». No pude tocar mejor, la verdad.

Me dijo: «Deja que te enseñe algunos acordes». Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: «Ahora hazlo tú». Yo respondí: «No hay duda alguna de que no sé hacerlo». Y él dijo: «Déjame que ponga tus dedos en los trastes», y lo hizo «y ahora toca», volvió a decir. Fue un desastre. «Volveré mañana», me dijo.

Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.

Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.

Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.

Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.

Esta influencia española en su carrera trae a la memoria la canción «Take this waltz», basada en el poema «Pequeño vals vienés» de García Lorca.

El final 

Su último álbum en vida fue You want it darker que contiene una canción con el mismo nombre. Sin embargo, a pesar de que falleció en 2016 en Los Ángeles, California, sus poemas, novelas, composiciones musicales y su voz nos dicen que no hay fin. Su legado es imborrable y lo mantiene entre nosotros. Disfruta de la siguiente lista de reproducción que te obsequiamos.

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