Los pueblos indígenas tienen sus propias maneras de transmitir el conocimiento, su historia y la forma en que ven el mundo. Muchas veces para enseñar algo lo hacen por medio de una historia (a veces llamada cuento o mito). Para ellos el respeto es muy importante, como el que se les da a los viejos, las plantas –en especial al maíz– los animales y a la naturaleza toda.

Si miras con atención, te darás cuenta de que algunas personas maltratan a los animales domésticos –como gatos y perros–, a los que muchas veces abandonan y vagan por las calles en busca de comida y techo. La historia que te voy a contar tiene que ver con eso, y los padres-madres (así llaman en muchos pueblos indígenas a nuestros antepasados), quienes la pensaron para enseñarnos a respetar a los perros y valorar su trabajo.

Una de las abuelitas de mi papá, zapoteca de Juchitán, Oaxaca, se llamaba Mauricia y le narraba muchas historias, como ésta sobre los perros que, a su vez, él me contó, y ahora yo te contaré. Antes de empezar debo decirte que tiempo después de leer libros y escuchar historias en otros pueblos de México y Centroamérica, comprendí que esta historia divertida y que nos enseña a valorar a los perros, era común en toda nuestra región y en muchas comunidades, pero con algunas variaciones.

Los perros han vivido al lado de personas desde hace mucho tiempo, cuidan las casas y las milpas, avisan de los peligros, nos protegen de animales salvajes, acompañan a los hombres a cazar y a las mujeres a recoger frutas y plantas medicinales al bosque, la selva o el desierto. Son capaces de ver fantasmas y de protegernos de seres malignos, y al morir nos acompañan para cruzar el río de sangre que está antes de llegar al reino de los muertos. Pero más allá de su utilidad, son amigos fieles y cariñosos, leales compañeros de los humanos.

Así son los trabajos y el amor que los perros tienen por la gente; pero muchas personas les gritan, les pegan, les arrojan agua, los dejan con hambre y frío, en fin, los maltratan sin importar cuánto nos quieren y nos sirven.

Los perros estaban muy tristes por esta situación, se preguntaban —¿por qué si muchos somos tan buenos y serviciales con los humanos, nos pagan tan mal?, ¿por qué son desagradecidos y crueles?, eso no es justo —dijeron. Sus corazones estaban llenos de tristeza, pues realmente querían a la gente. Así, hace muchísimos años, tantos que ya no se sabe cuándo, hicieron consejo (es decir, una reunión, una asamblea, una junta) para buscar una solución al problema. —¿A quién recurrir? —se preguntaron, y sin dudarlo pensaron que lo mejor era mandar una queja a Dios.

Mas, ¿cómo hacerlo? Debían hacerle llegar el mensaje y acordaron escribirle una carta. Algunos decían que era imposible, ya que el arte de escribir es exclusivo de los humanos. Entonces un perro amarillo recordó que el único de los canes (otra forma de llamar a los perros) que tenía la capacidad de escribir era muy, pero muy viejo. Entonces fueron a buscarlo. El can era negro y anciano, no recordaba cuándo había nacido, pero todavía recordaba cómo leer y escribir.

Escribiendo con una letra muy elegante y clara, el perro viejo le contó a Dios del sufrimiento de su especie y cómo los canes se sentían poco correspondidos por el trabajo, el amor y el respeto que le daban a los humanos. Le pedía, a nombre de todos los perros, que les abriera el corazón y el pensamiento a las personas para que los valoraran, ni más ni menos, solamente que correspondieran justamente. Al terminar de escribir la carta, el anciano perro murió feliz porque había vivido mucho y había sido útil a su especie, tal vez lo único que le preocupaba era que ningún otro perro hubiera aprendido a leer y escribir.

Aunque tristes por la muerte del perro sabio, los demás sentían esperanza pues sus quejas ya estaban puestas por escrito, pero surgió un problema: ¿cómo enviarla a Dios sin que los humanos se dieran cuenta y los castigaran aún más?

Hicieron de nuevo consejo, discutieron ideas y posibilidades, llegando a una conclusión: enviar a un mensajero que la llevaría escondida donde los humanos no pudieran descubrirla.

Como esto sucedió hace tantos años, ya ningún perro recuerda quién o cómo era el mensajero, si era macho o hembra, peludo o pelón (como el xoloitzcuintle), alto o chaparro, con el hocico chato o largo, con las orejas largas o cortas, paradas o caídas; ninguno recuerda su aspecto, lo que todos los perros saben es que como algunas personas los siguen maltratando, la carta todavía no le llega a Dios.

Desde entonces buscan al mensajero que no ha cumplido su misión, lo buscan por todas partes para reclamarle y pedirle que lleve la carta, ya que no pueden hacer otra, pues ninguno aprendió el arte de leer y escribir. Por eso antes de ladrarse, gruñirse, menearse la cola, orinar, saltar o correr uno frente al otro; cuando dos o más perros se encuentran (en la calle, el parque, los caminos, la milpa, el campo, la ciudad, en cualquier parte), lo primero que hacen es olerse cerca de la cola, se husmean porque quieren saber si el otro es el mensajero que todavía no entrega la carta y así poder reclamarle.

Mi padre me dijo dónde la llevaba oculta, ¿puedes tú adivinar dónde la escondieron para que los humanos no pudieran verla?


Sube una foto de tu perro en Instagram con el hashtag #ChócalasConTuPerro y etiqueta a @chocalasmx para que todos podamos conocerlo.

 

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