I

El texto dramático, mejor conocido como obra de teatro o simplemente teatro, es un arte milenario y como todos los géneros literarios nació acunado por la poesía en la Grecia clásica, así que en principio se le dio el nombre de poesía dramática, porque utilizaba un tipo de verso rítmico llamado yámbico (o yambo), que se expresaba como cantos en fiestas y rituales en honor a la diosa Deméter y al dios Dionisos, y que luego se volvió recitación escrita dando pauta a la creación del verso dialógico, característico del teatro.

El texto dramático no precisa un año de origen, pero se data a partir de las obras que han perdurado y que no fueron consumidas por las llamas en la desaparecida Biblioteca de Alejandría, aproximadamente en el año 46 antes de nuestra era (a. n. e.) y que albergaba alrededor de 700 000 libros. De las obras griegas que se conservan, podemos encontrar las de tres dramaturgos trágicos: Esquilo (ca. 526-525-ca. 456-455 a. n. e.), Sófocles (496-406 a. n. e.) y Eurípides (480-406 a. n. e.), y dos comediógrafos: Aristófanes (444-385 a. n. e.) y Menandro (342-292 a. n. e.). Con estas obras, que se han mantenido vigentes a lo largo de los siglos, podemos observar cómo los creadores representaban la sociedad de su tiempo, con sus conflictos, pasiones, contradicciones, su soberbia, sus traiciones, venganzas y otros descalabros humanos, tan característicos de las sociedades de todos los tiempos.

De los tres géneros literarios que conocemos, estudiamos y disfrutamos, el dramático es el que menos cambios ha tenido a lo largo de la historia, ya que conserva casi intactas sus características (actos, diálogos y acotaciones) y su estructura (personajes, acciones –conflicto, inicio, desarrollo clímax y desenlace–, tiempo y espacio), así como su cometido, que consiste en que esta obra literaria está escrita ex profeso para llevarse a la representación escénica en tiempo y espacio real: con actores, vestuario, maquillaje, escenografía, utilería, iluminación, efectos visuales, música, que lo convierten en la fusión de varias artes. La figura de director, tan fundamental en la concepción de la puesta en escena moderna, apareció sólo hasta finales del siglo XIX y desarrolló su protagonismo hasta el siglo XX.

II

Las obras de teatro se clasifican por subgéneros, partiendo de los dos primordiales creados por los primeros dramaturgos desde la antigüedad clásica: la tragedia, donde se muestra la nobleza y los valores del héroe, el dios o el semidios luchando contra su destino, y la comedia, que muestra la vulgaridad y los defectos humanos, los que en diferentes momentos del desarrollo del arte, de la ciencia, la filosofía y la sociedad se derivaron otros:

  • La tragicomedia, también conocida como drama, aparece en el Renacimiento y un ejemplo contundente de ella es Romeo y Julieta, de William Shakespeare, que muestra tanto la nobleza como la vulgaridad mezcladas en una sociedad cambiante y cómo el libre albedrío enfrenta a las personas a las consecuencias de sus decisiones.
  • El melodrama surge en el siglo XVIII, después de la Revolución francesa, con la obra Coelina, de Guilbert de Pixérécourt, una historia simple en que dos hombres –un caballero y un villano– luchan por el amor de una mujer virtuosa. Es interesante observar que se le asocia mucho con la ópera por el tipo de historias lacrimógenas que presenta, y a las telenovelas que surgieron para el entretenimiento de millones de personas a través de la televisión en el siglo XX. También cabe acotar que en este siglo es cuando el teatro empieza a escribirse en prosa y deja de lado el verso clásico para su expresión.
  • La pieza, o tragedia moderna, se crea a finales del siglo XIX, cuando el arte esta imbuido en el Naturalismo, con obras como Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen en Noruega, y El jardín de los cerezos, de Anton Chejov en Rusia, que nos presentan el nacimiento de la clase media y los conflictos sociales que de ello se derivan.
  • La pieza didáctica es quizá el subgénero menos estudiado y entendido debido, tal vez, a su complejidad, ya que muestra la lucha de clases, entre burguesía y proletariado, obligando a los espectadores no a sentir sino a pensar. Uno de sus mayores representantes es el alemán Bertolt Brecht, creador de la teoría del distanciamiento, aunque en México, el dramaturgo Emilio Carballido escribió en la década de 1960 una pieza didáctica sin igual: Yo también hablo de la rosa.
  • La farsa es un subgénero híbrido, y este tipo de obras donde se mezclan elementos realistas y sobrenaturales siempre presentan características de los otros subgéneros; por ejemplo, en Sotoba Komachi, pieza Nô del escritor japonés Yukio Mishima, el personaje principal, una anciana soberbia de 99 años, lucha afanosamente por romper una maldición que la hace repetir la misma historia una y otra vez desde sus 18 años, y por ello decimos que se trata de una farsa trágica, porque la protagonista lucha contra su destino. Otros representantes del subgénero farsa serían Samuel Beckett y Eugène Ionesco.

III

En resumen, el teatro cambia, porque la sociedad y el arte se transforman una y otra vez, pero lo humano sigue siendo humano con sus pasiones y contradicciones que sólo mudan de lugar y tiempo, y ello es lo que se representa desde distintas perspectivas en las obras de cada época, lo que nos aporta, desde una visión artística la mirada de los autores sobre sus contextos, así como las formas de pensar, actuar y reconfigurar el mundo.

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