Parece que la violencia, al menos esa es mi percepción, se ha convertido en el centro de las historias contadas en el cine por las grandes productoras de la industria cinematográfica estadounidense. ¿Acaso no existe interés de los espectadores por otros argumentos?, ¿se extinguieron los cineastas capaces de crear algo distinto?, ¿o es sólo una broma de mal gusto?


La industria del cine nunca tuvo tanto éxito como en 2018, con ingresos de USD 96 800 millones, incluyendo más de USD 40 000 millones de ventas de entradas, según cifras publicadas por la Asociación de Cinematografía de Estados Unidos (MPAA).


El título de este artículo sirve como elemento para la ironía y, también, ejemplo de lo que pretendo exponer. Si bien es cierto que hay películas de diversos géneros, aunque no necesariamente alejados de escenas violentas, es verdad que sólo basta mirar la cartelera con regularidad para darse cuenta de que las cintas de acción, horror, superhéroes y, ahora, los supervillanos (todas llenas de destrucción, matanzas, golpizas, agresiones verbales…) ocupan gran parte de las pantallas de las salas de exhibición. No se trata de negar que la violencia ha estado presente en la vida de los seres humanos, tampoco se intenta satanizarla. El punto es que, quizá, es demasiada por su volumen e intensidad. Desde luego, existen obras llenas de actos violentos y que son muy reconocidas, tal es el caso de Pulp Fiction del director Quentin Tarantino y A Clockwork Orange (La naranja mecánica) del director Stanley kubrick, de la misma manera podría citar cintas que giran en torno a otros elementos y que son, también, excelentes.  Hace poco pude deleitarme con una película francesa: Doubles Vies (Doble vida) dirigida por Olivier Assaya. Esta historia, desarrollada en Francia, se centraba en la discusión sobre la interacción de los lectores, escritores y editores con el mundo de las publicaciones impresas y digitales. No es que se describa un escenario sin conflictos y lleno de paz, pero no son las agresiones lo que permea de manera principal la trama y su exposición.  En el caso de la cinta Joker, del director Todd Phillips, encontramos que todo el tiempo hay una constante: la violencia, incluso exacerbada. La historia se desarrolla con acciones en las cuales unos jóvenes molestan y roban un letrero a un payaso y luego le dan una paliza; en el ambiente de trabajo del personaje principal, Arthur Fleck, hay venta de armas, traiciones, mofa constante de un compañero que tiene la condición de enanismo y un jefe testarudo que amenaza con despedir al personaje protagónico;  la lucha de clases es una guerra de castas: hombres adinerados que se suben al metro y molestan a una mujer para después golpear al protagonista del filme, quien responde asesinando a los agresores con una pistola; un millonario que no reconoce a un hijo y encierra en un manicomio a la mujer que parió a su cría o una madre con problemas mentales que le achaca al rico ser el progenitor de su descendiente; burlas en televisión por parte de un presentador; un candidato a la alcaldía de Ciudad Gótica (lugar donde se desenvuelve la narración) que miente y denigra a las personas de escasos recursos económicos; una historia de abusos y maltrato durante la niñez del personaje central; revueltas, indiferencia absoluta a los problemas de los demás, matanzas y golpizas llenas de saña y rencor… así se vive la citada película. Más allá de grandes elementos cinematográficos, los cuales han descrito los expertos en la materia, me cuesta entender que estando reunidas tantas personas talentosas de la industria del celuloide, la violencia sea una constante casi permanente en esta realización y en otras. 


De acuerdo con datos de la revista Forbes, la película Joker le costó a Warner Bros USD 55 millones, aunque con la comercialización incluida ronda los USD 90 millones. Sin embargo, la recaudación mundial del filme ya ha sobrepasado los USD 250 millones.


Al final, la idea de este artículo no es dictar una sentencia o hacer un juicio unilateral sobre lo que se produce y presenta en los cines, sino llevarnos al ejercicio de preguntarnos: ¿el público necesita altos niveles de violencia constante?, ¿así somos los seres humanos de crueles?, ¿las grandes audiencias llevan reprimido un enorme gozo por la destrucción y el maltrato al otro?, ¿o todo es, como dije al inicio, una broma de mal gusto por parte del Guasón? 

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